El regreso de Enrique Inzunza al Senado es una de las mayores expresiones de cinismo del régimen actualmente en el poder. Y vaya que la competencia ha sido abundante.
Después de 124 días de ausencia, el senador sinaloense reapareció sonriente, ocupó nuevamente su escaño y fue recibido entre abrazos por quienes hasta hace unos días eran sus compañeros de bancada. Ni una pizca de pudor frente a la acusación del Departamento de Justicia de Estados Unidos por sus presuntos vínculos con el Cártel de Sinaloa. Mucho menos respeto por una sociedad que lleva dos años contando muertos, desaparecidos, negocios cerrados y familias desplazadas.
Su reaparición confirma que el fugaz regreso de Rubén Rocha Moya al gobierno de Sinaloa difícilmente fue una ocurrencia solitaria. Rocha volvió, Inzunza apareció en Palacio de Gobierno y ambos sostuvieron una reunión privada. Después vino la presión para que el gobernador abandonara nuevamente el cargo, tras el rechazo público de la presidenta Claudia Sheinbaum y la indignación nacional.
¿Quién patrocinó aquella aventura de 33 horas? ¿Quién les hizo creer que podían desafiar a la Presidenta, recuperar sus posiciones y sonreír frente a una sociedad agraviada?
La maniobra debió contar con el respaldo de alguien con suficiente poder para contravenir la opinión presidencial. No hay elementos para afirmar que la instrucción surgió desde Palenque, pero sobran razones para sospecharlo. Rocha es uno de los gobernadores más cercanos al expresidente López Obrador y ambos personajes reaparecieron con una seguridad difícil de explicar como simple coincidencia.
¿Qué saben Rocha e Inzunza? ¿Qué información poseen sobre la elección de 2021, la estructura política sinaloense y las presuntas relaciones entre funcionarios y organizaciones criminales? ¿Qué podría terminar conociéndose en las cortes de Nueva York si alguno decide hablar?
En Morena encontraron una fórmula que consideran perfecta. Inzunza abandona la bancada para no ensuciar la inmaculada imagen del partido, pero conserva el escaño, el fuero y todos los privilegios del cargo. Luego anuncia que seguirá respaldando las reformas y votando junto con sus antiguos compañeros.
Es como divorciarse ante el Registro Civil y continuar compartiendo la alcoba, con todos sus placeres, beneficios y obligaciones. Separados durante el día, perfectamente unidos bajo las sábanas.
Morena simula tomar distancia, pero no pierde un voto. Inzunza se declara independiente, aunque su independencia termina en cuanto comienza la votación. Cambia de asiento, no de obediencia. Deja la bancada, pero conserva la protección política y el cómodo refugio del fuero.
La escena encajaría perfectamente en La Ley de Herodes. Sólo faltan el acordeón, la botella de tequila y algún dirigente explicando con solemnidad que toda esta farsa se hizo por el bien del pueblo.
Quienes llegaron al poder prometiendo no mentir, no robar y no traicionar perfeccionaron una manera de hacer las tres cosas mientras pronuncian esos principios en cada discurso. Convirtieron una promesa ética en una frase publicitaria y la rendición de cuentas en un trámite reservado para sus adversarios.
Rocha regresó sonriendo. Inzunza volvió sonriendo. Son sonrisas con dientes de impunidad.
Falta saber si en Nueva York también les causarán gracia.
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