Alberto N., “El nini”, escolta cercano a “El Güicho” o “El R5”, fue abatido junto con el líder del Cártel de Los Reyes el pasado 30 de agosto en un operativo en Michoacán. Su muerte es la representación más clara de una tragedia que afecta a entre 145 mil y 250 mil niñas, niños y adolescentes en riesgo de ser reclutados o utilizados por grupos delictivos, según cifras de 2020.
Para empezar, su apodo resulta sintomático. Condensa una de las condiciones que aumentan la vulnerabilidad frente al reclutamiento criminal: nombra a cerca de 4.5 millones de jóvenes entre 15 y 29 años en México que de alguna manera carecen de oportunidades o no encuentran un lugar en la sociedad, pues ni estudian, ni trabajan.
En segundo lugar, nos recuerda que en México se recluta a niños, niñas y adolescentes de edades cada vez más tempranas, que van desde los 7, 8 o 9 años. “El nini” tenía 15 años, y aunque aún se desconocen las circunstancias en las que terminó formando parte del grupo delictivo, su corta edad lo coloca ya en una condición de víctima del sistema.
Desde luego que es necesario distinguir entre aquellos jóvenes que son sometidos o engañados para integrarse en las filas del crimen, y los que deciden hacerlo por su cuenta. Pero incluso en este último caso, donde los menores fueron capaces de razonar y elegir, hay que reconocer que muchas veces su voluntad está condicionada por sus circunstancias, por anhelos capturados por una idea distorsionada del éxito, y por factores de riesgo que los colocaron en situación de vulnerabilidad. De ahí que uno de los aciertos del narco en sus objetivos criminales sea haber logrado construir un imaginario aspiracional donde el poder económico y social del narcotráfico son símbolos de éxito, además de otorgar identidad, reconocimiento, y estatus.
Se presume que “El nini” operaba como reclutador de otros jóvenes. En sus redes sociales se le observa portando armas y equipo táctico. Parece más joven de lo que era y cuesta imaginarlo utilizando esas armas, aunque sobran razones para creer que sí lo hizo. En cualquier caso, no quedan dudas de que su imagen sirvió de señuelo para atraer a otros jóvenes. Se puede ser víctima y victimario al mismo tiempo. “El nini” (que ni estudiaba, ni trabajaba) sí gozó de los beneficios de pertenecer al círculo cercano de “El R5”, pero terminó muerto a los 15 años de edad.
Su muerte no borra el daño que causó, ni estas líneas pretenden matizarlo. Pero tampoco debe impedirnos preguntarnos qué hay detrás de una vida que termina de esta manera, consumida por la violencia que alimenta y que termina por acabarla. En poco tiempo su historia quedará olvidada entre la de los miles de jóvenes que, como él, vieron sus vidas truncadas. Esos futuros mexicanos posibles, pero descartados, no pueden ser comprendidos únicamente desde el lugar del victimario. Es una tragedia que nos interpela a todos como sociedad.
Como sucede en otros casos, hoy aparece su madre reclamando sus restos para darles santa sepultura. No caben dudas de que el diagnóstico del gobierno es acertado: para enfrentar la violencia hay que atender sus causas y recuperar a los jóvenes mediante oportunidades, educación y valores. Lo que hace falta son políticas públicas integrales y sostenidas que se reflejen en resultados tangibles en el mediano y largo plazo.
Cabe preguntarse, ¿qué representa para las autoridades un hecho como este? Si bien es cierto que se dio muerte a un miembro de un cártel, responsable de reclutar a otros jóvenes, también se acabó con la vida de un adolescente de apenas 15 años. El hecho obliga a mirar atrás: ¿qué falló para que un niño llegara a ocupar ese lugar dentro de una organización criminal? El caso de “El nini” es la representación perfecta del fracaso de la estrategia que venimos siguiendo desde hace ya dos décadas. Una que reacciona cuando ya es demasiado tarde, en la que la línea entre víctimas y victimarios está cada vez más difusa, y que está fallando en su deber de proteger a las juventudes.
@EuniceRendon
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