Las canciones están en todos lados, se filtran inevitablemente en el cotidiano de las personas por múltiples vías. A veces mediante pantallas y bocinas que proliferan en el ecosistema contemporáneo, de boca de desconocidos que cantan en espacios públicos por unas monedas o de familiares y amigos que lo hacen en nuestros espacios íntimos por puro placer…

La importancia de las canciones, en este sentido, no solo radica en el poder de convocatoria y en la influencia cultural ejercidas por las grandes estrellas mediáticas, sino también en lo significativo que suelen ser en nuestra vida el repertorio y las formas de sociabilización musical que aprendemos en familia o con nuestra comunidad inmediata, vecinos, compañeros y coterráneos a través de la natural convivencia que, sobre todo en días de festejo como hoy, tiene lugar a propósito de las tradicionales fiestas populares que abarrotan el calendario… y la ciudad.

Viéndolos desde este ejercicio de remembranza, mis recuerdos de los festejos por el día de la madre son bastante parecidos a los de las mil y una fiestas y reuniones familiares en las que convergíamos a lo largo del año; en todas había comida, chorcha y, en algún momento, en todas se cantaban canciones.

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Aunque mis padres acostumbraban a compartir invariablemente el tiempo que pasábamos entre la casa de las dos abuelas, dado el acotado espacio que aquí dispongo, tendré que decantarme en esta ocasión por evocar solo episodios musicales acontecidos en la de una de ellas, la paterna, ubicada en Culiacán, Sinaloa, en la Privada de Pensiones, diminuta calle dentro de las delimitaciones de una colonia célebre por ser cuna de grandes capos de la mafia pero, también, de virtuosos músicos bohemios, la cual no raramente y sin previo aviso se cerraba al tránsito (y se sigue cerrando), precisamente, por causa de las pachangas.

En este contexto de jolgorio, sobre todo en los momentos cúspide de la velada, no fueron las canciones de los ídolos nacionales e internacionales emergentes en aquellos años (los 90 y principios de los dosmiles) las que más brillaron, sino un repertorio rockero gringo característico de los años 60 que, en México, había sido adaptado, vía bolero, a una estética romántica más soft que la que la inspiraba, traducido al español y grabado en la voz de personajes como Enrique Guzmán y César Costa y grupos como los Teen Tops, los Rebeldes del Rock y los Apson.

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Crédito: Imagen generada con IA
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Estos, además de las canciones destinadas al baile en las que era lícito alocarse un poquito —como la versión grabada por los Apson de “Jailhouse Rock” (1957) de autoría de Jerry Leiber y Mike Stoller e interpretada originalmente por Elvis Presley, que en español fue titulada “El rock de la cárcel” (1964), o la que hicieron los Teen Tops en mancuerna con Enrique Guzmán de “Boney Moronie” (1964) de autoría e interpretación originales de Larry Williams que, en su adaptación al español, fue titulada “Popotitos” (1960)— contaban en su haber con populares baladas románticas, siendo una de las más famosas la versión libre que hicieron los Apson a “Cotton Fields”, compuesta originalmente en los 40 por el blusero Lead Belly y popularizada fuera de Estados Unidos en los 60s por The Beach Boys y, particularmente en México, por Creedence, que recibió el titulo de “Cuando apenas era un jovencito”.

Si bien cada uno de mis tíos, habiendo nacido todos entre finales de los 40 y de los 50, conocían como la palma de su mano este repertorio ligeramente transgresor y se identificaban con él pues habían pasado su adolescencia (o su niñez) escuchándolo aquí y allá, era Marco Antonio, el hijo mayor de mi abuela, al único a quien se podía considerar entre ellos un verdadero experto en el asunto. No solo se sabía de pe a pa las canciones tanto en su versión traducida como en la original anglosajona, y la historia detrás de cada una, sino que, además, al haber aprendido guitarra e inglés en sus actividades extracurriculares como joven estudiante de ingeniería de la Universidad Autónoma de Sinaloa, tenía capacidad de interpretarlas a nivel vocal e instrumental con maestría, cosa que acostumbraba a hacer junto a su esposa Elizabeth en la sala frente a todos, siempre salvando con música las espontáneas tensiones generadas invariablemente en estas reuniones. Creo que su bilingüismo, ausente en la mayoría de los presentes, fue la razón por la que le empezamos a decir burlonamente “Wachuchey”, apodo que, me inclino a imaginar, más que de una falta de tablas en el idioma de su parte, venía de nuestra desconfianza de que estuviera solo “wachawacheando” las letras, hecho que no teníamos cómo corroborar dados nuestros escasos rudimentos del inglés.

Cuando apenas era un jovencito, mi mamá me decía: ‘Mira hijito, si un amor tratas de encontrar, no la busques, hijo, muy bonita, porque al paso del tiempo, se le quita, busca amor, nada más que amor…’

Cantaba Wachuchey y luego, en la segunda vuelta, se cambiaba al inglés:

When I was a little bitty baby, my mamma would rock me in the cradle, in them old cotton fields back home, it was down in Louisiana, just about a mile from Texarkana.

Yo daba por sentado que lo que cantaba era una traducción literal del inglés, pues alcanzaba a distinguir el “when” inaugural y la locución “my mamma”. Ya el resto salía de mi entendimiento… y de mi dicción . Solo mucho después vine a enterarme que la original no contaba la misma historia que la versión en español, cosa que era bastante común en las traducciones al español y al portugués del repertorio rockero estadounidense, las cuales casi siempre tuvieron un carácter muy libre, tanto en la letra como a lo que al género se refiere.

La letra del blusero Lead Belly es una rememoración desde la perspectiva de un esclavo o racializado de la infancia recogiendo algodón en Lousiana y de algunas dificultades que pasaba cuando las bolas de algodón maduraban y se pudrían. Ella también plantea el recuerdo improbable de la madre meciendo su cuna. En cambio, en “Cuando apenas era un jovencito”, la melancólica evocación de la infancia no persigue el recuerdo de los duros trabajos sino la inquietud de un muchacho inexperto en relación con cómo escoger eficazmente a quien amar. Aquí, en congruencia con el cambio de la edad del protagonista y del contexto de recepción, también hay un cambio de la acción materna escenificada por la original, mecer la cuna, la cual es sustituida por una que siento especialmente significativa en el ámbito latinoamericano, esta es, la de aconsejar al hijo respecto a las relaciones sentimentales. Y es que, aunque el papel histórico de la madre en occidente, de manera hasta cierto punto obligada, ha consistido en llevar a cabo tareas no remuneradas dentro de las que se incluyen dar contención emocional y consejos a los hijos, es especialmente en México y en otros países hermanos de nuestro continente en donde dicho rol adquiere un énfasis especial, dada la pasión y la expresividad que nos caracteriza, así como la extrema cercanía madre-hijo, esa que a veces raya en lo enfermizo y que fue plasmada magistralmente en el verso del poema “Nocturno a Rosario” de Manuel Acuña: “los dos un solo pecho, y en medio de nosotros, mi madre como un Dios”.

En la letra de “Cuando apenas era un jovencito”, la madre, esa depositaria por antonomasia de los saberes ancestrales respecto al amor, rechaza implícitamente la concepción impuesta socialmente que ve la belleza de la mujer como moneda de cambio y como el único criterio válido a considerar por el hijo para elegir a su pareja y se decanta, más bien, por aconsejar una priorización de la búsqueda por autenticidad en el sentimiento amoroso. Esto también contrasta con otro tipo muy usual de comunicación de padres a hijos que suele desviarse de los consejos de índole sentimental para centrarse solamente en temas económicos, tal como sucede en el rock and roll “Summertime Blues" de Eddie Cochran y Jerry Capehart en la que, en el marco de la posguerra, un hijo exhibe las exhortaciones que le hacen su papá y su mamá para que trabaje y gane su sustento: “Well my mama and papa told me Son, you gotta make some money if you wanna use the car”. Esta letra, en realidad, describe muy bien la tónica usual de los consejos que recibía por parte de mis padres y tíos, por más que en cuestión de cantares el romanticismo se impusiera.

Ahora que lo pienso, quizá parte del atractivo que ejercía sobre mí “Cuando apenas era un jovencito” radica, precisamente, en que representaba un espacio para hablar indirectamente de las cosas que en la conversación frontal resultaban incómodas. Sobre qué significa el amor verdadero, por ejemplo.

Siempre estaré agradecido con mi abuela por propiciar que su casa se volviera ese escenario para vivir, y para pensar, a posteriori y casi siempre con canciones de por medio, cuestiones como estas…tan fundamentales. Sé que aún volveré muchas veces más de visita, tal como se lo prometí la última vez que estuve ahí.

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