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El Partido Republicano desestimó por completo y al parecer de forma definitiva su intento de desmantelar el programa sanitario impulsado por el ex presidente Barack Obama, y aceptó su incapacidad de llamar a filas a sus senadores para aprobar una ley que llevaban prometiendo desde hace más de siete años.
Tras un cúmulo de fracasos estrepitosos en el Senado, el último en julio, esta semana los republicanos habían apostado al todo o nada con una nueva propuesta liderada por Lindsey Graham (Carolina del Sur) y Bill Cassidy (Louisiana).
Con la normativa existente hasta este sábado, sólo con una mayoría simple (50 votos más el apoyo del vicepresidente del país como presidente del Senado) era posible pasar cualquier legislación en la Cámara Alta. Los republicanos, que a día de hoy cuentan con 52 senadores, se podían permitir sólo perder a 3.
La noche del lunes ya había tres desertores. John McCain (Arizona) no estaba de acuerdo con el proceso seguido para su presentación; Susan Collins (Maine) tenía “dudas” sobre cómo iba a afectar al sistema de salud y a los pacientes; Rand Paul (Kentucky) objetaba la “arquitectura fundamental” del texto.
A esos tres era probable que se añadieran los de Lisa Murkowski (Alaska), una de las más críticas con todas las propuestas de reforma sanitaria de los conservadores; y los de Ted Cruz (Texas) y Mike Lee (Utah), quienes expresaron su disconformidad por considerar que la reforma no iba tan lejos como debería.
En el proyecto propuesto se derogaban partes cruciales de la conocida Obamacare, como el mandato obligatorio —bajo pena de multa— a los ciudadanos para que obtuvieran un seguro médico; recortaba los subsidios a las aseguradoras y los fondos para el servicio público de salud destinado a personas de bajos recursos y ancianos; y dedicaba la mayor parte de los fondos a los estados en bloque para que decidieran qué hacer con el dinero.
No sirvió de nada cambiar hasta último momento el texto, aportando más dinero a los estados de los senadores rebeldes o tratándoles de convencer de algún otro modo.
Ante la falta de apoyos, el liderazgo republicano decidió, ahora sí, abandonar — por lo menos temporalmente— la cruzada para revocar y sustituir Obamacare. “No tenemos los votos. ¿Que si estoy decepcionado? Absolutamente”, dijo Cassidy.
“No nos hemos rendido en cambiar el sistema sanitario de Estados Unidos”, trató de justificar Mitch McConnell (Kentucky), líder republicano en el Senado y quien tomó la decisión de no llevar la ley a votación por la falta de votos afirmativos. “No vamos a ser capaces de hacerlo esta semana, pero todavía estamos en ello, no hemos desfallecido”, añadió.
El anuncio fue gratamente recibido en las filas demócratas. “Esperamos ir hacia adelante y mejorar el sistema de salud, no enzarzarnos en otra batalla para quitárselo a la gente. Si lo intentan, volverán a fracasar”, dijo Chuck Schumer (Nueva York), líder de la minoría demócrata en el Senado.
“Volveremos tras los impuestos”, declaró Graham, en referencia a la próxima pelea que se va a vivir en el Capitolio: la reforma fiscal. Está previsto que hoy miércoles el presidente Donald Trump presente las líneas maestras de la que tiene que ser una reforma “tremenda” y en beneficio de la clase media, reduciendo tramos impositivos, recortando tasas a las empresas “para crear más empleos” y “generar más riqueza” y simplificando la burocracia.
La reforma impositiva, algo que no se produce en EU desde 1986, es la nueva tabla de salvación para unos republicanos que en más de ocho meses y controlando todas las ramas de gobierno aún no han conseguido ningún triunfo legislativo destacable.
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