Hace un par de semanas viajé a Monterrey para presenciar una exhumación largamente esperada. Más aún para alguien que, antes de ser el melómano de tiempo completo que soy en la actualidad, nutrió su infancia venerando la historia del Antiguo Egipto. Finalmente, volveríamos a tener a Cleopatra ante nosotros.

Gracias a un reportaje publicado por National Geographic en septiembre pasado, sabemos que el equipo de arqueólogos que desde 2005 dirige Kathleen Martínez localizó “un misterioso puerto sumergido” en el que, se supone, está la tumba de la soberana egipcia. Nada más que, la que aquí se rescató, fue otra Cleopatra. Inspirada en aquella perteneciente a la dinastía ptolemaica, pero no se trataba de la hija del faraón Ptolomeo XII Auletes, ni tenía tanto desaparecida. La Cleopatra que volvió a la luz en la Ciudad de las Montañas tenía apenas 135 años sepultada en el olvido, y bien podríamos decir que se trata de… ¡Cleopatra Morales!

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Crédito: cortesía de Lázaro Azar
Crédito: cortesía de Lázaro Azar

Permítanme abundar en los paralelismos: así como en Egipto cuentan con profesionales dedicados a rescatar su pasado, y el equipo que investiga dónde podría hallarse la tumba de Cleopatra está comandado por una extranjera de vasta y sólida formación, aquí, nuestras raíces operísticas han venido desvelando sus secretos gracias al interés de ese paradigmático centro de alto rendimiento para jóvenes cantantes profesionales y pianistas repertoristas que es el México Opera Studio, “el MOS”, que si bien fue fundado en 2019, tiene apenas seis años que creó su Ciclo de Ópera Mexicana, un programa “dedicado exclusivamente al rescate, investigación y puesta en valor del repertorio operístico mexicano”.

Durante los mismos seis años y cachito que hemos sido testigos de cómo el gobierno actual ha ido devastando cuanto ha podido, en Nuevo León hemos visto los mayores esfuerzos por rescatar nuestra herencia lírica gracias a su invaluable tradición de mecenazgo. Han realizado seis producciones de óperas mexicanas, múltiples galas, conciertos y algo fundamental: la edición de las partituras orquestales de La Leyenda de Rudel de Ricardo Castro y de Anita, de Melesio Morales, ópera de la que también realizaron la primera grabación completa, pues la versión que circulaba sufrió ciertas “adecuaciones”, dada la ley que rige nuestros símbolos patrios, como el Himno Nacional, que ahí se cita.

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Y así como los egipcios tienen a una dominicana guiándolos, los regios cuentan con la afortunada asesoría de una chilanga, la Doctora Áurea Maya, quien desde hace 32 años es una figura fundamental en la reivindicación de la ópera mexicana: participó en el equipo que restituyó la Ildegonda –también de Morales- que inauguró el Cenart, y su colaboración ha sido decisiva en los rescates de Catalina de Guisa de Cenobio Paniagua, Atala de Manuel Meneses y, ahora, en el de esta Cleopatra, que no se oía desde que fue estrenada en 1891 por la Compañía de Ópera Italiana Sieni en el Gran Teatro Nacional, con la soprano Salud Othón, como protagonista.

Su gestación fue bastante larga. Pasaron varios años desde que Ignacio Manuel Altamirano le sembró a Melesio el gusanito de escribir una ópera sobre este personaje. Gracias a la generosidad de Ramón Terreros que le regaló dos mil pesos de aquellos tiempos, Morales pudo encomendarle a Antonio Ghislanzoni, el mismo que le redactó a Verdi el libreto de Aïda, que elaborara el de este “Drama lírico en cuatro actos”. Se habló de que irían a Milán a estrenarla a la Scala, pero otra fue la historia: tras dos años que le tomó componerla, debieron pasar tres lustros para poder verla escenificada.

A lo más que llegaron, fue a contar con que los telones los pintara la misma casa que hacía los que utilizaban en la Scala, y a pesar de varios inconvenientes y postergaciones propiciados por la salud de la protagonista, las funciones fueron bastante exitosas. El público aclamó al compositor al final de los dos primeros actos, pero, a saber si llegaban cansados al final o acabaron desaprobándola por apostar a lo que, en su momento, llamaron “la música del porvenir” (que era abandonar la estructura de números cerrados, para que la música fluyera a la par de la trama, al igual que en el Verdi tardío), Cleopatra acabo siendo, también, la ópera más polémica de cuantas compuso Morales, según podemos leer en las reseñas que Manuel Gutiérrez Nájera publicó justo aquí, en El Universal.

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La labor realizada en el MOS a partir del manuscrito ha sido titánica. Los días 4, 5 y 6 de este mes ofrecieron tres funciones en el Auditorio Carlos Prieto del Parque Fundidora, en las que presentaron prácticamente completa esta ópera en una versión “reducida” a piano a cargo de Aarón Abinadi, quien hizo alarde de virtuosismo y resistencia pues “no paró” durante las dos horas que duró cada función. Omitieron solamente el ballet y algunos interludios, y la concertación estuvo a cargo de Alejandro Miyaki, quien refrendó los laureles que cosechó durante su reciente debut en Bellas Artes. Rennier Piñero firmó la dirección y puesta en escena. Como siempre, su trazo fue limpio y oportuno. Impecable.

Conformado con los becarios de la actual generación del MOS, a los que sumaron algunos invitados para reforzar el coro, el elenco estuvo a la altura de esta histórica ocasión. Misael Corralejo aprovechó muy bien el rol de Marco Antonio para sorprendernos con su belleza tímbrica y potencia sonora, ¡qué apabullante tour de force fue su escena final! Quienes me la ponen difícil son Ana Paula Pavlovich y Nohemí Cossío. Ambas estuvieron espléndidas como Ottavia, cuya aria “Della guerra il rio flagello” es uno de los momentos cumbre de toda la ópera; y aunque las sopranos que alternaron como Cleopatra tienen muy bellas voces cada una, me quedo con la interpretación de Kathryn Schwarz, quien resultó más convincente al dar vida a un personaje que, sabemos, no era precisamente una “buenita” y –dicho en buen mexicano- supo hacerla más cabrona que su alternante.

Perdón por no incurrir en el error de contarles la trama –Spoiler alert: sí, está basada en la historia, que Ghislanzoni aderezó con una gran dosis de dramatismo; y como no hay nada más atemporal que las pasiones humanas, fue acertado ubicarla “en algún país imaginario en pleno siglo 21”-, pero tras disfrutar un par de funciones para valorar el desempeño de los cantantes que alternaron los roles principales, nada anhelo más que conocer completa a nuestra Cleopatra. Con todos sus números y una orquesta en el foso.

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Por lo pronto, y con base en el sentido de la melodía y manejo de la voz que ahora escuché, refrendo lo que se decía en vida de Melesio Morales: que es nuestro más grande compositor operístico del 19. A la par del más afamado de sus colegas europeos.

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