En Backrooms: sin salida (Backrooms, EU, 2026), arrasante mundial debut del exitoso pianista-youtuber-cortometrajista-TVserialista-efectovisualista autodidacta angloestadunidense de apenas 20 años Kane Parsons (cortos previos: Corpus Schizophrenic 19, Es más agradable aquí 20), con guion de Will Soodik basado en la homónima serie web creepypasta (o sea una breve historia de terror compartida por internet) del realizador (vista por 190 millones de usuarios), el mueblero en perpetua crisis psicológica Clark (aquel afroliberto Chiwelel Ejiofor de 12 años esclavo) vive refugiado en su inmensa tienda El Imperio Otomano por su exesposa, quien lo corrió de casa por alcohólico y se siente menos idiota actuando de pirata pata de palo para una promoción que interpretando juegos de rol con su traumatizada terapeuta Mary (la noruega de culto Renate Reinsve sin Valor sentimental), si bien al descender al sótano debido a intermitencias eléctricas, va a descubrir que puede atravesar paredes hacia una inimaginable red sin término de backrooms/cuartos traseros del almacén, que explora y acaba dándose a la fuga al toparse con un humanoide monstruoso al parecer feroz (Robert Bobroczky) y, para que le crea su escéptica psicóloga, decide grabar el peligroso lugar con ayuda de sus jóvenes empleados tan temerarios como ineptos Bobby (Finn Bennett) y Kat (Lukita Maxwell), siendo todos pronto perseguidos, destrozado el muchacho, ella muerta decapitada y un Clark sin poder abandonar el sitio, con la mente cambiada y presa de una absorbente fascinación, viendo ahora cómo la devota psicóloga ha ido en su busca, sólo para sufrir un estrangulamiento por su trastornado paciente, quien luego la obliga, atada a una silla y entre criaturas replicantes semiformadas, a una premiosa sesión terapéutica que, sin embargo, la docta Mary domina con astucia y es soltada, para poder huir en estampida, luxándose un tobillo y accionando vapores en ese inframundo y, mientras Clark es devorado por el monstruo, ella es rescatada por investigadores con trajes achiprotectores de la corporación Async que TVvigilaban el caso y uno de ellos, el científico Phil (Mark Duplass), la pone al tanto de las experiencias que han venido desarrollando en esos años noventa acerca de la resonancia magnética y sus consecuencias, ya generadoras de un subyugante vértigo reconfigurado.

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El actor británico Chiwetel Ejiofor interpreta a Clark en Backrooms: sin salida, un personaje atrapado entre sus traumas personales y un inquietante universo paralelo. Crédito: Especial
El actor británico Chiwetel Ejiofor interpreta a Clark en Backrooms: sin salida, un personaje atrapado entre sus traumas personales y un inquietante universo paralelo. Crédito: Especial

El vértigo reconfigurado continúa la reinvención juvenil del cine de horror a través de esta brillante y precoz, virtuosística e insistente, fantasía de terror cienciaficcional-psicológica que parece fatalmente atrapada en sí misma, cautiva del horror vacui de los espacios liminales: oquedades apenas pobladas por muebles amontonados o una piscina infinita y reiteradas persecuciones por geométricas inmensidades blancas extradimensionales.

El vértigo reconfigurado arranca con una arrolladora e intempestiva sesión muy larga de sinuosas persecutorias cámaras subjetivas asumiendo el punto de vista de un investigador enviado por la compañía Async llamado Naran (Avan Jogia) cuya identificación reaparecerá como último despojo-guiño a media película, y una segunda sesión también larguísima de paranoicas cámaras subjetivas volverá a efectuarse a propósito del descenso a los subterráneos y rampas del sótano del novio bobo Bobby llevando una videocámara (en trance de grabar el filme mismo) sostenido por un hilo de Ariadna, raudas y frenéticas e insondables tomas subjetivas cual efecto Brighton a lo bestia o truco brillante para introducir alguna innovación tecnológica (tipo la primitiva 3D en Metrocopix 53, la Dimensión-150 en Gran Prix de Frankenheimer 66, el steadicam en El resplandor de Kubrick 80 o así), subjetivas que habrán de insertarse como puntos culminantes de las técnicas expresivas habitualmente usadas por los videojuegos (en especial los más populares: Minecraft, Fortnite, Count-Strike 2, LoL, Roblox, Valorant, Tetris) hurgando en los cruces de pared a lo Orfeo de Cocteau 50, los campos vacíos, y en los constantes giros y virajes súbitos del laberíntico infiernito creado por el relato, hábilmente recreados por la fotografía bárbara de Jeremy Cox, la edición compactante hasta lo deforme de Greg Ng y la música del realizador y Edo van Breemen efectista y jubilosamente en bruto.

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El vértigo reconfigurado basa toda la metafísica de su malestar truenacocos en las resonancias posible entre el mundo interior y el universo exterior de sus antihéroes principales Clark y Mary, más agónicos que protagónicos o antagónicos, dos conciencias vulneradas perfectas, ese hombre aniquilado por su divorcio más sus frustraciones acumulativas y esa posbergmaniana psicoterapeuta marcada por las remembranzas en flashback infantil de su enclaustradora madre esquizofrénica y una mansión derrumbada, un par de criaturas que paradójicamente se magnifican como caricaturas vivientes de sí mismas y terminarán nulificadoramente clonadas como replicantes grotescos y en espacios disonantes, porque su destino sin camino personal ha sido fijado desde la niñez por la teoría de la desestructurada integración de las vías neuronales, de ahí que el crispado Clark sólo pueda destruir todo lo que toca o ama, incluyéndose a sí mismo, y sea puntualmente dominado por la irrecuperable Mary cuando ella le escupe el insoluble problema de la culpa que lo fuerza a caminar en círculos morales y materiales, a semejanza del ave incrustada en el suelo que de repente alza el vuelo, escapar desaforado, o petrificarse en alter egos comestibles, la culpa inextirpable que condena a ser blanco móvil de videojuegos desbocados cual cuento malvado de nunca acabar, la condena al no-camino y a la repetición sin salida.

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Y el vértigo reconfigurado culmina con un final de guillotina, en el que la vulnerada Mary se hunde en su índole titubeante, en tanto que otra Mary clonada está pavorosa e insospechadamente integrándose mediante sus recuerdos e impulsos, sin siquiera un balsámico letrero de Game Over.

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