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A dos décadas de los operativos policiacos en San Salvador Atenco, Estado de México, sobrevivientes de dicha represión reafirmaron su exigencia de justicia durante un conversatorio en la Universidad Iberoamericana, donde denunciaron que la violencia ejercida por fuerzas de seguridad no fue un hecho aislado, sino una práctica sistemática en la que el cuerpo de las mujeres fue utilizado como mecanismo de castigo.
Edith Rosales, en representación de sus compañeras, sostuvo que las agresiones incluyeron tortura sexual por parte de policías federales, estatales y municipales.
El encuentro, acompañado por el Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro Juárez, también recuperó la memoria de uno de los episodios más emblemáticos de abuso policial en el país.
Se recordó que el caso escaló hasta la Corte Interamericana de Derechos Humanos, instancia que condenó al Estado mexicano debido a las violaciones cometidas. A pesar de dicho fallo, la justicia no se ha materializado.
La memoria institucional de la Iberoamericana también remite a otro momento clave vinculado con Atenco: la visita en 2012 del entonces candidato presidencial Enrique Peña Nieto, quien defendió el operativo como un “uso legítimo de la fuerza”. Aquella confrontación estudiantil detonó el movimiento #YoSoy132, que colocó en el centro del debate público la rendición de cuentas y el cuestionamiento al poder.
Durante el conversatorio, Rosales profundizó en la dimensión de género de la represión y subrayó: “Lo que vivimos no fue un exceso aislado. Fue una forma de castigo dirigida a las mujeres”. Explicó que desde el momento de la detención quedó claro que la violencia tenía un componente específico: “Los insultos no eran neutros, estaban cargados de desprecio, de dominio, de una intención clara de someternos por ser mujeres”.
Relató que durante los traslados las amenazas se convertían en antesala de las agresiones. “Frases como ‘a estas viejas nos las vamos a echar’ no eran palabras al aire, eran advertencias de lo que iba a pasar”, dijo. En ese contexto, denunció que la violencia sexual fue ejercida de forma sistemática como un mecanismo de control y castigo.
Edith Rosales hizo énfasis en el papel que jugaron mujeres policías dentro del operativo. “No estuvieron para protegernos. Fueron parte del mecanismo”, afirmó, al señalar que participaron en actos de intimidación y en la entrega de detenidas a elementos masculinos. “Había amenazas constantes, te quebraban emocionalmente antes de cualquier otra agresión”, agregó.
La violencia física, recordó, fue igualmente brutal. “Nos azotaban contra la pared una y otra vez”, dijo, al describir escenas en las que los cuerpos eran empleados como objetos. “Las paredes blancas terminaron llenas de sangre. Esa imagen no se borra”, expresó. A ello se sumó la falta de atención médica adecuada, que se convirtió en otra manera de vulneración: “Cuando pedíamos ayuda, nos condicionaban. Nos pedían desnudarnos. No era atención, era otra forma de control”.
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