Donald Trump sigue siendo un misterio. En pocos aspectos se sabe cuál es la dirección de su administración, con cambios de opinión continuos sin mucha explicación: una misma ley puede ser fantástica y miserable con una semana de diferencia, un individuo puede ser bueno y un desastre pocos días después. Y viceversa.

La falta de acción de su gobierno, todavía sin ninguna gran propuesta establecida, hace que no se conozca bien el rumbo que quiere tomar. Tampoco en cuestiones de defensa o militares.

“La estrategia de Trump no es totalmente clara”, dice a EL UNIVERSAL Richard Betts, director de los estudios de Guerra y Paz de la Universidad de Columbia. “De momento no ha cambiado nada con respecto a la de Obama”, añade Michael O’Hanlon, experto en temas de defensa del Brookings Institution. “No tiene estrategia”, dice Barry Blechman, confundador del Stimson Center, think tank centrado en temas de seguridad.

Para Betts, la esquizofrenia de la Casa Blanca, marcada por la intuición del presidente, también ha afectado las decisiones en el ámbito militar. “Sus instintos señalan direcciones discrepantes”, resume, recordando que mientras en unos aspectos se ha mostrado reticente y “atrincherado” a la participación de EU en problemas externos, por otro lado ha apostado por una retórica asertiva beligerante.

Para Blechman, el presidente de EU simplemente “reacciona a los acontecimientos” a medida que pasan, y fruto de su falta de conocimiento, no sólo de historia, sino del equilibrio de fuerzas regionales, “sus reacciones instintivas son normalmente consideradas apresuradas”.

Los expertos se mostraron tranquilizados por la presencia en el círculo cercano de Trump de militares con conocimiento de lo que hacen. “Esos generales son excelentes y muy experimentados, que entienden los límites de la fuerza militar más que muchos civiles”, explica O’Hanlon.

En especial el secretario de Defensa, James Mattis, y el asesor en Seguridad Nacional, H.R. McMaster, en quienes Trump confía, “influencias restrictivas” que por su “sensibilidad, información y precaución” balancean la “ignorancia e impulsividad” del carácter del presidente, dice Betts.

“Por suerte ha invertido su confianza y autoridad en Mattis”, señala Blechman, quien aplaude que los militares de “visiones moderadas” hayan tomado las riendas de la estrategia militar de EU.

En los poco más de cinco meses de mandato, el acto militar más recordado (y de momento único) es el bombardeo sorpresa contra Siria como represalia al uso de armamento químico. “Fue un gesto pequeño que no consiguió nada”, critica el profesor de Columbia. Para Blech-
man, por ejemplo, es más significativa su decisión de armar a los kurdos.

Con todo eso, Betts apunta algunas direcciones más o menos dominantes: cierto énfasis en las iniciativas anti-Irán, un incremento limitado de la asistencia militar en Afganistán, y un aumento del gasto en defensa. Es precisamente este crecimiento del presupuesto para “actualizar y modernizar” el ejército uno de los mantras de Trump en el ámbito militar.

Pero no es tan “histórico” como lo plantea Trump. “Definitivamente no lo es. Es de 4%”, recuerda O’Hanlon. Y advierte que el presupuesto, de 639 mil millones de dólares para 2018 —principal gasto del gobierno federal— sólo será factible “si el Congreso encuentra la forma de pagar y lo aprueba”. Para Belchman, la propuesta es “suficientemente mala”, y no llegará a buen puerto por el problema del déficit.

“En ningún caso EU ha necesitado gastar tanto dinero en defensa”, reflexiona el experto del Stimson Center.

Estados Unidos sigue siendo el país con las fuerzas armadas más grandes y tecnológicamente más avanzadas del mundo, que gasta lo mismo que los siguientes ocho países con más presupuesto militar y mucho más que todos sus potenciales rivales combinados.

El comandante en jefe de las fuerzas armadas es Donald Trump, el magnate inmobiliario sin experiencia militar y, por lo que parece, sin idea clara de qué quiere hacer con ellas.

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