En Viena hay una plaza que lleva el nombre de México. No está ahí por una victoria militar, por algún empresario ni por una hazaña deportiva, está ahí porque hubo un tiempo en que nuestro país entendía que la dignidad de una nación podía consistir, sencillamente, en negarse a callar. En marzo de 1938, una semana después de que las tropas de Hitler entraran en Austria y consumaran el Anschluss, México fue el único miembro de la Sociedad de Naciones que presentó una protesta escrita contra la anexión. Isidro Fabela, denunció la desaparición de Austria como una violación del derecho internacional y advirtió algo que Europa descubriría demasiado tarde: tolerar una agresión para conservar la paz suele ser una magnífica manera de perder la segunda.

México carecía de divisiones militares capaces de expulsar a la Wehrmacht y su economía no podía intimidar al Reich, sin embargo México habló porque todavía creíamos que hay momentos en los que guardar silencio constituye una forma de complicidad.

Aquello tampoco fue una extravagancia diplomática. Tres años antes, cuando Mussolini invadió Abisinia, México defendió en la Sociedad de Naciones el principio elemental de que la fuerza no podía convertirse en título jurídico y participó en las sanciones contra Italia. Después vendrían España, el exilio republicano y una generación de diplomáticos que convirtió las palabras solemnes de nuestra política exterior en actos que costaban dinero, carreras, comodidades y algunas veces la propia seguridad. Gilberto Bosques expidió desde Francia decenas de miles de visas para perseguidos por los fascismos, alquiló propiedades para albergar refugiados y terminó detenido por los alemanes. Luis I. Rodríguez protegió a los republicanos españoles atrapados en Francia; tras el golpe contra Salvador Allende, Gonzalo Martínez Corbalá convirtió la embajada mexicana en Santiago de Chile en refugio de perseguidos.

Aquellos diplomáticos son el ejemplo vivo y mexicano de que los principios adquieren significado cuando conservarlos tiene un precio.

Ese México conocía la vulnerabilidad de los países débiles porque la había padecido: invasiones, intervenciones, ocupaciones, pérdida territorial, presiones extranjeras y una larga convivencia con la arrogancia de las potencias. De esa experiencia nacieron la soberanía, la autodeterminación y la no intervención como principios cardinales de nuestra política exterior. Pero Fabela, que defendía esos principios con una convicción que hoy desconocen quienes los invocan, jamás entendió la soberanía como una licencia para evitar el juicio contra las injusticias.

El mismo diplomático que rechazaba la intervención extranjera denunció a Italia en Etiopía, a los fascismos en España y a Hitler en Austria. Sabía distinguir entre intervenir en los asuntos de otro Estado y reconocer que dentro de sus fronteras podían cometerse atropellos que concernían a la conciencia civilizada; la soberanía que alguna vez sirvió como escudo del débil frente al poderoso, amenaza convertirse en cortina detrás de la cual el poder reclama el privilegio de actuar sin testigos.

El 19 de agosto de 2026 el Consejo Permanente de la OEA aprobó, con 29 votos a favor, uno en contra y una abstención, examinar la situación de Nicaragua y considerar las acciones apropiadas. México fue la abstención.

La representación mexicana sostuvo que la crisis nicaragüense pertenece al terreno político y de los derechos humanos, cuestionó que pueda caracterizarse como amenaza a la paz y la seguridad hemisféricas y advirtió sobre los riesgos de confrontación, aislamiento y de extender las facultades de la organización respecto de un país que dejó de pertenecer formalmente a ella.

Hemos alcanzado un refinamiento diplomático extraordinario para explicar las razones por las cuales México debe abstenerse frente a aquello que durante décadas consideró digno de su voz.

Fabela no podía salvar Austria. México tampoco podía detener los aviones de Mussolini sobre Abisinia, derrotar a Franco en España ni devolver la democracia a Chile. Gilberto Bosques no podía terminar la Segunda Guerra Mundial desde un consulado. Esa impotencia material jamás fue confundida con impotencia moral.

Existía entonces una idea de México que permitía comprender que entre enviar ejércitos y guardar silencio cabía un territorio inmenso llamado dignidad, y que una nación podía habitarlo mediante una protesta, una visa, una puerta abierta, un voto adverso o una palabra pronunciada cuando las demás delegaciones preferían mirar sus papeles.

La grandeza de aquellos episodios reside precisamente en su aparente inutilidad. Hitler no abandonó Viena por la protesta de Fabela, pero ochenta y ocho años después Austria continúa recordando que, cuando llegó la hora de saber quién defiende la justicia, México estaba allí.

Por eso la abstención frente a Nicaragua importa bastante más de lo que su modesta dimensión diplomática permite suponer. La política exterior termina revelando el vocabulario con el que un régimen ha aprendido a ejercer el poder. Cuando dentro de casa los contrapesos comienzan a describirse como estorbos, las instituciones independientes como adversarios y los límites jurídicos como obstáculos para realizar la voluntad popular, resulta comprensible que la concentración del poder en otras latitudes produzca cada vez menos incomodidad. Cuando aprendemos a relativizar la autonomía institucional, la división de poderes y las garantías frente al gobierno, también aprendemos un idioma nuevo para contemplar su deterioro en el extranjero. La oscuridad tiene esa peculiaridad: después de permanecer suficiente tiempo dentro de ella, los ojos se acostumbran. Entonces dejamos de advertirla cuando aparece en la casa del vecino.

Quizá ahí se encuentre la diferencia entre aquel México y éste. Durante buena parte del siglo XX nuestra política exterior fue principista porque México aspiraba a que el derecho significara algo frente a la fuerza, existía una tradición reconocible que colocaba al perseguido, al exiliado y al país agredido dentro de nuestro horizonte moral.

Gilberto Bosques podía gastar su dinero, comprometer su seguridad y terminar prisionero porque detrás de su pasaporte diplomático existía una idea acerca de lo que México debía representar. Fabela podía levantar la voz en una sala llena de silencios porque entendía que la utilidad inmediata jamás agotaba el valor de una conducta. Aquellos diplomáticos representaban a un país que quería verse a sí mismo defendiendo el derecho cuando resultaba incómodo hacerlo.

Hoy contemplamos Nicaragua y la política encuentra razones para abstenerse, de forma que conservamos el vocabulario de Fabela mientras abandonamos aquello que hacía valiosas sus palabras.

En Viena seguirá existiendo una plaza que recuerda al país que protestó cuando casi todos callaron; en Marsella seguirá existiendo otra que lleva el nombre de Gilberto Bosques y recuerda las vidas que un mexicano decidió proteger cuando hacerlo entrañaba peligro.

Quizá algún día tengamos que explicar en qué momento el país que prestaba su voz a quienes no podían defenderse aprendió a utilizar sus principios para justificar el silencio convirtiéndose en Oscuridad en la calle y tinieblas en su casa.

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