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A Nicole y a Edna les hubiera interesado muchísimo asistir a la representación de Los Estunmen. Ópera contemporánea, en la Sala Roja Concha Velasco de los Teatros del Canal, en Madrid (Chamberí, Vallehermoso).
Debo, con agradecimiento, a José Antonio Cuétara la generosidad de los dos boletos que me permitieron asistir e invitar a mi hijo León, de veinte años.
También a Javier, hermano de José Antonio y fanático del teatro como Edna y Nicole, le hubiera interesado mucho la experiencia de conocer una propuesta que se basa en música de Fernando Velázquez y libreto de Nao Albert y Marcel Borrás (la “a” lleva acento grave).
Mi corrector se alarma con el vocablo Estunmen. Me sugiere “Estimen”, “Estenme”, “Esfumen”, “Entumen”, “Espumen”. Estas sugerencias dejan de ser aleatorias si pensamos en que esta ópera tiene toques de estimación, de estar y no estar, de esfumarse, de entumirnos, de espumar.
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¿Estunmen? Se trata de la españolización de un término preciso en inglés, que mi hijo reconoció en cuanto acerté a darle una pronunciación aproximada y una descripción de lo que escuché hasta entonces: según mi algoritmo, “stuntmen (en plural)” son los dobles “de acción” o especialistas “de cine. Son los profesionales encargados de realizar las escenas peligrosas o acrobacias en lugar de los actores”.
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Los libretistas nos avisan: “Después de la trágica muerte de su hijo, Evangelina, la protagonista de esta historia, inicia un viaje de no retorno en el que un conjunto de héroes le proporcionan las claves necesarias para llevar a cabo su venganza.”
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Valoro la pieza desde cuatro perspectivas: el espectáculo, el libreto, el drama y desde luego la música. Y procedo a título muy personal, consciente de mi propio horizonte, esto es, humilde responsable de mi ángulo y mi panorámica, así como de mis límites
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Como espectáculo, la obra es muy buena, muy completa, muy intensa y muy continua. Como teatro y como drama (o como historia, como argumento), sigue siendo muy buen espectáculo. Y, como música, persiste el espectáculo.
La historia es simple y a la vez terrible y (desgraciadamente) actual: un muchacho perpetra un asesinato múltiple contra inocentes al azar. Los padres, sobre todo la madre, salen en busca de explicaciones para aquel sinsentido que el pensamiento filosófico y social galo tomó hace años como el caso extremo de lo inexplicable. ¿Por qué un joven varón de pronto mata a decenas o acaso cientos de personas antes de suicidarse?
Las culpas van y vienen, y de lo que se trata es de ir a buscar el sentido allí donde se encuentre. Según Reinhard Kosellek, salimos todas las mañanas a convertir las experiencias en sentido, y el sentido nos empuja a crearnos expectativas que contribuirán a reiniciar el ciclo de las nuevas experiencias a la mañana siguiente. (El ciclo, por supuesto, puede también ser nocturno.) ¿Pero qué pasa cuando la experiencia consiste en enterarse de que el único hijo provocó una masacre? Las violencias son destructoras netas del sentido y de sus complementos necesarios: las expectativas y las experiencias; “nada hace sentido”, puede decirse en esos casos extremos. Pues bien, Evangelina, después del estado de shock, no se resigna y sale a hacer cuantos interrogatorios sean necesarios.
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Si entendí bien, aparecen Ovidio y Virgilio, interrogados al respecto, y no tienen ninguna respuesta a la mano (¿prometen elaborarla y para eso piden tiempo?), lo que provoca la burla de quienes los buscaron y la risa del respetable: ¿el mundo antiguo queda desacreditado?
A propósito de risa, admito que no siempre pude seguir algunas bromas en el escenario, y entendí que la ópera tiene momentos de teatro de revista: se pasa revisión o revista irónica, juguetona, de los acontecimientos del día en la propia España, y también se mencionan nombres del candelero internacional.
Las actuaciones, por cierto, son muy buenas, y entiendo que se les ha dado oportunidad a los dobles, a Estunmen y women reales para pasar a ser protagonistas de una historia que enuncia desde un principio el tema o tópico del doble, sin que haya yo captado una profundización al respecto, tal vez porque se trata de un tema ya suficientemente tratado, con estaciones en páginas de Miguel de Unamuno y de Jorge Luis Borges, entre otras.
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Mi hijo comentó que le había gustado la obra, sin que ahondara mucho en los motivos. Yo le dije que había visto una suerte de columna vertebral (y vertebradora) en temas de la cultura cristiana, sin que se asumiera como tal la herencia: advertí un propósito de articular una respuesta al drama de la violencia, y los nodos y nudos y goznes son los viejos puntos de siempre: el amor, el sacrificio, el deseo de vencer culpas, el perdón y un pequeño rito que crea comunidad al término de la obra.
Tengo años tratando de acercarme al diálogo –o falta del mismo– entre el orbe cristiano y las culturas seculares. Desde luego está la tesis clásica de Max Weber sobre la nueva “cultura secular” y, medio siglo después, aparece la no menos clásica propuesta de Jürgen Habermas acerca de una nueva “etapa pos secular”. Habermas, que se definió como “ateo metodológico”, abogó por un “diálogo constructivo” de “mutuo aprendizaje” entre “la cultura secular y el cristianismo”. Él mismo entabló un intercambio con su paisano Joseph Ratzinger, el futuro Benedicto XVI.
El 25 de junio de 1967 los Beatles le cantaron al mundo “All you need is love”. Allí está un ejemplo masivo de búsqueda de simbiosis entre el cristianismo y una sociedad global secularizada, sin referencia explícita a aquel origen. El mensaje, después de todo, es más que milenario.
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Ahora bien, a diferencia de West Side Story (Amor sin barreras), paradigma de ópera contemporánea, ¿Los Estunmen carece de una canción, una frase, una escena que se queden en el imaginario colectivo con carácter arquetípico?
Hay mucho talento, y si estos logros no ocurrieron ahora, tal vez serán posibles en obras posteriores.
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