I.

José Revueltas y yo coincidimos en el mismo espacio; no en el mismo tiempo, pero sí en el mismo lugar. Fue en el Archivo General de la Nación, que en otro tiempo fue la penitenciaría de Lecumberri, y donde el escritor estuvo preso de 1968 a 1971, acusado por los delitos de invitación a la rebelión, asociación delictuosa, sedición, daño en la propiedad ajena, ataque a las vías de comunicación, robo y despojo.

Antes de entrar a la Sala de Consulta, me pareció verlo al fondo. En su estrecha celda multiplicada hasta el infinito; se dibujaba su silueta semitransparente y etérea; acariciaba su barba de chivo; sobre su nariz descansaban unos lentes gruesos. Luego desapareció.

En la Sala de Consulta revisé uno de los tantos expedientes que le abrió la extinta Dirección Federal de Seguridad (DFS), la “FBI mexicana” creada a finales de los años cuarenta para recabar información sobre actividades subversivas.

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Informe de vigilancia de la DFS contenido en el expediente “Problema estudiantil” de 1968. Crédito: Cortesía Andrea Martínez
Informe de vigilancia de la DFS contenido en el expediente “Problema estudiantil” de 1968. Crédito: Cortesía Andrea Martínez

La voluminosa carpeta beige da cuenta de que la DFS vigiló al escritor duranguense desde la década de 1950, pero el espionaje cobró énfasis en los años sesenta. El 7 abril de 1967, los detectives anotaron en el expediente que todas las mañanas pasaba por él un taxi con placas 11023. Recorría la ciudad de punta a punta: Iba a sus consultas al Instituto Nacional de Nutrición, luego a las oficinas de la Secretaría de Educación Pública y volvía a su departamento, en Insurgentes Sur.

Sin embargo, una mañana de 1968, la dinámica del escritor cambió: llegó a casa de Andrés Caso —un negociador del gobierno durante el movimiento de 1968—, a bordo de un Renault blanco con placas 854-CT. La chofer era una chica de aproximadamente 22 años. En el auto también viajaba Rufino Perdomo Gallardo, entonces estudiante de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

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Al salir del domicilio de Caso, Revueltas, la joven y Perdomo Gallardo se dirigieron a Ciudad Universitaria. Los agentes de la DFS, que les seguían los pasos, anotaron en el expediente: “Las placas que llevaba el automóvil no corresponden al modelo y marca de éste, sino a un Chevrolet modelo 1966 […] por lo que se supone que fueron placas sobrepuestas…”.

¿Habrá sido una medida de protección? Otro informe, con fecha del 4 de noviembre de 1968, dice que en una asamblea que se realizó en el auditorio Che Guevara de la Facultad de Filosofía y Letras, ante 500 presentes, un orador tomó el micrófono y dijo que Revueltas “era una de las personas más perseguidas por el gobierno y que cuando se presenta en esta Facultad, se deberían tomar medidas extremas de seguridad”.

El sábado 16 de ese mes, la policía aprehendió al escritor y lo encarceló en Lecumberri. Durante los dos años que estuvo preso, Revueltas participó en huelgas de hambre que mellaron su salud y continuó con su actividad literaria: además de ensayos, escribió su última novela: El apando.

II.

“Revueltas fue un escritor integral, auténtico, porque toda su vida estuvo ligado a las luchas del comunismo”, dice en entrevista Evodio Escalante, crítico literario, poeta y paisano de Revueltas. Y luego remata: “fue un ejemplo de resistencia, porque a esa edad —54 años— estamos muy acomodados en nuestro trabajo; es muy difícil involucrarnos en una lucha como lo hizo Revueltas. Eso es admirable”.

Escalante y Revueltas se conocieron en Xalapa, Veracruz, en 1972. El autor de Los muros de agua tenía poco de haber sido liberado de Lecumberri y la Universidad Veracruzana lo invitó a participar en un encuentro literario. El crítico, que entonces rondaba los 20 años, fue al acto.

Al terminar, se dieron un abrazo a las afueras de un bar y entraron: ya lo esperaba un grupo de escritores. Escalante le dijo a Revueltas: “Maestro, no entendí nada de lo que dijo en la conferencia”, pero el de las barbas de chivo lo atajó: “No me digáis maestro”. El sentido del humor y la humildad del escritor sorprendieron al joven Escalante.

“De pronto, sin previo aviso, Revueltas soltó una de esas frases tremebundas a los que estábamos en la mesa: ‘El espíritu absoluto de Hegel existe y es la bomba nuclear’. Todos nos quedamos callados. Yo estaba asombrado. ‘¿Esto a qué viene?’, pensé. Pues era algo que él había descubierto o, cuando menos, que había intuido”.

A pesar del sobresalto, Escalante describe a Revueltas como un hombre “increíblemente afable; podías platicar con él como si se tratara del que te vende tacos en la esquina. Era totalmente accesible”.

III

Vuelvo al expediente. Uno de los informes, taquimecanografiado el 6 de abril de 1968, dice:

VIGILANCIA A JOSÉ REVUELTAS (COMUNISTA)

Dirigente del grupo “Trotskista-Marxista” o “Cuarta Internacional” o “Liga Espartaco”. Ha formado parte del comité directivo de la Universidad Obrera de México. Ha participado en protestas contra el gobierno francés. Recibió credencial del P.P.S. […] Manifestó que el presidente de la República será nadie ante la historia…

Otro informe de 1968, firmado por el capitán Fernando Gutiérrez Barrios —director de la DFS y posterior secretario de Gobernación—, consigna que Revueltas nació el 20 de noviembre de 1914 en Durango, Durango, y que comenzó a trabajar como maestro desde 1937. “Desde hace algún tiempo se le ha detectado filiación comunista”, y registró que, desde sus inicios en esa corriente, había intervenido en diversas “agitaciones” estudiantiles en facultades de la UNAM.

Gutiérrez Barrios omitió la carrera literaria de Revueltas. No mencionó su participación en los guiones de las películas La ilusión viaja en tranvía, En la palma de tu mano o Las tres perfectas casadas. Tampoco sus reconocimientos: el Ariel a Mejor Guion adaptado por La otra (1947) y el Premio Xavier Villaurrutia (1967). En cambio, mencionó su escrito político Ensayo sobre un proletariado sin cabeza.

Sobre todo, el militar centró su informe en que, en 1967, Revueltas estuvo muy activo en Latinoamérica intentando formar un frente antiimperialista, cuya sede debía estar México, “y que desde este país se auspiciaran movimientos subversivos”. También registró que la Liga Comunista Espartaco, que en ese momento presidía el escritor, “coincidía en su forma de actuar con el trotskismo y con la línea china por sus acciones violentas”.

En las fojas siguientes, Gutiérrez Barrios y otros funcionarios de la DFS dieron santo y seña de todo el movimiento estudiantil. Como si se hubieran infiltrado en las asambleas, redactaron minutas de las discusiones del Consejo Nacional de Huelga y, sobre todo, tomaron nota de las participaciones de Revueltas: en septiembre de 1968, el escritor comentó el IV informe presidencial de Gustavo Díaz Ordaz, y lo comparó con discursos de Porfirio Díaz.

Avanzo las fojas hasta llegar a una con el número 238: es la multicitada confesión de Revueltas de haber sido la “cabeza en el movimiento estudiantil, asesorando a estudiantes allegados a su prestigio”. Según el documento, el escritor “arrastró” a las masas de intelectuales para crear un movimiento “obrero-campesino-estudiantil” que transformara la sociedad por medios “pacíficos o violentos”.

“Por la noche, fue trasladado a la Cárcel Preventiva de la Ciudad [Lecumberri], a disposición del juez correspondiente”, concluye la foja.

De acuerdo con el expediente de Octavio Paz —que también abrió la DFS y que resguarda el AGN—, la navidad de 1969 los escritores Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Octavio Paz, Arthur Miller, entre otros, escribieron una carta a las autoridades para exigir la liberación de Revueltas y de los demás presos políticos “encarcelados por su fidelidad al espíritu de libertad revolucionaria”. Díaz Ordaz los ignoró.

IV

Evodio Escalante recuerda que Luis Echeverría llegó a la presidencia de México, en 1970, con una política demagógica de apertura democrática, y facilitó la salida de los presos políticos de Lecumberri bajo libertad condicional. “No es que hayan sido perdonados”, aclara.

A Revueltas lo liberaron el 13 de mayo de 1971 y, a pesar de su salud disminuida, viajó dictando conferencias sobre literatura. Escalante lo encontró en Durango. Luego fue a Estados Unidos. “Allá conoció a la que sería su última compañera, Ema Barrón”.

De regreso en la Ciudad de México, la pareja se instaló en Insurgentes Sur, cerca del extinto cine Manacar, y Escalante los visitó más de una vez en su “humilde y decente departamento. Se veía que [Revueltas] se cuidaba mucho, por sus problemas de salud, aunque seguía bebiendo, pero moderadamente; al final de su vida lo vi tomar vino blanco”.

La última vez que Escalante coincidió con Revueltas fue el 23 de marzo de 1976, en la ceremonia en la que trasladaron los restos del compositor Silvestre Revueltas, el querido hermano del escritor, a la actual Rotonda de las Personas Ilustres.

En una fotografía de El Universal Gráfico, el escritor, de greña cana peinada hacia atrás, estrecha la mano de Echeverría, que lo mira fijo, sin sonreír. Escalante recuerda:

“Lo que me impresionó de Revueltas, viéndolo de lejos, es que tenía una piel como de pergamino, muy amarillenta. Me quedé con esta sensación: ‘va a morir pronto’”. Escalante detiene su relato. Hace cuentas mentales y luego dice: “murió el 14 de abril; o sea, tres semanas después”. Recuerda que se enteró en la prensa que Revueltas murió a las 13:30 h en el Instituto Nacional de Nutrición —al que ingresó el 10 de abril—, tras un tercer coma diabético.

Una nota de El Universal, con fecha del 15 de marzo, dice que el cuerpo fue velado en la funeraria Gayosso de Félix Cuevas; luego, lo llevaron al auditorio Che Guevara para rendirle homenaje y, finalmente, a las 13:30 h lo trasladaron al Panteón Francés de la Piedad. Allá fue Escalante para despedirlo.

“El funeral fue tumultuario y muy intenso, porque era un símbolo de la resistencia frente al gobierno, y se convirtió en un mitin de forma inesperada. En las palabras obligadas, el entonces secretario de Educación Pública, [Víctor] Bravo Ahuja empezó a leer su discurso. De forma espontánea comenzamos a rechiflar: ‘¡Ustedes lo metieron a la cárcel!’. ‘¡Revueltas muere sentenciado por el Estado!’.

La rechifla creció tanto que Bravo Ahuja dobló su discurso y se retiró con sus acompañantes. Luego —aunque esto tiene un toque tragicómico— alguien dijo: ‘¡Vamos a cantar la Internacional!’. Ahí estamos cantando, desafinados y sin sabernos la letra”.

De los más de 200 asistentes, Escalante recuerda que Martín Dosal, estudiante y compañero de celda de Revueltas, fue el que “se puso más rudo. Así terminó su sepelio”.

Un año antes de la muerte de Revueltas, el actual INBAL lanzó el concurso de ensayo ‘José Revueltas’. “Él llegó a decir: ‘mejor denme el dinero a mi’”, recuerda Escalante. Luego comenta que su padre le envió una carta con la convocatoria y las palabras: ‘Órale, tú eres de los más indicados para escribir de Revueltas’.

El crítico literario trabajó el ensayo. Aunque no ganó, el texto se publicó con el título José Revueltas: una literatura del “lado moridor” (1979), que el Fondo de Cultura Económica ha reeditado más de una vez. El libro es un análisis estético e ideológico de la narrativa de Revueltas, y debate con una crítica que se le hizo en su tiempo: si era mejor cuentista que novelista; “lo cual era un pretexto para no valorarlo como novelista, y una trampa ideológica que había que superar”, dice Escalante.

A su manera de ver, estos “prejuicios corrientes” fueron superados tras el movimiento del 68, pues se volvió un símbolo social de rebeldía y Revueltes comenzó a ser más leído.

“Además, hay que decir que publicó El apando; para mí es la obra maestra en la narrativa de Revueltas. Es una novela breve de una intensidad impresionante. Consta de un solo párrafo que se sigue durante más de cincuenta páginas, y te mantiene atrapado dentro de una jaula intertextual. Es una gran prueba de poderío y juventud del propio Revueltas: condensa y retoma lo mejor de todo lo que había hecho, y lo sintetiza. Luego fue llevada al cine, pero la novela, como la concibió Revueltas, es una pieza magistral”.

Antes de la publicación de esa novela, a Revueltas “se le despreció desde distintos frentes, [por ejemplo], que no tenía educación formal; o elogiarlo como cuentista y no como novelista, lo cual era la salida fácil de quienes no quisieron ver la problemática social que impregnaban sus novelas: el campesino pobre y engañado y la vida al interior del Partido Comunista Mexicano, porque fue comunista toda su vida, y murió comunista”, finaliza.

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