Hay momentos que no pertenecen solamente a una generación. Pertenecen a la historia.

México está viviendo uno de ellos.

Por primera vez, una mujer ocupa la Presidencia de la República. Y ese hecho, que durante décadas parecía imposible para millones de mexicanas, hoy forma parte de nuestra realidad.

La llegada de Claudia Sheinbaum a la Presidencia no es únicamente un cambio político. Es la ruptura de un límite que durante generaciones parecía infranqueable.

Una niña mexicana puede mirar hoy hacia Palacio Nacional y saber que ese lugar también puede ser suyo. Eso importa.

Importa porque durante demasiado tiempo las mujeres tuvimos que pedir permiso para entrar a espacios donde los hombres habían decidido que nosotras no pertenecíamos. Tuvimos que demostrar el doble para que se reconociera la mitad. Tuvimos que explicar nuestra capacidad antes de que se escucharan nuestras ideas.

Hoy las cosas están cambiando.

Y precisamente por eso, quienes tenemos la oportunidad de participar en la vida pública tenemos una responsabilidad todavía mayor.

Llegar al poder no es la meta. Es la prueba.

Porque una curul no transforma por sí misma. Una secretaría no transforma por sí misma. Lo que transforma es lo que hacemos con el poder que la ciudadanía nos confía. Ahí comienza la verdadera discusión.

No se trata solamente de cuántas mujeres ocupamos espacios de decisión. Se trata de qué hacemos desde ellos.

¿A quién protegemos? ¿Qué derechos ampliamos? ¿Qué injusticias corregimos? ¿Qué oportunidades abrimos? ¿Qué problemas resolvemos? ¿A quién le cambia la vida una decisión que tomamos desde una oficina pública?

Esas son las preguntas que deberían perseguirnos todos los días. Porque el poder público no es patrimonio de quien lo ocupa. Es un préstamo de la ciudadanía. Y todo préstamo se devuelve con resultados.

Por eso me parece insuficiente celebrar la llegada de más mujeres a la política si no somos capaces de utilizar esos espacios para transformar la realidad de otras mujeres.

Una mujer que llega al poder no debería cerrar la puerta detrás de ella. Debería abrirla todavía más.

Abrirla para las jóvenes que vienen detrás. Para las niñas que hoy necesitan referentes. Para las mujeres que todavía enfrentan violencia. Para quienes siguen encontrando obstáculos para estudiar, trabajar, emprender o participar en la vida pública. Para quienes durante demasiado tiempo fueron escuchadas solamente cuando convenía escucharlas.

La verdadera transformación no está en que una mujer llegue sola. Está en que su llegada haga posible que muchas más lleguen después.

Y eso exige algo que va mucho más allá de la representación simbólica: exige resultados.

En la Cámara de Diputados he entendido que la política pierde sentido cuando se desconecta de la realidad.

Porque las grandes discusiones nacionales también tienen una traducción concreta en las calles. Una reforma puede significar protección para una mujer. Una iniciativa puede convertirse en un derecho. Una gestión puede resolver un problema que una familia lleva meses enfrentando. Una política pública puede representar una oportunidad que antes no existía.

Por eso creo que el poder debe caminar.

Debe salir de las oficinas. Debe cruzar las puertas de los congresos. Debe llegar a las colonias, a los mercados, a las escuelas, a las familias y a cada lugar donde exista un problema que requiera una respuesta pública.

En Miguel Hidalgo lo he comprobado una y otra vez.

Detrás de una luminaria que no funciona hay una mujer que quiere volver segura a su casa. Detrás de una calle deteriorada hay familias que exigen vivir dignamente. Detrás de una joven que pide una oportunidad hay un futuro que el Estado tiene la obligación de no desperdiciar.

La política comienza a tener sentido cuando dejamos de hablar de “la ciudadanía” como una cifra y empezamos a mirar a las personas que hay detrás de ella.

Por eso creo que la llegada de una mujer a la Presidencia también nos obliga a elevar el estándar.

No podemos pedir que las mujeres lleguen al poder para después permitir que ejerzan el poder de la misma manera que siempre se ha ejercido.

Tenemos que demostrar que la representación puede ser más cercana. Que la autoridad puede ejercerse con firmeza y sensibilidad. Que escuchar no es debilidad. Que defender derechos no es una concesión. Que gobernar para las personas no significa gobernar para las cámaras. Y que la política puede recuperar algo que nunca debió perder: la capacidad de servir.

México ya dio un paso histórico. Ahora viene la parte difícil.

Hacer que ese paso valga la pena.

Porque la historia puede registrar el día en que una mujer llegó a la Presidencia. Pero la historia también juzgará qué hicieron las mujeres que tuvieron la oportunidad de gobernar, legislar y tomar decisiones desde el poder.

Y yo creo que no tenemos derecho a desperdiciar esta oportunidad.

No llegamos hasta aquí para ocupar espacios, llegamos para transformarlos. No para administrar privilegios, para abrir oportunidades. No para construir carreras personales, para construir un país donde las mujeres que vienen detrás encuentren menos puertas cerradas de las que encontramos nosotras.

Hoy México tiene una mujer al frente. Para millones de niñas, eso significa que los límites cambiaron. Para quienes tenemos una responsabilidad pública, significa algo todavía más profundo: que ahora tenemos que demostrar que estuvimos a la altura del momento histórico que nos tocó vivir.

Los cargos terminan. Las legislaturas terminan. Los gobiernos cambian. Los nombres dejan de aparecer en las boletas.

Pero las decisiones permanecen.

Permanecen en las leyes. En las instituciones. En las oportunidades. Y, sobre todo, permanecen en la vida de las personas.

Por eso no creo que una mujer en el poder deba ser solamente motivo de orgullo. Debe ser motivo de exigencia.

Exigencia hacia nosotras mismas.

Porque llegar fue histórico. Pero servir es la verdadera responsabilidad.

México ya abrió una puerta que durante siglos permaneció cerrada. Nuestra tarea no es solamente cruzarla. Es mantenerla abierta, sostenerla y asegurarnos de que detrás de nosotras entren muchas más.

Porque cuando una mujer llega al poder, cambia la historia. Pero cuando usa ese poder para transformar, cambia el futuro.

Diputada Federal LXVI Legislatura

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