Bruselas.— El Niño, un fenómeno climático que se produce en el océano Pacífico cada dos a siete años y que tiene una duración de entre nueve meses y un año, comenzó a formarse esta primavera, ganando fuerza rápidamente, como anticiparon los científicos.
Incluso para esta edición advirtieron que podría convertirse en el más potente jamás registrado, lo cual exacerbará los impactos anticipados por los científicos.
El Niño es uno de los pocos fenómenos climáticos que pueden preverse con varios meses de antelación, por lo que es posible tomar medidas antes de que los efectos alcancen su punto álgido.
Naciones Unidas estima que por cada dólar invertido en medidas preventivas se evitan hasta siete dólares en pérdidas.
Múltiples organismos están actuando con antelación para proteger los medios de vida frente a este reto en evolución. La Oficina de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres actualizó sus directrices de prevención y gestión. La Cruz Roja Internacional participa activamente en iniciativas de preparación y respuesta, mientras que el Programa Mundial de Alimentos (PMA) ha hecho llegar a más de 76 mil personas en Centroamérica ayuda en efectivo, alimentos e información práctica sobre cómo gestionar el agua y proteger los cultivos en caso de sequía.
Sin embargo, las medidas requeridas con antelación para proteger a los más vulnerables y responder a las emergencias podrían quedarse cortas. En términos generales, muchos países no están preparados ante riesgos y emergencias, incluyendo las meteorológicas.
Un número importante de naciones sigue sin escuchar el llamado de la ONU a invertir para el futuro. La política que predomina sigue siendo la de responder, recuperarse y repetir. “Dado que hasta la fecha el desarrollo de la resiliencia ha sido insuficiente, muchos países vulnerables siguen atrapados en un círculo vicioso de desastre, respuesta y recuperación, para repetir el patrón una y otra vez”, sostiene el Informe de Evaluación Global 2025 sobre la reducción de riesgo de desastres.
Sostiene que muchos países siguen subestimando los beneficios de invertir en la reducción del riesgo de desastres, los cuales están aumentando a medida que los eventos peligrosos son más frecuentes e intensos, y las pérdidas mayores.
Entre 1970 y 2000, los costos directos por desastres naturales fueron entre 70 mil y 80 mil millones de dólares anuales, mientras que entre 2001 y 2020, la factura fue de entre 180 mil y 200 mil millones. En 2023, los terremotos, las inundaciones, las tormentas, las sequías y el calor extremo supusieron costos económicos directos de más de 197 mil millones de dólares, aproximadamente 0.15% del PIB mundial.
“La reducción del riesgo de desastres ofrece algo más que seguridad. Protege la prosperidad. Sin embargo, aunque los beneficios de invertir en resiliencia son evidentes, estas inversiones distan mucho de ser suficientes. Año tras año, los desastres se cobran un precio cada vez mayor, no sólo en vidas humanas, sino también en los cimientos de la estabilidad económica. En la actualidad, las pérdidas van mucho más allá de los costos directos registrados en las bases”, indica el reporte de la Oficina de la ONU para la Reducción del Riesgo de Desastres.
El informe dice que una gestión proactiva de los peligros requiere medidas de reducción, respuesta y recuperación. Por ejemplo, implementar planes de ordenación territorial y diseñar infraestructura adaptable a los cambios meteorológicos; acceso a pólizas de seguros y cajas de ahorro comunitario para asistir a damnificados; medidas que permitan el despliegue rápido de la ayuda. “El aumento de los costos y la intensificación de la frecuencia de los desastres no pueden tratarse como hechos aislados. Son amenazas sistémicas que exigen un cambio fundamental en la forma de entender, financiar y gestionar el riesgo a escala mundial”.
Indica que “al integrar la reducción del riesgo de desastres en el núcleo de las decisiones financieras y los marcos políticos, los gobiernos, las empresas y las comunidades pueden interrumpir los perjudiciales ciclos de vulnerabilidad, pérdidas y endeudamiento, acelerando al mismo tiempo un desarrollo sostenible y equitativo”.
Insiste que ante un mundo en rápida evolución del riesgo de desastres, los gobiernos deben aprender a evaluar e innovar continuamente para mejorar las prácticas de resiliencia, aprovechando las lecciones del pasado. Igual de importante es la planificación presupuestaria y el seguimiento de los recursos.

Tragedia anunciada
Las condiciones meteorológicas son el principal factor que determina la productividad agrícola, porque la escasez de agua o las lluvias excesivas destruyen los cultivos, así como las infraestructuras esenciales a causa de incendios o inundaciones. El Niño también influye en las temperaturas y las corrientes oceánicas, lo que perturba la pesca y afecta a los medios de vida de las comunidades costeras.
Los impactos para la edición 2026-2027 se prevé que sean mayores, porque el fenómeno se producirá tras varios años de creciente inseguridad alimentaria y elevada inflación, provocada, entre otros, por conflictos como la guerra de Rusia en Ucrania o la de Estados Unidos e Israel en Irán, que han afectado los precios de productos clave como los energéticos y fertilizantes.
Según el Centro de Investigación Conjunta de la Comisión Europea, las zonas agrícolas con perspectivas negativas incluyen África subsahariana, India, Bangladesh, China, Australia, Brasil y Europa del Este.
Las zonas que suscitan mayor preocupación en términos de población vulnerable en riesgo se concentran en el norte de Sudamérica, el Caribe, Centroamérica, Australia, Kazajistán, el noroeste de África y el sudeste asiático.
“Es muy probable que la fase de El Niño afecte los precios agrícolas mundiales, sobre todo si se cumplen los escenarios más extremos”, indica el reporte patrocinado por el Ejecutivo comunitario y elaborado por un grupo de investigadores, entre ellos, Juan Camilo Acosta Navarro, investigador independiente especializado en Ciencias Ambientales. “Los posibles efectos de El Niño sobre la agricultura de subsistencia [es decir, los cultivos y la ganadería] y los medios de vida que dependen de ella [unos 2 mil millones de personas] podrían ser considerables”.
El ciclo 2015-2016 afectó la seguridad alimentaria de entre 60 y 100 millones de personas. Los estudios preliminares del Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas (PMA) prevén que el fenómeno en curso empuje a al menos 49 millones de personas más —16 millones de ellas en América Latina y el Caribe— a una situación de inseguridad alimentaria aguda para finales de 2027.
“El Niño supone una amenaza enorme para la seguridad alimentaria de millones de personas que ya se encuentran en situación de vulnerabilidad”, asegura Carl Skau, director ejecutivo del PMA.
“Cuanto antes ayudemos a las familias a prepararse para estos choques climáticos, mayor será nuestra capacidad para salvar vidas y proteger los medios de subsistencia. Las inundaciones y sequías graves pueden hacer que las comunidades caigan rápidamente en una situación de crisis”, advierte.
Se prevé que El Niño alcance su punto álgido entre septiembre y diciembre, pero en muchos lugares los efectos se dejarán sentir a lo largo de 2027, debido a las repercusiones en los futuros ciclos de cosecha. “Nunca antes, en los 50 años de historia de la Organización Meteorológica Mundial, habíamos puesto en marcha una movilización de tal envergadura con los Servicios Meteorológicos e Hidrológicos Nacionales, que se encuentran en primera línea a la hora de proporcionar los pronósticos y los servicios necesarios para salvar vidas y medios de subsistencia”, asegura Celeste Saulo, secretaria general de la WMO.
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