Cuatro muertos en una descomunal fiesta es una desgracia. Por donde se le vea, resulta terrible. Es inadmisible, aunque alguien diga lo contrario y argumente -insensiblemente- que un millón 400 mil personas sobrevivieron y estuvieron a salvo.

Cuatro vidas perdidas -reitero- es tristísimo. Y si tres de esas cuatro personas fallecieron asfixiadas, literalmente comprimidas, la desgracia resulta absolutamente estremecedora. ¿O quién va a ser el guapo o la guapa que se acerque con los familiares de la joven de 19 años que murió para decirles que su pérdida es mínima con relación a los vivos? ¿Y a la familia de la otra mujer, la de 44 años? ¿Y a la familia del hombre de 48 años?

Que nadie se siga atreviendo a decir que 820 mil personas a salvo en Reforma opacan el drama de cuatro muertos.

Imagine usted -toco madera- que una de esas personas fuera su familiar, lectora-lector, y que usted tuviera que ir a recoger el cadáver magullado. Qué dolor, qué espanto, qué infortunio.

La jefa de Gobierno, Clara Brugada, dijo que colocarán más pantallas en puntos alternos al Ángel de la Independencia para evitar que se repita la fatalidad, pero eso tampoco es suficiente. Hizo un exhorto para que la gente acuda festejar el próximo domingo en otros lugares. Todos sabemos que no funciona, es llamado a misa en tierra de festejo eufórico, en territorio alegremente salvaje.

Llega un momento en que los políticos realmente tienen que gobernar porque su ineficacia o negligencia cuesta vidas. Tienen que mandar con autoridad, regir, dirigir una colectividad. Tomar el timón y navegar en aguas muy bravas. Y si eso implica que en un momento dado se cierren los accesos a todo Reforma, se tiene que hacer. Brugada ya tiene el minuto a minuto de cómo fue saturándose esa avenida durante el partido contra Ecuador: a las 5 de la tarde, según sus propias palabras, Reforma ya estaba atiborrada. ¿Y luego? Nada de que Reforma estaba llena… “pero bueno”, como dijo.

No puede ser que un gobierno, en aras de la libertad, diga “ni modo” y ceda el control de la zona a una masa desaforada, en buena medida alcoholizada (y algo más, en algunos casos), y por tanto imposibilitada para tomar decisiones coherentes y sensatas. La alegría y felicidad están muy bien, yo mismo anduve cerca de ahí loco del gozo, pero es inaceptable el argumento (es un decir) de que “es difícil gestionar riesgos”. Para eso la eligieron, justamente para gestionar con prudencia y firmeza todo tipo de riesgos.

¿Y si sí… el domingo de locura? Esa tarde noche vamos a vivir momentos de altísimo riesgo en el mismo sitio (y quizá en otros más) y por tanto es obligación de la jefa de Gobierno controlar a las masas, controlarnos a todos nosotros. Nosotros festejamos, ella debe gobernarnos. Es su obligación ordenar que, antes de que se sature el Ángel, se impida a todo mundo el paso hacia el lugar en todas las calles y avenidas que sea necesario. Todas. Que avise desde hoy cada hora y por todos los medios. No pasan coches, no pasan peatones. Punto. Para eso hay decenas de miles de policías en Ciudad de México, para blindar un sector cuando es necesario, aunque nos encabronemos todos.

¿O qué, que mueran otras cuatro personas para satisfacer nuestros desmadres? ¿No importarían esas pérdidas humanas a cambio de dos millones de nosotros felices en las calles? ¿Bien valen cuatro muertos un jolgorio bárbaro y gozoso como el que protagonizaremos si México le gana a Inglaterra? Nunca.

¿Y si no? ¿Y si -no lo quiera San Morita, San Quiñones, San Raúl, San Tala-… y si perdemos? Asumo que el gobierno capitalino está consciente de que, aunque pierda México, habrá cientos de miles de personas festejando todo lo que nos fue el Mundial en estas semanas, todas las alegrías que nos dio, pero, además, tal vez habrá mucha gente llorando la derrota y probablemente algunos seres andarán rumiando su furia, su frustración. Sin rollos: en ese caso, quizá con mayor energía, las autoridades deben bloquear accesos a la zona cuando esté llena Reforma para evitar una desgracia acompañada (ojalá que no) de destrozos y desmanes. Sugiero…

(Y en la cancha: ¡vamos México! ¡Con todo!)

jp.becerra.acosta.m@gmail.com

Twitter: @jpbecerraacosta

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