El poeta Óscar Restrepo se parece a la Criatura de Frankenstein, el Hombre Elefante o el Monstruo de la Laguna Negra: personajes nobles e incomprendidos a los que arrinconan para ocultar su presencia. Marginados socialmente que se desconciertan cuando los atacan. Conscientes de ser especies en peligro de extinción tratan de vivir tranquilos a pesar de los demás.

Digno de una película, el director Simón Mesa filmó la biografía de Restrepo en Un poeta (2025): un retrato del artista como perro viejo que ladra en el callejón sin salida al que lo llevó la realidad donde se le recrimina su infancia perpetua.

Lee también:

Óscar Restrepo es el poeta interpretado por Ubeimar Ríos. Foto: TocTalk Comunicaciones
Óscar Restrepo es el poeta interpretado por Ubeimar Ríos. Foto: TocTalk Comunicaciones

Los sueños que persigue en vano para vivir de la poesía son el motivo de su rebeldía fracasada. Lo guía un suicida que no es el mejor antídoto para la depresión: José Asunción Silva.

El lugar común del poeta maldito revive como una excepción a la norma en el guión escrito por Mesa: Óscar Restrepo es tan auténtico como sus delirios, siderales cuando se pierde en un trance etílico y se estrella contra el universo. No sufre de las imposturas que descubre en los escritores con los que tiene la mala suerte de encontrarse. Lo vemos frecuentemente con su mirada extraviada en la perplejidad, aislado como un duende solitario e indefenso. Es un escudero de la poesía más pura –si acaso existe pureza en la poesía–. Su cruzada es una comedia de errores en un mundo que apenas puede enfrentar.

Una invención no del todo inverosímil que Mesa revela como un arqueólogo de ruinas culturales. La pantalla es entonces una galería de espejos deformantes: cada personaje tiene las virtudes de las caricaturas basadas en la realidad. En medio de los esperpentos, el rostro de Óscar Restrepo, interpretado por Ubeimar Ríos, será inolvidable como un paisaje de emociones múltiples. Un caballero de triste figura que prolonga lo que le interesa a Mesa desde su cortometraje Leidi (2014), al que le siguieron Madre (2016) y Amparo (2021), historias sobre los dilemas y el heroísmo femenino en un mundo cargado de testosterona, filmadas con la sencillez de una forma en la que brillan el corazón de las mujeres y su sabiduría –en Un poeta son ellas las que tratan de salvar a los hombres de la insensatez–.

[Publicidad]

Películas que son comentarios sociales como el comentario agridulce que encarna Restrepo, ilusionado por una alumna, Yurlady (Rebeca Andrade), que cifra para él la sinceridad de la poesía que le interesa, que no está escrita para nadie sino para ella misma, pues las opciones de lo que sería para Yurlady algo parecido a la felicidad son tener un salón de belleza, cuidar a su familia y sobrevivir a la pobreza en contra de las circunstancias.

La tragicomedia de Mesa –fragmentada como una aventura teatral, quizás operática, en cuatro actos: El fracaso; Magnum Opus; El arte nos salvará y Un poema feliz–, entrecruza dos mundos con perspectivas distintas: el mundo ensimismado del poeta y el mundo pragmático en el que sobrevive Yurlady. Entre los dos se atraviesa la mala conciencia de un grupo de escritores de dudosa reputación que quieren aprovecharse de su talento –del cual ni siquiera ella misma se había percatado, pues apenas quiere algo distinto a reflexionar sobre su vida en la intimidad de sus cuadernos– y la vampirización que quiere hacer de su realidad una funcionaria europea que supone en Yurlady la tarjeta postal del exotismo hecho miseria.

Si quieres aprovecharte de mí, puedo aprovecharme de ti. Las tensiones de los personajes se definen por el uso y el abuso que los confronta:

[Publicidad]

Óscar sólo quiere presentarle al mundo la poesía de Yurlady; la familia de Yurlady quiere hacer rentable el interés de Óscar suponiendo que es un cheque al portador; los artistas bajo la carpa del circo que es la Casa de Poesía a la que acude Óscar para que le ayuden son un grupo de cínicos que quieren explotar a Yurlady; la familia accidental que no pudo formar Óscar con su exmujer y su hija es una deuda que no ha podido saldar, y la vida de Óscar con su mamá no es la más feliz del mundo –pero la madre se resigna a su destino mientras que la hermana de Óscar le pide que crezca de una vez por todas: “¡Estoy escribiendo un libro!”, le dice Óscar; “Ay, ¿un libro? ¡Óscar, por Dios!”, dice la hermana–.

Tan vertiginoso como la historia es el ritmo del montaje: los diálogos se construyen con planos y contraplanos que enfatizan el ritmo de la neurosis; cuando Óscar grita desesperado su rostro llena la pantalla con un primer plano que magnifica la emoción del instante; el travelling que avanza frenéticamente durante una persecución en la que Óscar se ve amenazado por el hermano de Yurlady es trepidante y contrasta con la quietud del regreso a casa de Óscar, herido por la golpiza a la que trató de huir corriendo como un cómico del cine mudo.

Y, de nuevo, las mujeres… Los disparates de la historia se equilibran con su sentido común para proteger a sus cachorros: la madre de Óscar con su infinita paciencia; la madre de Yurlady que les reclama a los escritores su falta de dignidad; la exmujer del poeta que aconseja a su hija sobre el comportamiento errático de su padre, del poeta que ha sorprendido con esta ficción de rasgos documentales a tantos poetas que hemos visto la película y sabemos que su historia no es del todo ajena a la realidad.

[Publicidad]

Aunque tal vez la esperanza sea posible a pesar de que la poesía importe cada vez menos y de que los poetas seamos, para los que están al margen de su escritura, como Criaturas de Frankenstein. El problema no es de la poesía, el problema es de los que la ignoran. El último parlamento de Óscar insinúa que no todo está perdido: “Soy triste que quiere escribir un poema feliz”.

TEMAS RELACIONADOS

Google News

[Publicidad]