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San José
Sacudidos por los embarazos por violaciones de dos niñas, de 10 y 11 años, en el noroeste de Argentina, los ciudadanos de ese país mostraron desde finales de 2018 el dolor por un fenómeno que hace varios siglos se instaló en el menú —oculto, tenebroso, misterioso y demoledor— de la vida en América Latina y el Caribe: la imparable y masiva agresión de todo tipo, y no sólo sexual, a las mujeres.
Aunque las menores clamaron por la interrupción legal de sus embarazos, fueron sometidas este año a cesáreas y son madres.
“Cada día nos llegan historias devastadoras de niñas que no sólo sufren tasas endémicas de violencia sexual, sino que son obligadas a convertirse en madres”, dijo la mexicana Érika Guevara, directora para América de Amnistía Internacional (AI).
Tras recordar que un estudio del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) reveló que en Argentina hay un parto cada tres horas de niñas de entre 10 y 14 años, mencionó que unos 2 millones de menores de 15 años dan a luz anualmente en todo el mundo por violación, y advirtió que América Latina y el Caribe “son la única región en la que esa cifra está aumentando”.
Instancias oficiales de Argentina reciben a diario 263 denuncias por violencia a mujeres, según el Instituto de Estadísticas y Censos de ese país. Recuentos oficiales revelaron que, por violencia de género, 50 mujeres fueron asesinadas del 1 de enero al 6 de marzo de 2019 en esa nación.
El escenario es similar en el resto de América Latina. En una visita a Panamá en enero, el Papa catalogó a los feminicidios como una plaga.
¿O cómo puede entenderse el asesinato de 6 mil 205 mujeres de enero de 2002 a enero de 2019 en Honduras, según el (estatal) Comisionado de los Derechos Humanos de ese país? ¿O los 232 feminicidios en El Salvador en 2018, equivalentes a casi 7% del total de asesinatos del año anterior?
Con mil 152 feminicidios de 2009 a 2018, el fenómeno se desnudó con crudeza en Perú, que oficialmente contabilizó 149 el año pasado y 29 entre enero y febrero de 2019.
En un mensaje a Argentina, el Departamento de Laicos de la Conferencia Episcopal de ese país rechazó “toda forma de violencia, trata, explotación, abuso, violación” a adultas, niñas y personas transgénero.
En otra forma de violencia, las costarricenses consumen más de 36 horas semanales en trabajo doméstico “no remunerado”, aseguró el (estatal) Instituto de Estadísticas de Costa Rica. La pobreza en Costa Rica, puntualizó, golpea a 25.3% de los hogares con jefatura femenina y a 18.3% con mando masculino.
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