Aun en los tiempos corrientes de crisis en los medios impresos, es el periódico más influyente del planeta. Los motivos son múltiples: su enorme colección de premios "Pulitzer"; sus coberturas globales; su tradición de casi 170 años; su negativa a ser comprado por alguno de los grandes conglomerados mediáticos del mundo; el prestigio de su familia propietaria...

El "Times", como muchos lo conocen, no es el diario más importante del mundo debido a que todos los materiales que publica estén a la altura de su fama, sino porque además de los motivos arriba descritos, ha asumido con mucha frecuencia errores en sus coberturas, casi siempre provocados por reporteros sin escrúpulos y hambrientos de fama.

En 2003 y tras cuatro años de un avance sostenido en la redacción del "Times", Jayson Blair, entonces de 27 años, fue cesado en medio de un escándalo por mentiras recurrentes que nunca fueron detectadas por lo que se esperaba fueran celosos editores. Una indagatoria ordenada por el periódico derivó en un profuso reporte que ocupó varias páginas del diario, detallando falsedades descaradas de Blair sobre hechos concretos, exageraciones, malicia expresa en el manejo de temas y una compulsión para poner en ridículo a su casa editorial.

Lo que ese reporte no dijo es que Blair, además de la indolencia de sus jefes, se había beneficiado de cierta tolerancia laboral por ser parte de una minoría étnica, la afroamericana.

Pasado el tiempo, Blair publicó el libro titulado "Cómo engañé a The New York Times ".Sus supervisores inmediatos y varias cabezas en la cadena de mando salieron de la organización. El tema se constituyó no solo en una afrenta histórica para la credibilidad del "Times", sino en una muestra de cómo un gran medio encara sus crisis.

Esta semana, en el pasado día de Navidad, el novel corresponsal del rotativo neoyorkino en México, Azam Ahmed, publicó un extenso con inicio en primera plana. El eje de su información es la tesis de que la administración Peña Nieto dicta los criterios editoriales de los periódicos mexicanos a los que les da publicidad, rubro en el que el actual gobierno, dice el reportaje, ha gastado 2 mil millones de dólares.

En lo personal, formo filas entre quienes consideran que los fondos públicos canalizados a los medios de comunicación, en el ámbito nacional o estatal, son usados bajo un modelo perverso que deposita enorme discrecionalidad en las manos de funcionarios públicos, que llegan a erigirse en señores de horca y cuchillo y gustan de actuar como censores, especialmente sobre medios pequeños o editores medrosos. No es extraño que jefes de prensa en todo el país reclamen un porcentaje de la publicidad que autorizan. Este modelo afecta igualmente a medios profesionales y, desde luego, al ejercicio de la libertad de expresión. Tal modelo ha dejado de ser útil para todos y urge cambiarlo, como la ha dispuesto una reciente resolución de la Corte mexicana.

Sin embargo, exhibe enormes lagunas. La más importante quizá, que eludió referirse al rol que en este panorama juegan las empresas televisoras del país, en particular Televisa y Televisión Azteca, que juntas concentran al menos 70% de cualquier presupuesto que autorice el gobierno mexicano a medios de comunicación masiva. Escandalosamente subordinadas al poder político. Estas empresas se benefician adicionalmente de contratos gubernamentales para servicios de telecomunicación, entre otros muchos. Pero este fenómeno no mereció un solo párrafo del reporte del "Times". Esto no puede ser considerado una omisión menor.

El reportaje de Ahmed dirige críticas únicamente hacia varios periódicos mexicanos, pero hace un amplio énfasis sobre uno de ellos en particular, el diario ese es a todas luces su verdadero objetivo. Se trata de una casa editorial con los dos periódicos de mayor circulación en el país (El Universal mismo y El Gráfico), con más de un siglo en el mercado y la penetración líder en internet, pero que no obstante, no es la empresa que reciba mayor publicidad gubernamental, como lo revela el mismo reporte de que el señor Ahmed cita tangencialmente. Su dueño, Juan Francisco Ealy Ortiz, tampoco tiene constructoras u otras compañías que dependan de recursos públicos, lo que no puede decirse de algunos de sus competidores.

Esa nueva omisión, entre otras, más el recurso de consignar falsedades o medias verdades por parte del corresponsal en el caso concreto de El Universal, suponen una lógica que podría ser descrita como real malicia, sea por parte suya, sea por parte de quien le dictó la información. De confirmarse cualquiera de los casos, se trataría de un periodista indigno de trabajar en el "Times".

Debo aclarar que laboré por casi 35 años en EL UNIVERSAL , con el cual en este momento mi relación se circunscribe a publicar una columna bisemanal en sus páginas. Sobre su tarea interna conozco lo que sabe casi cualquier periodista mexicano.

Conozco por ejemplo, que un editor de trabajos de investigación (historias sociales, sin impacto político), citado por el material del "Times" como indignado por la "censura" interna en El Universal (lo que él sugiere lo habría llevado a renunciar), fue en realidad despedido por problemas de alcoholismo, que incluso exhibió al presentarse en una transmisión televisiva para ser entrevistado en representación del periódico. El incidente está grabado.

Ahmed refiere que un grupo de articulistas de EL UNIVERSAL renunció en desacuerdo por la cobertura que ese diario otorgó al debate sobre la nueva ley anticorrupción, lo que presuntamente le fue "ordenado" por el gobierno. Pero no cita que el principal directivo editorial fue despedido a consecuencia de tal cobertura. Desde luego, consignar este dato habría echado por tierra la teoría de tal conspiración.

Tampoco refiere el corresponsal que el diario Reforma tuvo una crisis similar de renuncia de un grupo de colaboradores, o que recientemente desapareció casi su plantilla de reporteros metropolitanos bajo sospechas de corrupción por parte de operadores del gobierno de la ciudad de México. Las televisoras y Reforma son a las claras, dos de los tres grandes beneficiarios del "paredón" montado por el corresponsal del "Times".

Ello, porque quizá la más delicada liviandad del haya sido colocar al "Times" del lado del candidato presidencial Ricardo Anaya, en plena campaña, al decir que ganó a El Universal una demanda por daño moral, cuando el juez correspondiente sólo concluyó que no son precisos los datos sobre el enorme patrimonio personal y familiar del señor Anaya, y cuyo origen él ha decidido no aclarar.

Para efectos mexicanos, habrá que recordar que este tipo de guerras mediáticas son propias de la época electoral. Ahora quizá debamos acostumbrarnos a que los periodistas extranjeros y sus medios, por negligencia o convicción, estén decidiendo tomar partido.

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