Ya pasó más de una semana de que terminó el Mundial y, al igual que Irene Azuela, sigo sin encontrar una excusa para servirme un mezcal y comer papitas chilosas un miércoles cualquiera a las 12 del día, como bien y oportunamente comentó en su Instagram.
Sí, el alcoholismo subrepticio ha vuelto a muchas casas y oficinas, pero también la tradicional pregunta que, por lo menos a mí, me surge a cada final de la Copa del Mundo: “¿Dónde iremos a estar en cuatro años?”.
Me lo pregunté mientras veía a Ferran Torres patear eufórico el banderín de tiro de esquina en casa de un nuevo amigo español, uno de esos auténticos que no exageran las zetas porque sí nacieron allá.
Entre chistorra de Navarra, boquerones, riberitas y un sinfín de platillos con que su mujer y él nos agasajaron, pensaba en el devenir de mi familia, esparcida en distintos sitios, como sucede cuando los hijos ya son más o menos grandes.
Sin duda, aquel gol ha sido el más coreado al unísono en el mundo en la historia de los Mundiales, pues la cosa se trataba un poco de todos contra Messi y los argentinos para que no se les suban más los humos.
Lo lamenté por nuestra amiga Caro, porque ella es lindísima y la queremos como a una hermana, y seguro que, así como nosotros, casi todos tienen un amigo argentino que no se merecía esto.
Sin embargo, así es a veces la vida y el futbol, más ahora que la gente se toma cualquier tontería tan a pecho: hinchas peleándose en restaurantes, las redes sociales desbordadas de burlas e insultos, políticos subidos a la faramalla pronunciando las declaraciones más estúpidas para ponerse en el reflector, como si el futbol sirviera para que incluso las naciones se desacreditaran. ¿Que no la pelota se inventó para divertirnos?
Pero esta ola de disturbios, que parecería haber salido de los estadios este verano, en realidad nació y tomó forma desde antes en gradas más familiares.
Yo lo veo seguido en los partidos entre escuelas y de ligas infantiles y juveniles, donde algunos papás no miden el ímpetu y la ferocidad de sus indicaciones y reclamos desde las bancas, y muchas veces están dispuestos a darse con la cubeta contra la porra contraria. Una vergüenza sin nacionalidades.
Yo me quedo mejor con esa reflexión y cuestionamiento profundo que para mí supone el Mundial, y que me emociona, me conmueve, me reta y me motiva: ¿dónde estaremos mi mujer, mis tres hijos, mi madre, mis suegros, mi demás familia y yo en cuatro años?
@Estoy en todas las redes como FJ Koloffon
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