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Zapopan, Jal.— En un féretro dorado, los restos de Rubén Nemesio Oseguera Cervantes, El Mencho, fueron sepultados ayer en el panteón Recinto de la Paz, al cual llegó el mediodía de este lunes en medio de un fuerte operativo militar.
Desde que la Fiscalía General de la República entregó el cuerpo de Oseguera Cervantes a sus familiares, en la Ciudad de México, el gobierno federal desplegó un amplio operativo para resguardarlo.
Cerca de las 10:00 horas del domingo dos carrozas arribaron a la funeraria La Paz, en el barrio de San Andrés, al oriente de Guadalajara; tras ellas iban decenas de vehículos artillados del Ejército y la Guardia Nacional, que tomaron el control de un par de cuadras a la redonda y cerraron la circulación a vehículos sobre la calle Gigantes.

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Fue imposible que la movilización pasara inadvertida para los vecinos de la zona y, ante la falta de información de alguna autoridad, comenzaron las especulaciones.
El cerco militar se mantuvo más de 24 horas con vehículos de combate y artillería pesada.
“Desde ayer se siente un ambiente diferente, tenso, pesado, extraño; la cantidad y tipo de armas, el hermetismo, aunque no lo digan, es muy obvio de quién se trata”, dice un hombre de cabello blanco que observa sentado cómo transcurre la mañana.
Cerca de las 11:20 horas el féretro en que se presume viajaba el cuerpo del capo fue colocado en la carroza que lo llevó al cementerio Recinto de La Paz, en Zapopan.

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A esa hora, las dos entradas del panteón estaban ya resguardadas por unas seis patrullas de la Guardia Nacional, pero conforme se acercaba el convoy que abría paso al cortejo fúnebre comenzaron a llegar más militares; pasadas las 12:00 horas más de una centena de elementos se habían desplegado en el lugar.
La carroza entró rápido y tras ella varios autos particulares. Por la mañana llegaron por separado varias personas, la mayoría mujeres que ocultaban su identidad con lentes oscuros, gorra y cubrebocas.
Cuando el féretro entraba a la capilla del cementerio una banda comenzó a tocar y, después, el silencio. Sólo hubo una ceremonia religiosa y la breve peregrinación hasta el lugar de la sepultura, mientras soldados, reporteros y curiosos observaban desde afuera.
Un incidente recuerda que poco ha cambiado: un joven extranjero entró al panteón e intentó acercarse al grupo que despedía al capo para hacer algunas fotos; varios hombres le cortaron el paso, lo golpearon y lo despojaron de sus pertenencias. El joven salió del cementerio con el rostro ensangrentado, desorientado, y se sentó cerca de elementos de la Guardia Nacional, que ni se inmutaron.
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