¿Con qué autoridad se exige intensidad, profesionalismo y hambre a un jugador si el futbol le comunica que competir no basta?
El problema del futbol mexicano no es que no tenga dinero, es que ha aprendido a vivir demasiado cómodo con este. En una Liga verdaderamente competitiva, perder cuesta prestigio, ingresos, patrocinadores, aficionados y —en el extremo— la categoría. Esa amenaza obliga a invertir mejor, formar futbolistas, contratar con inteligencia y corregir rápido situaciones que van mermando el proyecto.
Aquí hemos logrado algo insólito: Construir un sistema en el que demasiados clubes pueden equivocarse durante años sin que les pase algo.
La desaparición del ascenso y descenso no es sólo una injusticia para los equipos de Expansión, es la confirmación de una idea peligrosísima: El mérito deportivo es negociable cuando incomoda a quienes ya están instalados arriba.
Se nos dijo que era una medida temporal, para ordenar finanzas, fortalecer proyectos y profesionalizar estructuras. El tiempo pasó, la promesa no llegó y ahora los futbolistas de “Segunda División” levantan la voz para pedir algo elemental: No un lugar regalado en el máximo circuito, sino el derecho a ganárselo en la cancha.
La respuesta del sistema ha sido el silencio, las condiciones imposibles y una certidumbre devastadora: Puedes ser campeón, armar un plantel competitivo, ilusionar a una ciudad y aun así saber que el premio mayor no existe.
¿Con qué autoridad se exige intensidad, profesionalismo y hambre a un jugador si el propio futbol le comunica que competir no basta?, ¿cómo se pretende mejorar la Liga MX si varios de sus participantes no tienen el miedo de caer, ni la obligación de superarse? El ascenso y el descenso no garantizan buen futbol, pero su ausencia sí respalda algo peor: Comodidad. El futbol mexicano no necesita una Liga más protegida. Necesita una Liga que vuelva a tener consecuencias.

