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Cada ciudad hace un mundo. Constanza no es excepción. El pasado se amotina apenas la evocamos. Mira por entero al Mar Negro. Los griegos navegaron ese mar, arriba y abajo, y fundaron la ciudad hacia el siglo VII a.C., muchos años antes de que se convirtiera en provincia romana.
Asentada en la costa, durante siglos ha visto transitar incontables naves y embarcaciones de distintas procedencias y con pretensiones diferentes, algunas legendarias como la de los Argonautas. En ascenso al norte, el Danubio desahoga su flujo secular.
Durante la dominación romana Tomis, otro de sus antiguos nombres, estaba habitada por los dacios — la población local—, así como por griegos, romanos, judíos, armenios, anatolios...
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Punto de encuentro de rutas, caminos y pueblos durante siglos, la ciudad alberga iglesias y mezquitas, una sinagoga y una catedral, en tranquila convivencia.
En las ciudades, escribió Fray Luis de León, unas cosas son de contento y otras de pesadumbre y enojo. Constanza llevó también el nombre de Constantiana en una época, y en otra formó parte del Imperio otomano.
Constanza no llega al medio millón de habitantes, incluyendo una población flotante de turcos, macedonios, ucranios, judíos, griegos, italianos y cada verano crecientes grupos de turistas de Escandinavia y Alemania.
La ciudad acoge al forastero con gentileza; sus habitantes parecen sonreír con mayor facilidad que los bucarestinos. ¿Una impresión superficial? No es improbable, pues sólo la permanencia en un lugar da verdadero conocimiento.
De los siglos de dominación romana, los rumanos heredaron la lengua, el cristianismo y la leyenda y el culto de Ovidio. En la parte antigua de la ciudad se ubica, sencilla y austera, la Plaza de Ovidio. El cielo la vigila con denuedo.
Domina la Plaza la estatua del poeta romano, quien murió allí, exiliado. El poeta es venerado en toda la nación y su nombre figura en las mejores empresas culturales del país.
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