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I
Juan se quiere morir y a mí me duele. Físicamente me duele. Hace un par de semanas lo encontré empacando. Cobarde, le dije, y él bajó la vista. ¿Qué podía contestar? Cerró la mochila, se la acomodó a la espalda y ajustó las correas. Así que te vas, seguí. No se te ocurre otra cosa. Él llevaba horas mudo, oír su voz fue un golpe, porque lo quiero. No, no se me ocurre otra cosa, Mariana. ¿Qué podía yo hacer? No iba a dejarlo irse solo. No después de lo que hemos vivido juntos. Empaqué lo mío y salí con él de La Comunidad.
Y ahora estamos aquí, en este cuarto que parece más celda que habitación. Una cama, una mesa con una lámpara y una silla de madera. Apenas cabemos los dos. Me pregunto por qué lo seguí, por qué me voy a quedar con él hasta el final. A veces lo odio. Luego lo oigo moverse y siento su sufrimiento como si fuera mío. Voy al cuarto y me detengo en la puerta. Lo he lastimado de tal manera que ya no sé cómo acercarme. Le he dicho cobarde, débil, incapaz. Mi Juan, eres ingenuo, la vida te preparó mal para lo que vivimos. Esto debería decirle, pero cuando estoy frente a él, me salen otras palabras. Lo cuestiono, le exijo explicaciones, lo juzgo. Me gustaría ser un apoyo, pero no puedo. Me lo propongo una y otra vez y una y otra vez mis vísceras hablan por mí. Lo que me voy a odiar cuando se muera. Porque lo va a hacer. Se va a morir de tristeza. Y yo voy a llorar en su tumba. Una tumba de tierra apisonada y una cruz de madera que se pudrirá con la lluvia. Nadie irá a visitarlo, nadie le llevará flores. Eso pienso en las noches de insomnio. Después me desdigo: yo cuidaré su tumba. Pero no es cierto. Cuando se muera, me voy a ir lejos de aquí.
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Juan me había pintado Zinic muy distinto a estas ruinas.Ven conmigo, insistía, te vas a llevar bien con mi tío Luis. Nunca quise acompañarlo; era su mundo, no el mío. Solo una barda nos separa de la hacienda en donde vivía antes de irse a La Comunidad. Su hermano sigue viviendo ahí. En Luciérnagas. Es desesperante que se niegue a verlo. Estamos aquí como prófugos, salgo y entro cuidando que nadie me vea. En la noche, enciendo dos veladoras que dan un ambiente todavía más lúgubre y cocino en un anafre que traje a lomo desde Izamal. Ya si quisiera ser muy optimista, diría que por lo menos hay leña de sobra. ¿Y si te pasa algo?, le pregunté. ¿Qué les voy a decir a tus hermanos? Les dices que me morí y esparciste mis cenizas en la selva. Que no sufrí, me quedé dormido y no me desperté. Que fui feliz. Y, claro, reaccioné mal, me arrepentí, me enojé de nuevo… no estoy hecha para estas cosas. Sí, debería dejarlo, pero nada más de imaginarnos cada uno por su lado… ¿Cuánto tiempo vas a estar así, Juan? Hubieras preferido venirte solo, ya lo sé. Tengo que rearmarme, me dijiste. Pero no te creo. Lo que quieres es desaparecer. Eso pienso en este cuarto de muros encalichados. Hablo con Juan sin hablar y pienso en voz alta cuando estoy sola. La propiedad es inmensa, la habitación diminuta. Además del cuarto, esta casucha tiene una cocina inútil llena de arañas. Hay días en que me gustaría que se muriera de una vez. Llevamos dos semanas aquí y ya me estoy volviendo loca. ¿Existe todavía algo del Juan que llegó hace años a La Comunidad lleno de entusiasmo? ¿Del contador de historias que me transportaban a tierras lejanas?
Levántate y ten los pantalones de empezar de nuevo. Son las cosas inútiles que le digo. Para no seguir con lo mismo, para no lastimarlo todavía más y arrepentirme, salgo a lo que fue una terraza y me acuerdo de él, el de antes. Y es peor. Lo extraño. Su cuerpo está tibio y respira. Nada más. Yo lo quiero completo.
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Cuando llegó, yo ya llevaba meses en La Comunidad. En una clase de permacultura, el maestro nos había platicado de un pueblo en la Selva Lacandona. Imagínense un pueblucho miserable, decía. Naturaleza devastada, sucio. Imagínense a personas esqueléticas y a niños con retraso mental por falta de alimento. Visualicen el drenaje al aire libre, las enfermedades de la piel. Los niños llenos de lagañas y las moscas alimentándose de ellas.
En este lugar, unos jesuitas iniciaron una comunidad de base. Eran los años sesenta, cuando la Teología de la Liberación empezaba a tomar fuerza en Chiapas. Los jesuitas que se instalaron en el pueblito estaban realmente comprometidos con los pobres. El objetivo era que la gente pudiera vivir dignamente sin arrasar con el entorno del que dependía y que, poco a poco, una nueva conciencia despertara. Además de los valores cristianos, unas de las herramientas más importantes de los misioneros para lograrlo eran la música y la belleza. Suena raro pensar en belleza en esas condiciones, pero tenían razón. Cuando el pueblo se volvió armonioso, la gente empezó a cuidarlo. Es como en los basureros, nos dijo el maestro. Si alguien tira basura en un lugar específico, los demás empezarán a tirar ahí también la suya. En los espacios limpios, agradables, pasa lo opuesto. Hay como un instinto de conservarlos así. Yo quería discutir ese tema, pero me mandó a la goma y siguió hablando.
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Después de años de esfuerzo, cuando la gente entrevía la posibilidad de una vida próspera, el Vaticano les ordenó a los padres volver a la ciudad. Al Papa en turno, cualquier cosa que sonara a comunismo le daba escalofríos. En esa época Ramón estudiaba con los jesuitas, es más, creo que iba para cura, nos contó el maestro. El chiste es que decidió retomar el proyecto por su cuenta. Un joven con iniciativa. No sé si venía de una familia rica o si era un genio para conseguir donativos, lo que sí me consta es que pagaba muy bien. Lo sé porque yo fui uno de los afortunados en trabajar para él una temporada, por eso puedo atestiguar cómo el pueblo floreció a su cargo. La gente que antes hubiera dado cualquier cosa por salir de ahí, hoy parece orgullosa de pertenecer a esa comunidad, concluyó el maestro, viéndonos con cierto desprecio, como diciendo: A ver si se ponen las pilas, bola de apáticos.
Si su tirada era motivarnos, cumplió su cometido, por lo menos conmigo: en ese momento supe que tenía que ver con mis propios ojos esa utopía.
La primera vez que fui, el pueblo ni siquiera tenía nombre. Luego pusieron un letrero: “La Comunidad”. Ni idea de a quién se le ocurrió algo tan poco original. Es como ponerle perro a un perro. Fue Juan quien finalmente logró darle uno más digno. Resulta que las plantas de la plaza del pueblo se morían. Por más que curáramos la tierra y nos peleáramos con las hormigas, árbol o planta que sembrábamos acababa muriéndose. Un día, Juan pasaba por ahí cuando vio una ceiba diminuta. Armó una bardita de madera a su alrededor y todos los días la regaba, le platicaba… bueno, hasta música le ponía. Para mi sorpresa, la ceibita no nada más creció, sino que, como si estuvieran bajo su protección, otras plantas florecieron. Y La Comunidad se convirtió en La Ceiba.
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Pero me estaba acordando de antes de eso, de la primera vez que fui y de lo complicado que fue llegar. De no haber sido por los mil detalles del plano del maestro, seguiría perdida. En Tuxtla, muy segura de mí misma, había rentado un coche para recorrer los kilómetros que me separaban de mi destino. Mala idea. Pensaba hacer el trayecto en tres o cuatro horas, a lo mucho. Me tardé el doble. Entre el estado de la carretera y los retenes, llegó un momento en el que dudé si seguir adelante. En la primera parte, el ejército era el de los retenes; en la segunda, mujeres y niños atravesaban cuerdas en cualquier sitio. ¡Qué miseria! Soy de Oaxaca, de pobreza no me cuentan, pero nunca me había topado con algo así. Puro sufrimiento, así me parecieron los habitantes de la selva talada. Basureros llenos de zopilotes en donde niños y perros buscaban cualquier despojo, una vaca tambaleándose al rayo del sol. Y yo, una estúpida inconsciente, aterrada de quedarme sin gasolina. Sí, tenía treinta años menos, pero es mala excusa. Te van a comer y te lo vas a merecer, por pendeja, alucinaba, muerta de sed. Soy fuerte, sé cuidarme, decía después en voz alta para tranquilizarme. Y de pronto llegué a la última cuesta. De no ser por el maravilloso croquis, seguro me hubiera seguido de largo. Me desvié por un camino de balastro que se volvía sinuoso hasta llegar a un pequeño estacionamiento en donde había un par de pickups, un coche y algunos implementos agrícolas. Bajé a pie por la calle de tierra apisonada que me llevaría a la plaza. Las casas apenas se veían detrás de huertas. Era ya tarde y los pájaros regresaban de sus recorridos. Nunca había oído tal variedad de cantos. A esa hora, los hombres ya habían vuelto de sus labores y las mujeres preparaban la cena; olía a leña quemada. No tardé en llegar a la plaza. De un lado había una iglesita, vestigio de los jesuitas. Frente a ella, del otro lado de la plaza, una calle, también de tierra apisonada, llevaba a la selva. A pesar del cansancio, me detuve un momento. Era increíble que ese lugar tan acogedor fuera el caserío miserable que nos había descrito el maestro. ¡Me urgía conocer al dichoso Ramón!
Siempre siguiendo el croquis del maestro, encontré un grupo de casas más elevadas que las demás, no por la construcción, sino por el terreno. Para entrar tenías que subir cuatro escalones. Una de ellas sería la de Juan y mía y, como las otras, también tendría macetas en el barandal. Pero eso estaba lejos de adivinarlo. La sed y el cansancio no me dejaban pensar bien y dudaba qué hacer cuando un hombre se asomó por su terraza y me preguntó a quién buscaba. A Ramón, le dije. Traigo una carta de Luis López, ha trabajado aquí. Mmm…tienes mala suerte. Salió ayer y quién sabe cuándo regrese.
¡Carmen!, gritó, sin darme tiempo de reaccionar. Una mujer se asomó a la puerta. Encárgate de ella, le dijo el hombre.
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Así fue mi primer encuentro con Ismael. Antipático y eficiente. Qué le vio Carmen es un misterio. El profesor nunca los mencionó. A lo mejor estaba encandilado con Ramón y el resto le parecía secundario.
Has de estar cansadísima, me dijo Carmen ese día. Cenascon nosotros y luego te llevo a la casa de huéspedes, ahora está vacía, vas a estar muy a gusto. Durante la cena, me contó su vida y me enteré de poco. Lo único que me llamó la atención fue que Ismael y ella hubieran aceptado trabajar en ese pueblo remoto, siendo del D. F. ¿Por qué demonios se irían tan lejos? Aún no sabía lo persuasivo que era Ramón. Me imagino que Ismael comió en silencio, con la vista en el plato, no me acuerdo. Solo recuerdo el olor lejano a zorrillo en el camino a la casa de huéspedes.
Me desperté tardísimo. Ni siquiera oí a los pájaros, y mira que hacen escándalo. La casa tenía un comedor que también servía de sala de juntas, una cocinita y un salón lleno de libros. Las paredes estaban bien encalichadas y las puertas y ventanas tenían mosquiteros. En la parte de atrás, una terraza con una mecedora y una hamaca daba a la selva. En una mesa había velas de citronela para ahuyentar a los moscos y una caja de cerillos. Pues sí… Ramón tenía el don de crear espacios cómodos, sencillos y acogedores… Extraño la selva, esa selva en donde la luz acaricia los troncos con dedos de agua. Así decía Juan cuando íbamos a nadar al río. Yo me burlaba del pésimo poeta que era mientras él seguía inventando estrofas. Me gustaría acordarme de lo malo, pero la verdad es que había poco. Me acuerdo de un pleito idiota de cuando empezamos a vivir juntos. Un día decidí que era un acumulador de porquerías y las tiré a la basura. Entre los objetos había una pinche piedra. Ah, ¡cómo se encabronó! La había encontrado en el río y le parecía una obra de arte. ¡Tenía rayas de colores! Vaya, qué maravilla, le dije, y se fue dando un portazo. Regresó para advertirme que no volviera a tocar sus cosas. Pero la mente insiste en volver bueno el recuerdo. El respeto al derecho ajeno es la paz, me dijo, muy serio, y nos dio un ataque de risa. A lo mejor mi mente es más lista de lo que creo y acordarme solo de lo bueno me ayuda a no estrangularlo ahora que lo veo echado.
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En el río, nos tendíamos a la sombra en una piedra lisa. Y entonces, rodeados de esa naturaleza envolvente y poderosa, adormecidos bajo el sol y acunados por la brisa, sus poemas ya no me parecían tan pinches. Cuando conocí La Comunidad, me hubiera sido imposible concebir lo que me esperaba en ese pueblito que parecía haber surgido de un sueño. El enamoramiento y la pasión, la plenitud y el horror.
En la cocina de la casa de huéspedes encontré lo necesario para prepararme el desayuno. Carmen llegó cuando me tomaba la segunda taza de café. Le serví una y me habló de los benefactores que se habían hospedado en la casa. «No hay uno que no se quede admirado con nuestro proyecto», me dijo. «Ramón es demasiado humilde; si quisiera, nuestra comunidad sería famosa», suspiró.
Durante mi recorrido, vi que el agua venía de manantiales en la selva; las familias utilizaban la necesaria y la dejaban correr por las acequias. Cuando yo conocí el lugar, los sistemas de tratamiento de agua eran aún una idea, pero las fosas sépticas ya funcionaban y, gracias a la reforestación, el lodo de los montes había dejado de cubrir las calles en época de lluvias. Ramón sabía que la tala se debía en gran medida al uso de madera para cocinar, así que organizó un sistema de podas controladas. Los ancianos que recordaban otros tiempos eran parte fundamental de su equipo. Gracias a ellos, la gente aprendió las cualidades y los nombres olvidados de las plantas. «Para cuidar nuestro entorno y usar los recursos con responsabilidad primero debemos conocerlo», decía. Porque, por increíble que parezca, la gente había perdido el contacto con su entorno. «Y es que si hubieras visto cómo era antes…», siguió diciendo Carmen. «Ramón le devolvió la dignidad al pueblo». «Él y su equipo», sugerí. Ella negó con la cabeza. «Lo hicimos juntos, es cierto, pero nada se mueve sin él. Es nuestro guía». Lo último me puso nerviosa.
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A mí me contrataron para coordinar el tratamiento de aguas por medio de plantas y guijarros. Meses después, el día en que dimos por terminada la primera etapa de la obra, festejamos en grande. Me puse tal borrachera que Ismael me llevó de regreso a la casa en un diablito para transportar mercancía. Pa sus pulgas… de milagro no me aventó por ahí a medio camino. No me acuerdo de Juan, acababa de llegar y todavía no me enamoraba. Después, él y La Ceiba se convirtieron en mi razón de existir. Por cursi que suene. Cada amanecer traía un reto nuevo. Cada noche, el asombro de tener a Juan junto a mí. «No eres el único con el corazón roto», quiero gritarle. Sí, ya sé, doy vueltas para evitar hablar de Ramón… si de algo me ha de servir este puto monólogo, en algún momento tendré que enfocarme en él.
Me voy a ir despacio. Una cosa a la vez. ¿Cómo lo describiré? Alto, grandote, guapo. Ojos claros, pelo castaño. Educado, caballeroso, serio. Inteligentísimo. Tenía la rara capacidad de llevar a la práctica conceptos abstractos y de encontrar a las personas indicadas para cada proyecto. Por si fuera poco, escuchaba con una atención única. Te hacía sentir importante. Yo lo admiraba, Juan lo quería. Así es. ¡Yo lo admiraba y él lo quería, con una chingada!
Ya me cansé de hablar sola, Juan. No vas a encontrar respuestas en la pared. Hazme un huequito, abrázame y lloremos juntos. Eso quiero decirte, pero me da miedo que me rechaces. Nunca lo has hecho.
Antes de que Juan llegara al pueblo, me recargaba en el barandal de la terracita a contemplar la caída de la tarde. La luz blanca se volvía amarillenta, después rosa, hasta que la oscuridad la hacía a un lado para tragarse, primero los árboles, después las tejas medio escondidas entre el follaje de las huertas.
Un día vi a un tipo acercarse por la vereda. Carmen me había hablado de un muchacho como de mi edad que iba a venir. Pensé que sería uno más de los que llegaban, veían y huían. Es bien difícil trabajar en la selva. Le doy un mes, aposté, y perdí, claro está. Lo que vi esa primera vez fue a un tipo flaco, con una mochila a la espalda y una ramita en la boca. Me saludó con la mano y me gustó su sonrisa. Se acercó y me gustó su voz. Me miró y me gustó la forma en que me veía. Cuando se alejó, me olvidé de él y seguí esperando la llegada rutinaria de los loros. Y es que Juan no es de los que llegan y arrasan con tus emociones, no, él seduce sin que te enteres. Lo malo es que cuando yo me di cuenta, ya estaba perdida.
Según él, se enamoró de mí en una obra de teatro en la que actué de bruja. La que empezó a enamorarse ese día fui yo. Salía de árbol y su disfraz era un desastre: a falta de pantalones cafés, cubrió unos jeans con cinta canela y se paró muy firme con dos ramas en las manos y unos pajaritos de origami por aquí y por allá. Todo iba bien hasta que le dio un ataque de estornudos y los pajaritos salieron literalmente volando.
—¡La risa de los niños!
Antes nos habíamos visto en el colegio, en donde yo sustituía a un maestro. Juan llegó a la hora del recreo. Para entonces, ya no aguantaba a uno de los alumnos. Les jalaba el pelo a las niñas, se peleaba con sus compañeros, gritaba… Harta de perseguirlo, conseguí una soga larga, para que pudiera correr, y lo amarré al pie de un árbol.
—¿Dándole picadero? —me preguntó Juan—. ¿Puedo?
Y sin esperar mi respuesta, se puso en cuclillas frente a él y quién sabe de qué tanto hablaron, lo importante es que el niño por fin se relajó. Ese eres tú, cabrón. Por eso me vine contigo.
Parezco loca. Ya no sé si hablo sola o si solo pienso. Necesito moverme. Juan me había contado de un laberinto y un cenote, pero dudo encontrarlos. La naturaleza ha recuperado su espacio, no quedan ni veredas. Lo que sí encontré fue el torreón desde donde su tío Luis observaba las estrellas. La entrada está cubierta de ortigas, acabé con las manos deshechas. Adentro, apestaba a guano de murciélago. Subí a tientas por una escalera de caracol y me encontré con una puerta cerrada. Qué frustración. Tenía ganas de conocer el estudio del tío ermitaño, creo que es el único lugar desde donde se ve Luciérnagas. Aunque forman parte de la misma hacienda, Zinic funciona, o funcionaba, de manera autónoma, por eso podemos exiliarnos aquí. Entre la barda alta y anchísima que las divide, los árboles y la maleza, sería difícil que nos descubrieran. Es más, si gritara, nadie me oiría, como yo tampoco oigo lo que sucede del otro lado. Juan me contó que un pasadizo comunica las dos propiedades, pero ya no se usa. Nosotros llegamos por el camino real de Izamal. En medio de la nada hay una puerta escondida entre enredaderas. Las mueves a un lado y te escurres cual gusano. A pie, me lleva más o menos una hora llegar a la ciudad amarilla y solo me he encontrado con un par de campesinos de paso a sus parcelas. Me gusta el trayecto, esta zona tiene algo apacible. Después de tantos años de vida juntos, resulta que me habría gustado acompañarlo. Porque nunca ha dejado de venir, ni siquiera de recién llegado a la comunidad, cuando todavía estaba a prueba. Hoy, la excusa de que era su mundo me parece eso: una excusa. A lo mejor me daba miedo verlo en un entorno distinto al nuestro…
Ya no me acuerdo si Agustín es el menor, solo sé que Juan le lleva entre nueve y diez años a sus hermanos. A Agustín lo conozco. Fue de visita unos días a La Ceiba y se quedó un par de semanas. Es un biólogo brillante… y versátil. Entre investigaciones sobre escarabajos y sus conferencias se encarga de Luciérnagas. Debería mandar al diablo a Juan e ir a buscarlo. ¡Es su hermano y vive al lado! A lo mejor él sí lo convence de darse una oportunidad. Lo peor es que le obedezco porque creo que es su última voluntad. Así me tiene, el cabrón. Niño mimado. La vida misma lo mimó desde el nacimiento. Por eso lo agredo, porque me parte el corazón acordarme de su expresión cuando la realidad se le vino encima.
Solo lo había visto triste cuando su sobrino se fue a vivir a la calle. Ramón le dio permiso de ir a visitar a Isabel, su hermana. Se casó con un francés y viven en Toulouse. Juan se quedó tanto tiempo allá que hasta acabé un libro gordísimo sobre una mujer que hablaba con la pared. Así estoy yo, nada más que, en vez de hablar, pienso.
Su sobrino vagabundo trabajó unos meses con nosotros en La Ceiba y me pareció un tipo de lo más normal. Estaba a mi cargo y aunque lo traía de un lado a otro, hacía las cosas con entusiasmo y hasta con sentido del humor. Y luego, ándale, que decide desaparecer. Pobre de su mamá, con razón no la calentaba ni el sol. Estoy tan harta de hablar sola… siento que tengo una ardilla en la cabeza.
Ayer, una frase que solté lo hizo levantarse de la cama. Nos fuimos como si huyéramos de la justicia, le dije, y no, Juan, nosotros no somos los malos.La sorpresa que me llevé cuando se dio la vuelta y me miró con los ojos enormes en su cara cada día más flaca. Yo debería de haber protegido a María, me dijo. Bajé la vista y me concentré en un montoncito de polvo en el suelo. Tenía que haberla protegido, repitió, y su voz tenía tal angustia, tal dolor, que se me llenaron los ojos de lágrimas.
Ayer, lo sentí enderezarse, luego vi sus pies junto a los míos. Estábamos sentados en la cama. Me jaló hacia él y me abrazó. Apoyé la cabeza en su hombro y dejé que el llanto aliviara la presión que tenía atorada desde que salimos de La Ceiba. Perdón, murmuró contra mi pelo. Cuando se levantó, tuvo que recargarse en la mesita, se veía mareado. Juan, no te vayas, le pedí. Pero él ya estaba en la puerta.
Me alivia oírlo ir y venir por esta pocilga. Estornudó. Abrió la puerta y el polvo se le metió a la nariz. Está sentándose en el escalón de afuera, veo su sombra. ¿Qué chingados me pasa? Pienso una cosa y luego otra: se vino a morir, estoy segura… se va a recuperar, siempre ha tenido ganas de vivir… ¿Cómo puede seguir creyendo en que todo el mundo tiene derecho a una segunda oportunidad? ¿Será pendejo, débil mental? O ¿será fortaleza mantener los principios en medio de tal atrocidad? ¿Seguirá pensando que formamos parte de un todo y en algún momento, por alguna razón, nos desprendimos? ¿Que nuestra vida en la tierra es una ruptura antes de volver a ese gran todo y por eso tenemos una especie de responsabilidad global? Algo así me decía y yo le hacía poco caso. A mí la filosofía me aburre, será que en mi familia se hablaba de asuntos más aterrizados y en la universidad de Oaxaca no nos echaban esos rollos. Mejor sigo contándome la historia de nuestra vida. A eso he llegado en ese silencio, a recurrir a contarme mi propia historia.
Juan pasó directo de Luciérnagas a La Ceiba. Bueno, de la prepa en Izamal, por eso al principio me sorprendía que fuera tan culto, si ni siquiera había vivido, ya déjate en el D. F., en una ciudad mediana. Luego entendí. Su familia de hacendados criollos era poco cosmopolita, pero leían a lo loco y mamaban conocimientos de generación en generación. Injusto, la verdad. Uno quemándose las pestañas y ellos aprendiendo sin el menor esfuerzo. Su mamá le enseñó inglés y un indigente llamado Manuel, francés. ¡Vaya que era sui géneris su vida en Luciérnagas! Su mamá había convertido el antiguo patio de esclavos en un refugio para gente que no tenía en dónde vivir y uno de ellos resultó ser francófilo además de buen maestro. Me acuerdo bien de la historia porque lo conocí. Acababa de cumplir ochenta años y Agustín le había dado de regalo visitar a Juan. Tenía aspecto y modales de príncipe, zapatos boleados y un traje más viejo que nada, pero planchado. ¡En plena selva! Me contó que venía de una familia acaudalada y el amor por los juegos de azar lo había convertido en un hombre sin más aspiraciones que encontrar un techo bajo el cual protegerse y suficiente comida para no morirse de hambre. Me gustaba escucharlo, me encantaban su acento anónimo y lo barroco de su lenguaje. Por él me enteré de cuánto afectaba a la familia de Juan la violencia de sus antepasados. Que la riqueza de una hacienda se deba a cierta forma de esclavitud es una historia frecuente, lo que no lo es, es que a los descendientes les cause conflicto, opinaba Manuel. De ahí debe venir la obsesión de Juan con que todo el mundo tiene derecho a la oportunidad de redimirse.
Discutimos sobre el tema unos meses después de la muerte de mis papás. Se habían ido de fin de semana a un pueblo y un borracho se estrelló contra ellos, ya cerca de casa. Se pasó un alto y me dejó huérfana a los veintisiete años. Juan quería acompañarme a Oaxaca, pero preferí ir con Ismael. Ramón se portó muy bien… como siempre. No nada más le dio permiso de ir conmigo, también nos dijo que nos lleváramos su coche, mejor que la carcacha de Juan. Ismael era la compañía perfecta. Manejaba bien, no hacía preguntas y solucionaba. Y, lo más importante, sería difícil que me autocompadeciera enfrente de él. La empatía no estaba en sus genes. La única frase en la carretera fue: si te mareas y quieres vomitar, me avisas. Estuvimos en mi tierra una semana. Ismael y yo, quién lo iba a decir. La casa en donde crecí estaba a una cuadra del convento de Santo Domingo, justo en el centro. Había sido de mis abuelos y me pesaba venderla. Era horrible pensar en que no volvería a adormecerme en el patio mientras mi madre se ocupaba de las plantas, ni oír el rechinar del portón cuando papá llegaba de la oficina. Véndela antes de que empiece a deteriorarse, me aconsejó Ismael. Ha de valer su buen dinero, pero estas casas viejas son carísimas de mantener. Práctico, como siempre. Ofrécesela primero a tu familia, siguió diciendo. Pero soy hija única y mi familia se ha desperdigado. Nada me ataba ya a Oaxaca. Lo único con lo que me quedé fue con un álbum de fotos, el sombrero de jardín de mamá y la navaja de papá. Antes de regresar, Ismael me acompañó a buscar a un abogado para refundir en la cárcel al borracho asesino.
Ya de vuelta en La Ceiba, me enfrenté con el punto de vista de Juan. Hasta ese día, me había asido de la furia como un ancla contra la tristeza. Mandar a la cárcel de por vida al responsable de un crimen era justo. Ah, pues, no. Juan opinaba distinto. Como no teníamos forma de comunicarnos mientras estuve en Oaxaca, había agarrado la costumbre de salir a esperarme al atardecer. Por alguna razón, él esperaba a la gente cuando el sol se ponía. Esa vez tuvo razón. Había subido la cuesta y vi su silueta en la penumbra. Me bajé del coche y corrí a abrazarlo. Creía que con él por fin iba a poder llorar, pero sollozaba sin sacar una lágrima. Entendió mis malos modos y mis silencios y, poco a poco, hizo que mi pena encontrara un escape. Después me contó que le recordaba a su hermana cuando estaba pasándola mal de niña. Me imagino que me trató como a ella. La situación se descompuso cuando le conté que el asesino de mis papás iba a pudrirse en la cárcel. Se quedó callado. Algo bueno, por lo menos, le dije. ¿Te parece bueno que alguien se pudra en la cárcel por una estupidez en su vida? ¡Por una estupidez! Contesté, indignada: ¡Los mató! Sí, Mariana, no estoy minimizándolo. Su inconsciencia costó carísima, pero ¿cuántas veces hacemos cosas que podrían haber resultado en algo grave? Yo también he manejado borracho, acuérdate de cuando fuimos a esa boda. No sabíamos ni cuál era nuestro coche. Si lo vemos así, yo también sería un peligro para la sociedad. Para él, las cárceles deberían servir para proteger a los demás, claro, pero también para tratar de rehabilitar a los presos, no para vengarse. Entendía mi furia y las ganas de vengarme. Él hubiera sentido lo mismo. Con lo que no estaba de acuerdo era con que las instituciones castiguen en lugar de tratar de entender y ayudar a cada individuo, por nefasto que sea. Un idealista, pues. Él quería saber qué hay detrás del odio, si se puede nacer sin compasión, como quien nace sin una pierna. Para él, la pregunta fundamental era, creo que sigue siendo, si existe el libre albedrío. Y a veces, cuando lo veo a él, yo me pregunto si es posible nacer sin maldad, como quien nace ciego.
Discutimos un buen rato. Qué bueno que no me acompañaste tú, le dije al final, y me fui a dormir a casa de Carmen. Llegó a buscarme antes del desayuno. ¿Recapacitaste?, le pregunté. No, y no te voy a dar por tu lado. ¿Tenemos que estar de acuerdo en todo? Regresa, siguió. Te extraño. Yo también lo había extrañado.
Se soltó la lluvia y la puerta se está azotando. Salió, el cabrón. Días echado en la cama con un calor del demonio y se le ocurre salir justo ahora, como si no conociera la violencia de la naturaleza. A ver si no le cae una rama encima.
Ahí viene de regreso. También en La Ceiba le daba igual la lluvia. Mientras todos corríamos a cubrirnos, él andaba como si nada. Está temblando, lo veo desde aquí. Ojalá no sea el inicio de una de sus crisis de paludismo, se pone malísimo. La primera vez que le dio, Ramón lo iba a visitar diario, a veces hasta me sustituía para cuidarlo. Le ponía trapos fríos en la frente y le daba de comer en la boca, porque Juan no podía ni detener la cuchara. Fue la única vez que conviví con él más allá de comentar proyectos a mi cargo. Me cuesta confesarlo, pero de no haber estado perdida por Juan, me habría enamorado de Ramón.
En una de sus visitas durante la enfermedad de Juan, yo estaba en la cocina cuando tocaron a la puerta. No te preocupes, voy, me gritó Ramón. Me sequé las manos y fui a ver quién era, pero algo me entretuvo y me quedé adentro, medio asomada a la ventana. Ramón hablaba en voz baja con una mujer indígena, luego sacó su cartera y le dio dinero. La mujer lo tomó, cogió de la mano a una niña y se alejó con pasos rápidos. No era del pueblo, la hubiera reconocido. ¿Pasa algo?, le pregunté a Ramón. Su expresión fría lo transformaba. Un instante después, era el de antes. Nada importante, me contestó. Una pobre menesterosa. ¿Y tú, estás bien? Había un interés tan genuino en su voz que pensé haber imaginado la frialdad en su expresión cuando acabó de hablar con la mujer.
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