La cumbre mundial de la DEA que reúne esta semana en Buenos Aires a altos funcionarios de cerca de cien países importa por algo mucho más grande que el narcotráfico. Es una pieza más de la reconstrucción del poder estadounidense sobre el hemisferio occidental. Después de décadas en las que Washington organizó su relación con América Latina alrededor del comercio y la globalización, la seguridad vuelve a convertirse en principio ordenador. Buenos Aires permite ver cómo empieza a funcionar ese nuevo mapa.

La competencia con China, la migración, el fentanilo y la expansión de las organizaciones criminales transnacionales han devuelto al hemisferio una lógica mucho más antigua: territorio, control, inteligencia y seguridad. No significa que el comercio haya dejado de importar. Significa que comienza a quedar subordinado a una pregunta anterior: ¿quién controla el espacio estratégico?

Por eso importa también dónde ocurre la conferencia. La Argentina de Javier Milei no es solamente un gobierno ideológicamente cercano a Donald Trump. Se está convirtiendo en uno de los puntos de apoyo de Washington en Sudamérica. Y la reunión llega después del Escudo de las Américas y de una sucesión de iniciativas estadounidenses destinadas a articular cooperación militar, policial y de inteligencia en el continente.

Vistas aisladamente parecen piezas distintas. Juntas comienzan a revelar una arquitectura.

La transformación fundamental está en otro lugar: el narcotráfico ha dejado de ser solamente un problema criminal para convertirse en una categoría geopolítica. Cuando Washington coloca en un mismo marco cárteles, narcoterrorismo, migración y penetración estratégica china, fusiona amenazas que antes pertenecían a compartimentos distintos. Al hacerlo, amplía el perímetro de lo que considera su seguridad nacional.

Y ahí aparece México.

La presencia de Omar García Harfuch en Buenos Aires resulta especialmente significativa. México mantiene diferencias con Washington respecto de la soberanía y la actuación de sus agencias, pero al mismo tiempo está profundamente integrado a su ecosistema de seguridad. Esa contradicción será cada vez más difícil de administrar: defender autonomía política mientras aumenta la interdependencia estratégica.

Aquí está el cambio que América Latina todavía no termina de dimensionar.

Durante la globalización, la pregunta fundamental era quién comerciaba con quién. En el mundo que está emergiendo, vuelve a ser quién garantiza el orden, quién produce inteligencia y, sobre todo, quién tiene el poder de definir qué constituye una amenaza.

Los órdenes regionales no se construyen únicamente mediante tratados. Se consolidan cuando una potencia consigue que los demás actores comiencen a operar dentro de las categorías estratégicas que ella define.

Por eso Buenos Aires importa. Porque la DEA no está reuniendo solamente policías.

Washington está reuniendo el hemisferio.

El último en salir, apague la luz.

@StephanieHenaro

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