Todos los días voy a mi centro de trabajo, el CIESAS, y veo que todavía hay luz y las computadoras sirven, que el personal administrativo trabaja, y que las evaluaciones externas ubican a este centro público de investigación en ciencias sociales, como de excelencia.
Sin embargo, también, todos los días me entero de que ya hay personal que no asiste porque no le han pagado desde enero; que las publicaciones están completamente atoradas, que bajo la aparente normalidad, muchas actividades no funcionan porque existen problemas que se han agravado y los recursos no alcanzan, los presupuestos que llegan están cada vez más recortados y, lo más grave, es que existe una severa simulación que va más allá de la austeridad. No se trata de una gripa que se cura con reposo, sino que el mismo corazón del CIESAS está amenazado, sus arterias se han tapado y se puede tener un infarto.
Muchas veces hemos escuchado en las redes y la opinión pública que la austeridad de este gobierno no es tal, que en realidad lo que ha sucedido es que han cambiado las prioridades del gasto público. No se ha querido hacer una estrategia de crecimiento económico y de reforma fiscal, para que el Estado tenga recursos suficientes. En general, sabemos que la austeridad es para ciertos sectores, porque otros han incrementado sus recursos de forma espectacular. El CIESAS pertenece al sector científico, y todo indica que para este gobierno eso del conocimiento es sacrificable.
Sabemos que la política presupuestal de este gobierno, la “pobreza franciscana”, ha llevado de forma incremental a un desmantelamiento de las capacidades estatales. El debilitamiento es observable en los “accidentes” que llegan a la opinión pública: derrames petroleros, falta de medicamentos en clínicas y hospitales, descomposturas en el Metro de la ciudad de México, descarrilamiento de trenes y hundimiento de vías, etcétera. Todos pueden unirse bajo la lógica de austeridad.
El CIESAS presenta una microfísica de este amplio universo que atraviesa al sector público. Tenemos la peor combinación de factores: la simulación, porque desde hace muchos años se han cerrado las plazas y la salida ha sido crear espacios que se conocen como capítulo 3000, es decir, existen 110 contratos de servicios profesionales que resultan centrales para los procesos prioritarios de la institución. La demora en la autorización de estos contratos ha generado estragos severos al CIESAS, hasta el grado de poner en riesgo el cumplimiento de múltiples metas institucionales. Existe ya 30% de personal que ha sido contratado bajo esta figura. Estas personas hacen trabajo de soporte administrativo para los programas académicos, recursos humanos, financieros, servicios generales, informática, publicaciones. Con el cambio de Conacyt a SECIHTI, la maquinaria burocrática ha sufrido una atrofia, una parálisis. Así, a la gran simulación laboral se suma una enorme sobrerregulación en todo el sector científico. Cada año se vuelve casi imposible contratar a las personas bajo el capítulo 3000, que son los empleos más precarios, no tienen antigüedad, no reciben prestaciones y su salario es bajísimo. La pesadilla empieza en enero con trámites y más trámites y, si les va bien, les pagan en septiembre.
A un gobierno que se dice de izquierda debería preocuparle la simulación y la precariedad de estos trabajadores, pero al nudo gordiano que tiene el poder, la Secretaría de Hacienda, le tiene completamente sin cuidado. Lo que le importa al gobierno es el control. La mayoría de estos trabajadores del capítulo 3000 siguen con sus labores, y muchos aguantan trabajar sin pago y desde su hogar subsidian al gobierno; los que siguen en sus oficinas tienen que trabajar mucho más para suplir a los que ya se fueron.
El CIESAS cada día está más lejos de contar con los empleos dignos y las capacidades necesarias para hacer sus tareas de investigación, docencia y difusión del conocimiento, y está más cerca de tener una parálisis porque dejará de funcionar…
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