Cuando un gobierno paga la educación de una adolescente, solemos hacer una cuenta relativamente sencilla: cuánto cuesta mandarla a la escuela y cuánto más ganará ella, años después, por haber estudiado. Pero esa cuenta puede quedarse corta. La beneficiaria de una beca quizá no sea la única beneficiaria. Parte del rendimiento de educarla puede aparecer muchos años después, en una persona que todavía no existe: su hijo.

Esto importa especialmente en países pobres. La educación secundaria es costosa y los gobiernos tienen recursos limitados. Pagar la escuela de un joven significa no gastar ese dinero en un hospital, una carretera o alguna otra política pública. Además, una parte de quienes recibirían educación gratuita habría pagado por ella de cualquier manera. Por eso existe una pregunta económica legítima: ¿vale la pena que el gobierno subsidie la educación secundaria?

Una razón para sí subsidiar son las externalidades: beneficios que una decisión produce sobre otras personas y que quien toma la decisión no necesariamente considera. Si estudiar secundaria no sólo mejora mi vida, sino también la de mis futuros hijos, el beneficio social de mi educación es mayor que el beneficio que recibo individualmente.

El problema es demostrarlo. Sabemos que los hijos de mujeres con más educación suelen tener mejores resultados en salud y educación. Pero eso no significa que la educación de la madre sea la causa. Las mujeres que estudian más pueden provenir de familias con mayores ingresos, vivir en lugares con mejores hospitales, tener padres más educados o ser diferentes en otras cien cosas que también benefician a sus hijos. Esas otras cien cosas podrían ser la causa de los mejores resultados de los hijos. Comparar simplemente a madres educadas y menos educadas no nos permite saber qué produjo qué.

Esther Duflo, Pascaline Dupas, Elizabeth Spelke y Mark Walsh encontraron una buena manera de responder la pregunta. En 2008 identificaron en zonas rurales de Ghana a 2,064 jóvenes que habían conseguido un lugar en una escuela secundaria pública, pero no se habían inscrito, principalmente porque no podían pagarla. Luego hicieron una lotería: 682 recibieron una beca que cubría durante cuatro años la colegiatura y las cuotas escolares; los demás no. Como la beca se asignó al azar, los dos grupos eran, en principio, comparables. La diferencia importante era haber tenido o no la suerte de ganar la beca.

Y después hicieron algo poco común: esperaron.

Los investigadores siguieron a los participantes durante quince años. Ganar la beca aumentó en 28 puntos porcentuales la probabilidad de terminar la secundaria y produjo, en promedio, 1.33 años adicionales de educación. A partir de 2013 comenzaron a registrar empleo, ingresos, matrimonios y nacimientos. Cuando los participantes empezaron a tener hijos, los investigadores comenzaron también a estudiar a esos niños.

Primero apareció un efecto sobre cuándo empezar la maternidad. Cinco años después de comenzar el experimento, quienes habían recibido una beca eran siete puntos porcentuales menos propensas a haber tenido un embarazo y tenían 18 por ciento menos hijos. La diferencia provenía fundamentalmente de una reducción en embarazos no deseados. Con los años, la diferencia en el número de hijos fue desapareciendo: las mujeres becadas no parecen haber decidido simplemente tener familias mucho más pequeñas, sino comenzar a tener hijos más tarde. También eran más propensas a tener una pareja con educación universitaria.

Pero el resultado sorprendente apareció en la siguiente generación.

Entre los hijos de las mujeres que no habían recibido la beca, 3.5 por ciento murió antes de cumplir un año. Entre los hijos de las mujeres que sí la recibieron, la cifra fue 1.7 por ciento. Antes de los tres años, las tasas fueron 4.0 y 2.2 por ciento, respectivamente. Dicho de otra manera: en esta muestra, recibir una beca de secundaria cuando la madre era adolescente estuvo asociado causalmente con una reducción de aproximadamente la mitad en la mortalidad de sus futuros hijos.

Los investigadores encontraron algo más. Evaluaron a los niños a distintas edades mediante juegos diseñados para medir lenguaje, memoria, atención, razonamiento numérico y otras habilidades. Cuando los niños tenían año y medio, dos años y medio o tres años y medio, no había diferencias claras. A los cinco años aparecieron. Los hijos de las mujeres becadas obtuvieron resultados aproximadamente 0.24 desviaciones estándar superiores; a los siete años, alrededor de 0.25. Para quien no hablan econometría: es una diferencia relevante. Los autores señalan que estos efectos se encuentran hacia la parte alta de los obtenidos por intervenciones educativas experimentales en países de ingresos bajos y medios.

Podríamos pensar que la explicación es el dinero. Una mujer más educada consigue un mejor trabajo, gana más y puede comprar mejor comida, pagar médicos o mandar a sus hijos a mejores escuelas.

No parece ser la historia principal.

Durante buena parte del periodo estudiado, las becas no habían producido grandes diferencias en los ingresos de las mujeres. Tampoco los investigadores encuentran que las madres becadas gastaran considerablemente más dinero en sus hijos o que éstos comenzaran antes la escuela. Incluso las aspiraciones eran parecidas: prácticamente todas las madres querían que sus hijos llegaran muy lejos educativamente.

Las diferencias aparecieron en cosas mucho más sencillas.

Las mujeres que habían recibido las becas usaban más cuidados preventivos de salud. También reportaban jugar más con sus hijos, hacer con ellos ejercicios sencillos de matemáticas y cantarles canciones. Y los investigadores no tuvieron que confiar solamente en lo que las madres decían hacer. A algunos niños de 18 meses les pusieron durante el día una pequeña grabadora que medía su entorno lingüístico. Los hijos de las mujeres becadas tenían alrededor de 20 por ciento más intercambios de conversación por minuto con un adulto y producían 17 por ciento más vocalizaciones. Parece que parte de la ventaja no estaba en comprarles más cosas a los niños, sino en interactuar más con ellos.

Aquí aparece otro resultado intrigante. Las becas también aumentaron sustancialmente la educación de los hombres que las recibieron. Sin embargo, los investigadores no encuentran para sus hijos los mismos beneficios cognitivos que encuentran cuando quien recibió la beca fue una mujer. En este grupo, además, las parejas de los hombres becados no tenían mayor educación que las parejas de quienes perdieron la lotería.

Esto no significa que la educación del padre no importa. El artículo apunta hacia una explicación más específica. En 84 por ciento de los niños estudiados, la persona encargada principalmente de su cuidado era la madre. Cuando una adolescente ganaba la beca, el experimento aumentaba directamente la educación de quien años después estaría pasando buena parte del día cuidando al niño. Cuando el becado era el hombre, eso normalmente no ocurría.

El resultado nos obliga también a pensar de otra manera sobre el rendimiento de la educación. Si únicamente observamos cuánto más gana una persona después de estudiar, podemos estar perdiéndonos una parte enorme del beneficio. Los autores hacen un análisis costo beneficio bajo diferentes supuestos y calculan que una política de becas de secundaria dirigida a mujeres de bajos ingresos tendría una tasa interna de retorno social de entre 27 y 76 por ciento (un rango muy amplio, pero incluso si tomamos el límite inferior es una política muy exitosa). Más llamativo todavía: estiman que entre 55 y 75 por ciento de los beneficios totales de la política provienen de sus efectos sobre la segunda generación, no sobre quienes recibieron originalmente las becas. Naturalmente, esos cálculos dependen de supuestos sobre el valor de las mejoras en supervivencia y desarrollo cognitivo; no deben leerse como una tasa de rendimiento garantizada. Aun así, los resultados llevan a los autores a concluir que las becas serían una inversión socialmente valiosa en contextos semejantes al de Ghana.

También hay que ser conscientes de los límites del estudio. El experimento no estudió a cualquier adolescente de Ghana: estudió a jóvenes suficientemente preparados para ser admitidos a secundaria, pero suficientemente pobres para no poder pagarla. Y, como ocurre cuando se estudian eventos relativamente raros, la estimación sobre mortalidad infantil es menos precisa que algunos de los demás resultados. Los efectos exactos tampoco tienen por qué repetirse en todos los países.

Pero el hallazgo central es difícil de ignorar. Una beca entregada a una adolescente en 2008 cambió decisiones que tomó años después, modificó la manera en que cuidó e interactuó con sus hijos y, quince años después de iniciarse el experimento, todavía podían observarse sus efectos.

Pensamos en la educación como una inversión en quien entra al salón de clases. La evidencia de Ghana sugiere que quizá deberíamos pensar en un horizonte mucho más largo. Cuando educamos a una adolescente, parte del rendimiento de esa inversión puede aparecer en la salud, el aprendizaje y hasta la supervivencia de niños que, cuando pagamos la beca, todavía no habían nacido.