Una “muletilla” es una suerte de manía del discurso oral, uno como tic sonoro, como los “o sea” y los “este…”. Abundan hoy entre los abundantes merolicos y yutúbers que retacan sus frases con la pregunta “¿no?” para enfatizar lo que consideran un “sí”, y acaban ¿no? diciendo ¿no? que la 4T ¿no? liberó ¿no? al pueblo ¿no? O los que dicen “digamos” cuando sólo ellos son los autores de su pendejada pero disfrazan su imperativo de colectividad. Es bastante, digamos, enfadoso, ¿no?

La muletilla de la presidente Sheinbaum es “la verdad”, frase que pronuncia a la mexicana: “la verdá”. Si alude a algo glorioso, como que el pueblo mexicano es extraordinario, remata con “la verdá”. Si quiere distanciarse con ironía y sarcasmo de algo negativo, suspira bajito “la verdá…”. ¿Qué hará ahora que el sarcasmo y la ironía serán prohibidos por el Derecho de las Audiencias? Un misterio, digamos, ¿no?

Hay ocasiones en que “la verdá” pasa de muletilla a pronunciamiento, como cuando dijo que “los mexicanos tenemos que sentirnos orgullosos, aunque hay algunos que no, la verdá”; o cuando restaura una “Comisión de la Verdad” que disipará las tinieblas de algún misterio patrio (como el de Ayotzinapa), aunque ya se sabe, digamos, que sólo habrá de ahondarlo, o envolverlo de nuevo, ¿no? para que lo explique la siguiente transformación, ¿no? La verdá…

Pero la muletilla indica que la presidenta cree en el mérito de la verdad y en la conveniencia de contagiarla a sus compañeros o, en su defecto, a los ciudadanos, siempre y cuando se entienda, ¿no?, que quienes aceptan su verdad son sus yutúbers y el pueblo que la consume a cambio de “recurso”, pues los otros son traidores ¿no? al servicio de la guerra cognitiva contra la verdá que, digamos, está dictada desde el Pentágo ¿no? ¿no? Sí, y como dijo la presidenta recientemente: “¿Qué tenemos que hacer nosotros? Informar, informar, informar, informar. Derecho a decir la verdad.” Ya no sólo saberla, sino decirla… Claro, el gobierno se reserva el superior derecho a definir en qué consiste esa verdad, siguiendo siempre el Diccionario de la lengua verdadera impreso en Palenque.

Porque cuando hay un pueblo, digamos, ansioso de verdades, el gobierno debe encontrarlas para comunicárselas. Para esto dispone de varios caricaturistas encargados de detectarlas que, cuando ven una verdad, la atrapan, la miden y la pesan y luego la meten, digamos, en sus periódicos y sus programas de tele y sus institutos de formación política ¿no? y sus yutubs que, digamos, no hacen guerra cognitiva ¿no? sino combate ¿no? a las mentiras injerencistas del Imperio contra nuestra soberanía, digamos.

Se supone que una sociedad paga el precio de la verdad por elevado que sea. Es algo que vigoriza la democracia, fortalece el pacto federal, vitamina la libertad, nutre la separación de poderes, proteiniza al municipio libre, oclusiona el enriquecimiento inexplicable, mejora la economía, sanea al pasado y desinfecta el porvenir. Pero sólo si es la Verdad, por que si no, no.

Escribió Paul Valéry que “hasta la más complicada mentira es más sencilla que la verdad”. Se nota que no vivió en México. Entre nosotros la verdad no sólo es complicada: es incomprensible. Si las mentiras a la mexicana son complicadas, “la verdá” lo es más: una, digamos, barroca baratija borrosa, resistente a cualquier objetividad o consenso. Como dicen los clásicos, a las pruebas me remito: somos un país en el que, según la verdá, Rocha Moya es un humanista, Taibo un editor y Noroña un senador, ¿no?

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