Querido blog:
Hace un par de semanas mencioné brevemente a mi ex novio malvado al que le cocinaba (ajá, jugaba a ser ama de casa) y que tiraba la comida a la basura porque “no sabía como la de su mamá”. El otro día me topé con un par de mails de aquella época, estuve recordando y pues se me hizo cotorro escribir un post al respecto:
Empecé a andar con este güey en un ataque de locura propio de los veintipoquititos, hace casi diez años. El tipo era mayor que yo, era cineasta goooooeeeeei, muy erudito y tenía una banda de surf. Todo eso me seducía. La primera noche que pasamos juntos noté que una edrecolcha del Cruz Azul cubría su cama. Eso no logró disuadirme. Fue un arrebato de pasión.
Como al mes de que ya éramos “novios”, me gané un premio en un concurso de video. La cláusula secreta era que tenía que ir a recoger mi diploma y mi cheque a Durango. Le pedí al güey que me acompañara; se me hizo padre la idea de viajar juntos a un lugar inhóspito donde seguramente encontraríamos cosas vaciladoras. Lo malo es que el evento se empalmó con que iban a pasar un cortometraje suyo (que sí era DE ARRRRTE, no como mi pinchurriento videíto) en Puebla, pero ya teníamos los boletos de avión, así que a regañadientes fue conmigo. Me lo hizo pagar muy caro: fingió un ataque de pánico porque en la ciudad no había McDonald’s (en serio, en serio, en serio) y me obligó a cuidarlo dos días.
No obstante este episodio, me fui a vivir con él, porque JUVENTUD. Él tenía un quesque departamento de soltero, que en realidad era de su hermana, y que estaba ubicado a media cuadra de casa de su mamá. Ay, México. Era un primer piso oscuro y húmedo. Cada rincón estaba decorado con girasoles de plástico y porcelanitas. Los cuartos, pintados de azul eléctrico, no tenían ventanas. PERO NADA DE ESTO IMPORTA CUANDO HAY AMOR CIEGO Y LOCO.
Hicimos una fiesta para celebrar “nuestra unión”. Muy emocionada, le presenté a mis amigos; él se limitó a barrerlos y despreciarlos. En algún momento de la noche, unos cuates prendieron un toque, COMO LA GENTE NORMAL. Mi novio me exigió a gritos que los corriera porque CÓMO iban a consumir LA DROGA en SU casa. Después, se quejó de que un borracho AMIGO MÍO había dejado mugre en SU pared. Así que ahí me tienen limpiando a cuatro patas a las tres de la mañana al ritmo de Vive-Sin-Drogas.mp3.
https://www.youtube.com/embed/-G_LZX5Gky4
El güey no tenía computadora propia, así que usaba la mía. Una tarde regresé de una entrevista de trabajo y me topé con que la había llenado de virus por bajar porno (bien) en Internet Explorer (¡mal!). Yo tenía un deadline de un freelancito, pero pasé tooooda la tarde y toooooda la noche reformateando el disco y reinstalando el sistema operativo. A los dos días... otra vez: PC inutilizada con malware saliéndole hasta del ventilador.
Como el güey quedó ciscado, empezó a usar la computadora de su hermana. Obviamente, a los tres días ya estaba toda virulenta. Esa tarde, un 31 de diciembre (¿cómo olvidarlo?), mi novio decidió no confesar su fechoría “porque qué pena”. Mejor me pidió que la reformateara con mi disquito pirata de la Plaza de la Computación. “¿Pero ya respaldaste todo?”, le pregunté, y él “Seeeeeeé”. Y yo: “¿Seguro?”, y él: “Seeeeeeé”. Bueno. Borré el disco duro, volví a instalar Windows XP, puse un fondo de pantalla de paisaje nevado. El crimen perfecto.
Por supuesto, la información no estaba respaldada correctamente. Eliminamos no sé cuántos años de trabajo de la hermana. ¡Feliz año nuevo!
Después de que lloré por horas y sentí toda la culpa que no había experimentado en 22 años de vida, aquella noche fuimos a la fiesta de unos amigos, a los cuales mi novio estuvo haciéndoles jetas porque vivían en la Condesa, se divertían, tenían gatitos, consumían productos locales, leían a Margo Glantz, oían bandas mexicanas, eran felices y pues QUÉ HORROR DE PERSONAS. Nos retiramos tempranísimo.
Empecé a alejarme de mis amistades por el infinito desprecio que este güey sentía por ellas. Me la pasaba encerrada en la casa, deprimida. Un sábado en la tarde estaba comiendo con mi mamá y el güey me habló. Me dijo que se estaba MURIENDO, que me necesitaba a su lado. Boté a mi mamá y fui corriendo a ver qué le pasaba a mi amorcito. Resulta que le habían caído mal unos tacos de pollo. Los vomitó en el lavamanos (porque cómo ÉL, el príncipe de la Delegación Benito Juárez, se iba a REBAJAR a hincarse frente al escusado, ¡de ninguna manera!). Ahí me tienen limpiando su guacareada; de otro modo se hubiera petrificado ahí, porque él, machirrín hijo de su mami (¡y para colmo “artista”!) nunca jamás había movido un dedo en nombre del quehacer.
Creo que aquel fue el punto más bajo de mi vida.
Para esas alturas, yo estaba consciente de que estaba tocando fondo, de que todo era completamente ridículo, de que cada día era una afrenta a mis principios más básicos... ¿pero en qué otro momento iba a poder estar en una situación así de culera? La verdad es que no tenía nada mejor que hacer: ya había terminado la escuela y todavía no tenía trabajo. Por un lado, sí, estaba necia con esa relación tan destructiva por pedos freudianos de manual, y una parte de mí sufría de verdad. Por otro, sabía que todas esas chingaderas eran invaluable material de comedia que, algún día, me serviría de algo.
Un par de meses después conseguí chamba. Al poquísimo tiempo terminé con el güey y me fui a vivir sola. Él se superemputó porque CÓMO ERA POSIBLE que una pendejita como yo, mareada por el tabique en el que me había trepado, lo dejara ir a ÉL, el MÁS MARAVILLOSO HOMBRE DE LA TIERRA. Jiji. Era verano de 2006. El tipo, a pesar de que su pensamiento y forma de actuar eran de ultraderecha, era suuuuúper perredista. Y yo, por supuesto, era pejezombi (antes de que se acuñara el término). Me escribió una carta donde, además de plasmar toda su ardidez, me puso: “Gente como tú debió votar por Calderón”. Jajaja, ¡frase célebre!
Es chistoso porque yo también soy la peor pareja que este güey ha tenido. Por un tiempo se refirió a mí, en su blog, como “la novia más naquita que he tenido” (me declaro culpable).
Qué tontería, ¿no? Que en los veintes nos aferremos a lo que nos choca y nos hace daño. Yo era la personificación de todo lo que el güey despreciaba (una chica boba e inocente, chaira, izquierdosa, ignorante, con mal gusto cinematográfico-literario-musical, ganas de vivir en la colonia Roma, amor por los gatitos, que andaba a pie y no sabía manejar, que tenía curiosidad por la gastronomía internacional y una actitud positiva hacia el mundo en general)... pero me cortejó y yo caí, aunque el güey tenía todos los elementos que yo no quería (amargosidad, obsesión con el cine mamón y aburrido, desprecio por la gente que pensara diferente, ideas de derecha, odio hacia la comida, sueños de vivir en la Del Valle, cochecentrismo absoluto).
Sé que ahora le está yendo bien al güey y que ha cumplido algunos de sus sueños. Me da gusto. Espero que sea menos mamón (aunque un día, por motivos laborales, vino a mi casa y le hizo jetas a mis libros y a mis gatitos) y que, en su retorcido universo, sea feliz.
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