Escribir sobre Hugo Hiriart es un atrevimiento. Una herejía. En esa república de las letras donde habita Hiriart –cada vez más despoblada, casi un páramo–, no cualquiera goza de ciudadanía. De ahí que esto sea un pecado: un escándalo. ¿Cómo escribir sobre quien domina con insólita maestría y natural elegancia el arte de decir con la palabra?

La formación fundamental de Hiriart es filosófica. Estudió con José Gaos y se enganchó de Ludwig Wittgenstein con la febril energía del estudiante. Su obra –ensayo, guion, teatro y novela– aparece en el escenario de la filosofía. Nada escapa a esa amistad que hace tanto Hiriart entabló con la sabiduría.

Según sabemos, la vida de Hiriart ha sido un sucederse de epifanías, de descubrimientos inesperados. Dos muy sonadas le ocurrieron en la UNAM, mientras hacía su tesis de licenciatura sobre la imaginación en Hume, bajo la tutela de Alejandro Rossi. Casi al principio, por una iluminación, empezó a escribir otra cosa, al margen de las indicaciones de Rossi. Y se siguió por ahí, oculto a la mirada del tutor. Luego, a punto de terminar, tuvo otra revelación: mandó el asunto al diablo para irse a trabajar a Excélsior, entonces dirigido por Julio Scherer.

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Crédito: Germán Espinosa / El Universal
Crédito: Germán Espinosa / El Universal

Las epifanías de Hiriart lo sorprenden mientras contempla el mundo con incesante curiosidad. De la contemplación pasa a la escritura (o a la pintura). Como la musa griega que aprendió a escribir. Es un poeta en sentido estricto. El poeta de la Grecia antigua era una especie de intérprete y de vocero. Homero hacía un ruego a la diosa. Se trataba de una petición muy concreta, una súplica. Cántame la historia de la ira de Aquiles. Los empeños del poeta consisten en parar oreja. Eso hace Hiriart.

Si capta las revelaciones es porque está atento. Por supuesto, dichas voces están cifradas. No son claras ni distintas. Son un coro al que el escritor le da forma con su propia voz. Pero lo que escribe se lo dicta alguien. Como buen poeta, Hiriart pone orden a esa polifonía. Por eso no redacta papers, sino encuentros.

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Según escribe Hiriart, «ésta es una de las necesidades que sólo la poesía puede satisfacer: dar cuerpo y permanencia a nuestras visiones fugaces y repentinas, a eso que vislumbramos o presentimos o adivinamos de pronto y donde se estructura cumplidamente una parte significativa del misterio de nuestra existencia».

La filosofía nació como poesía. El poeta se admira ante eso que escucha, ante la voz de los dioses. De ellos pide prestada también la forma de transmitir lo que oye. La escritura es divina. Estar ante lo otro es el primer paso en ese encuentro que también es la filosofía.

Es llamativo cómo la llamamos: hacerse amigo de la sabiduría es ser filósofo. Ocurre, sin embargo, que el tiempo oxida las cosas y hoy creemos que la filosofía es otra cosa. Que hacer filosofía es publicar áridos artículos en áridos journals.

En el fragor de la batalla, la filosofía ha perdido su candidez y su alegría. También su belleza. Sus afanes ya no discurren por la hermosura del diálogo, la carta, el ensayo ni la confesión, sino por los estructurados estancos del paper: abstract, palabras clave, introducción, 1.1., 1.2., 2.1., y así hasta las conclusiones.

Amigo del fragmento y el retazo, como lo calificó Sheridan, Hiriart inyecta viveza a la filosofía. Da igual si se ocupa de la comezón en su Gran tratado sobre un placer menor o hace un Merecido homenaje al fagot o nos ofrece un tratado sobre el huevo, su pretensión es de incesante e inagotable búsqueda de la verdad y la belleza, que en eso consiste hacerse amigo de la sabiduría.

En su recorrido, no se cierra a posibilidad alguna e imagina. En sus ensayos –en todos– la filosofía aparece como los dientes en un piano. Hiriart imagina con oficio y pericia. No es un paranoico fuera de sí. Imaginar es para él «la más creativa y la más singular y extraña de todas las facultades que tenemos. Es raro que no le demos el lugar que merece. Porque las cosas más interesantes y más creativas que tiene un ser humano vienen de su imaginación».

Esto explica que Hiriart también sea pintor. Quien pinta muestra algo, que en eso consiste el oficio del poeta. La vieja apofánsis es el ejercicio de indicar, de señalar, de decir «esto está ahí». Eso señalado es lo otro. De eso va uno de sus libros más recientes y así se llama: Lo diferente. Una iniciación en la mística (Random House, 2021). El acontecimiento religioso, como la poesía, es un encuentro con otro, una vivencia indelegable.

De igual forma, la filosofía sucede en la particular jurisdicción del yo. La literatura es un detonante de esa experiencia filosófica. Pero le arrebatamos ese milagro festivo a la filosofía y la llenamos de solemnidades; y la solemnidad, como nos previene Hiriart, suele ocultar estrategias de dominación. La risa libera y, como todo lo importante, es un misterio. Al leerlo, es imposible no soltar carcajadas. Como tan imposible es no ponerse a pensar.

Sabedor de que no escribo ni remotamente bien, antepongo a mi defecto la grandeza de Hugo Hiriart para celebrar y agradecer su obra, y me amparo a lo que él mismo admitió alguna vez: «Nadie escribe como quiere. Se escribe como buenamente se va pudiendo. El escritor trabaja en la oscuridad, no está seguro de nada. ¿Tienen mérito y calidad sus escritos? No sabe, no puede saber y cae en dubitación».

Hugo Hiriart es muchas cosas; pero, sobre todo, es un maestro inspirador, cuya mayor virtud es recuperar para la filosofía su triple sentido de amistad, complicidad y excelente sentido del humor. Sólo así, por ese camino grato, es posible el encuentro.

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