El mundo no siempre avanza. Hay derechos que una generación conquista y la siguiente da por hechos, hasta que descubre que la historia también sabe caminar hacia atrás.

Esta semana, dos noticias separadas por más de 11,000 kilómetros volvieron a poner sobre la mesa una pregunta que creíamos resuelta: ¿cuánto vale realmente la autonomía de una mujer? En Afganistán, los talibanes cumplen cinco años construyendo un país del que prácticamente han borrado a las mujeres de la vida pública. Mientras que, en Estados Unidos, una corriente ultraconservadora comienza a discutir abiertamente si deberían conservar su voto individual. No son fenómenos equivalentes. Pero juntos revelan algo mayor: el orden liberal que durante décadas presentó ciertos derechos como universales está perdiendo capacidad —y quizá voluntad— para defenderlos.

Karishma tiene 24 años y le faltaba uno para terminar Informática cuando los talibanes regresaron al poder. Hoy no puede estudiar. Sus cuatro hermanas tampoco. Intentó continuar su carrera en Irán, pero los talibanes le impidieron cruzar la frontera porque viajaba sin un tutor masculino y porque, sencillamente, una afgana no debía salir del país para estudiar.

Pero lo verdaderamente geopolítico de su historia ocurre fuera de su casa.

Durante veinte años, Estados Unidos y sus aliados justificaron parte de su presencia en Afganistán hablando de democracia, educación y derechos de las mujeres. En 2021 se marcharon. Cinco años después, gobiernos europeos están acercándose a los talibanes porque necesitan su cooperación para gestionar deportaciones y migración. La razón de Estado vuelve a imponerse sobre los valores que Occidente aseguraba defender.

Mientras eso sucede afuera, algo se mueve adentro.

Doug Wilson, pastor de una congregación a la que pertenece el secretario de Defensa estadounidense, Pete Hegseth, defiende derogar la Decimonovena Enmienda, que garantiza el voto femenino desde 1920, y sustituirlo por “una familia, un voto”.

Nadie está convirtiendo Washington en Kabul. La comparación sería absurda. Lo inquietante es que la potencia que construyó buena parte de su poder blando presentándose como defensora de la democracia liberal empiece a albergar, cerca de sus centros de poder, movimientos que cuestionan algunos de sus principios fundamentales.

Eso también es geopolítica.

Porque las grandes potencias no proyectan solamente portaaviones, dólares o tecnología. Proyectan ideas. Durante décadas, Estados Unidos exportó individualismo, democracia liberal, derechos civiles y emancipación femenina como parte del paquete cultural de Occidente. Hoy también exporta las guerras culturales de su propia crisis interna, y México comparte más de 3,000 kilómetros de frontera con ellas.

Tenemos una presidenta, paridad política y mujeres ocupando espacios de poder que hace dos generaciones parecían inimaginables. Pero también un país donde alrededor de siete de cada diez mujeres han experimentado algún tipo de violencia. Nuestra igualdad jurídica convive todavía con una enorme desigualdad cotidiana.

Por eso sería ingenuo observar Afganistán como una anomalía medieval y Estados Unidos como una extravagancia ajena. Las ideas también atraviesan fronteras. La machosfera, las tradwives, el rechazo al feminismo y la nostalgia por jerarquías tradicionales circulan por los mismos algoritmos de este lado del Río Bravo.

La ventana de Overton explica cómo ocurre: lo impensable se vuelve discutible; lo discutible, aceptable; lo aceptable, política.

Afganistán, Estados Unidos y México ocupan lugares radicalmente distintos en ese mapa. Pero los tres contienen una advertencia: el poder de una mujer no se mide solamente por los cargos que puede ocupar, sino por los derechos que una sociedad considera todavía indiscutibles.

Mientras discutimos quién controlará los chips, el petróleo, las rutas marítimas y la inteligencia artificial, otra disputa está ocurriendo dentro de nuestras sociedades: quién tendrá derecho a decidir cómo debe vivir la mitad de la humanidad.

Porque cuando los derechos de las mujeres comienzan a retroceder, quizá no sean solamente ellas las que están perdiendo terreno.

Es el mundo entero el que empieza a caminar hacia atrás.

El último en salir, apague la luz.

@StephanieHenaro

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