Es tan variado y numeroso el desfile de extraordinarias escritoras argentinas contemporáneas que apostar por una es arriesgado y vindicar a las menos conocidas, frustrante. Desde Diario de una princesa montonera. 110% verdad (2017) he insistido en que Mariana Eva Pérez (Buenos Aires, 1977), pese a ser de las más notables, es poco conocida, más allá de la Argentina, por lectores, críticos y editores.

Pocas veces –remito al ocioso o al interesado a mi reseña, aquí, de aquella primera novela suya publicada en una edición marginal– un escritor hijo de una tragedia histórica tiene el valor y el tacto para salirse con la suya más que airoso, con el sentido del humor y la despiadada sofisticación de Pérez, cronista de una élite moral –la de los hijos de los detenidos-desaparecidos durante la dictadura militar de 1976–1983– a la que asedia desde la endogamia –ella misma activista y querellante en juicios de lesa humanidad– en una época, la nuestra, en que la víctima, real o imaginaria, reina sobre el imperativo ético.

No es Pérez una apóstata, una cínica o una arrepentida. Tan segura está en su convicción de que la teoría de los dos demonios no aplica, como su heroína al llevar grabados unos coquetos tatuajes montoneros. Frivolidad, al fin y al cabo aristocrática, propia de los “hijis” de los desaparecidos y galardones de una causa de cuya nobleza no dudan. Así, ante Constanza y Matute (hacen la porquería) (Emecé, 2026) sale sobrando lo que yo piense del terrorismo, a la vez guevarista y peronista, de los montoneros, rendido ante un logro artístico, acaso maltratado por un final feliz que yo hubiera preferido no leer.

La segunda novela de Pérez es endiabladamente erótica y cuenta el devastador amor entra Constanza y Matute, ambos hijos de desaparecidos. Ella es una antropóloga forense del Grupo de Antropólogos Forenses Argentinos (GAFA), obsesionada por una “política de la memoria” que es su razón de ser en el mundo; él, un aparente adicto al “derecho al olvido”, un informático de actividades sospechosas y tullido de un brazo debido a la tortura sufrida de niño (“Me mata lo que le hicieron en el brazo y que no me deje ayudarlo”, p. 367), que así como rechaza el cabestrillo y ha aprendido a hacerlo todo con su mano útil, nada quiere saber de los años setenta, de la guerrilla rival –la marxista del ERP/PRT– o de los milicos. “Reparar el tejido social” no le interesa, prefiere leer La conjura de los necios.

Rechaza así Matute, no sin cálculo, a una obsesa como Constanza –estereotipada en su necedad femenina, dirá algún quisquilloso– quien empieza por acosarlo para obtener una prueba de sangre. En la intimidad, más tarde, llega a pensar en preservar algo del semen de su amante para descifrar el ADN de unas osamentas aún no identificadas (clasificadas como Santa Mónica 22), que podrían ser las del padre del propio Matute, mismas que ella acaba por robarse de su oficina en el GAFA, organismo en el cual terminará por caer en desgracia.

El acoso de ella surte efecto porque la atracción sexual entre ambos resulta irrefrenable, entenebrecida por dosis nada escasas de mariguana. Pérez escribe una novela a veces más genital (“la policía del goce” patrulla la narración exhaustiva de actos y tentativas) que erótica: “pero él, sin esperar a que ella asegure un primer orgasmo, como suele hacer, la estampa contra la pared, la acomoda a su altura y se la clava sin contemplación, en una posición que no pueden sostener mucho ninguno de los dos pero que a Constanza, como siempre, le alcanza, porque ese despliegue de violencia controlada la volvió loca, le despertó curiosidades que quiere seguir sondeando en su dormitorio…” (p. 258).

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Si Constanza ama a Matute, éste parece tolerarla por razones desveladas al final de la novela y que él se guarda como un as bajo la manga. Ella lo ama con locura, él, con reticencia, convencido de que sólo el sexo controlará la curiosidad de Constanza, a través de una novela dialogada donde dos jóvenes argentinos se dan a entender e involucran, sin pausa, hasta a un lector con poco estómago como yo.

En Constanza y Matute (hacen la porquería), Pérez no se ahorra el lúgubre riesgo de contar cómo Constanza asocia ciertas posiciones coitales en su comercio con Matute con escenas de tortura, una y otra vez escuchadas, que regresan durante ese amor más byroniano que sadeano (si lo fuera no sería amor): “está gozando como perra mientras en su mente se suceden en ráfagas las peores imágenes de su repertorio de espantos” (p. 177).

El romance –porque lo es con todas esas sumas y restas que entre hombres y mujeres siempre salen mal– ocurre en la víspera de la ascensión de Javier Milei a la presidencia y con él, de una extrema derecha decidida a desmantelar la memoria histórica y nada reacia a rehabilitar a la dictadura. La amenaza intensifica la búsqueda de Constanza y deja aparentemente impávido a Matute, en un ambiente no ignorado por Pérez y más claro en el Diario de una princesa montonera, cuando parecía remoto que aquel régimen militar pudiese ser blanqueado. Ese contexto, en el pasado inmediato, es el de la conversión de los derechos humanos gravemente conculcados en una política de Estado al servicio de los intereses, también turbios, del populismo kirchnerista. Eso Pérez no lo escribe, pero no se necesita ser argentino para entenderlo. No en balde Matute, su joven protagonista, se desmaya cuando ve sangre.

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Es difícil no recordar la línea de Jorge Luis Borges sobre aquellos a quienes une más el espanto que el amor como ante Constanza y Matute. Están en desacuerdo en todo, excepto en que no habrán de ser padres –aborto incluido– pues Pérez, sin incurrir jamás en el mal gusto, no le ahorra al lector, de su “repertorio de espantos”, aquellos en que los torturadores le disparaban en el vientre a las parturientas detenidas. Nadie, entre los narradores, tiene, en América Latina, la piel más dura que Pérez. “No importa cuánto horror descubra el pincel, huesos de niños, masacres de poblaciones enteras, en el terreno no se llora” (p. 117), se dice Constanza, la forense.

Si al menos algunas pocas de las tragedias políticas latinoamericanas tuviesen un narrador del tonelaje de Pérez, nuestra literatura sería distinta. No estamos ante los eternos dictadores estilizados hasta el delirio por sus progresistas detractores, ni ante ningún tipo de propaganda política trufada en ideología novelesca.

Pérez tampoco adereza el amor con cursilería, ni teme contrariar pureza ideológica alguna con su pasión sexual, pues Constanza y Matute (hacen la porquería) es a la vez, en una combinación insólita, novela erótica y novela política. Ella sabe, además, que más allá de los tatuajes montoneros, la condición humana es una fatalidad donde aún las víctimas, cuando tienen suerte, se convierten en una aristocracia decadente y disoluta. Pérez ha escapado del victimismo endémico a las causas perdidas no sólo por su entereza novelística, sino porque en la Argentina, al menos, la denostada democracia trajo consigo reparaciones públicas, económicas y políticas.

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Y a la cazadora, en el episodio final, me parece que se le fue la liebre e hizo de Matute, de ser un amante políticamente inútil, un héroe insospechado. Tan poderosa es esta novela que Mariana Eva Pérez podía darse el lujo de cerrarla con un final dudoso.

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