Un recuerdo en primera persona de los Juegos Olímpicos de México 68

Tokio 2020 trae a la memoria de la periodista Bertha Fernández su recuerdo de lo que vivió en los Olímpicos del 68, desde un lugar dentro de la justa deportiva

Un recuerdo en primera persona de los Juegos Olímpicos de México 68
Foto: Archivo EL UNIVERSAL
Universal Deportes 28/07/2021 12:49 Bertha Fernández Actualizada 12:49
Guardando favorito...

México 68. Nunca antes me sentí tan orgullosa de ser mexicana, como en los juegos olímpicos del 68, en que México mostraba al mundo su arte, folclor, belleza, música, creatividad, buena organización, pero, sobre todo, la tradicional hospitalidad con la que recibe a quien llega de otras tierras.

Parecía que el gobierno de Díaz Ordaz pedía perdón al mundo por la vergonzosa y repugnante matanza de jóvenes en Tlatelolco.

Fue el arquitecto Ramírez Vázquez, quien con un gusto exquisito preparó todos los aspectos bellos y emotivos con los que nuestro país recibía a deportistas y aficionados del orbe, que contemplaban atónitos lo que la nación ofrecía, en charola de plata o quizá de oro.

Poco después aplaudimos a rabiar a uno de los primeros campeones olímpicos mexicanos, Felipe “el Tibio Muñoz “, lo vi bracear en la alberca y me llenó de alegría y de orgullo.

Quizá hubo otros campeones mexicanos, no los vi ganar y no los recuerdo, pero a él sí.

Ahí vimos la gracia y soltura de la joven Queta Basilio quien subió, con buena pierna, a encender la llama olímpica, que había llegado desde Grecia.

Tuve, tuvimos mi hermana Josefina y yo, la suerte de ver los juegos olímpicos en persona y de primera mano pues fuimos edecanes en la Villa Infantil, instalada en el Colegio México, donde se hospedó a niños pintores de todo el mundo, que vinieron a ofrecer su arte, como parte de la olimpiada cultural.

Ella y yo, en nuestra calidad de educadoras, estuvimos ahí, como cuidadoras de los pequeños artistas.

Diverso el grupo de pintores infantiles, recuerdo a dos francesitos, simpáticos, Alain Duple y su compañero, una chiquita, que venía de Mónaco, quien me regaló una hermosa muñeca con traje típico, vestido de rayas blancas y rojas con delantal negro, que aún conservo con cariño.

Un jovencito africano, creo que de Ghana, era de los más grandes. Se bañaba todos los días, pero su olor era tan penetrante, que invadía el espacio.

Otro hombre de color, un periodista ghanés, me perseguía permanentemente. Aunque la canción no había sido compuesta todavía, yo premonitoriamente, preguntaba: “¿mami qué será lo que quiere el negro?”

Pues ¿saben que quería? Llevarme a su país para “agrandar” su harem. 

Yo dije “paso”, tenía un novio morenito, pero era “monógamo”; - eso espero porque me gusta ser única y exclusiva, no sé si lo logré.

Volvamos a los juegos. Vimos desfilar en la inauguración a cientos de jóvenes, orgullosos de representar a sus países, - no había entonces tantas naciones, como hoy, eran poco más de 50- de esas fechas al día de hoy, muchísimas han logrado su independencia.

Ellos llegaron a las olimpiadas, después de un esfuerzo para ser los mejores, lo que les dio el privilegio de desfilar con la bandera de su nación.

Muchas palomas de la paz, - después del trágico evento, ocurrido poco antes, eran necesarias. Palomas blancas que se dispersaron por el cielo del Estadio Olímpico. Múltiples globos que ascendieron al firmamento y alegraron a los espectadores. Cada uno deseaba ganar medallas que representaran el triunfo para su país.

Han pasado 53 años, disculpen si mi vieja memoria falla en algo.
 

rdmd 

Guardando favorito...
 

Noticias según tus intereses

Comentarios