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Divorcios después de los 60 años, una tendencia al alza

Especialistas: el aumento cambia “la vejez, la unidad familiar y el cuidado para las personas de la tercera edad”; dicen que se reconoce que una relación terminó y de ahí construir otra vida

Mujeres de la tercera edad en EU. Ellas, en el último medio siglo, obtuvieron mayor independencia económica, dice la terapeuta de parejas y sexualidad Kate Engler. Foto: CORTESÍA AARP
30/08/2026 |03:01
Max Aub
Reportero en EUVer perfil

Miami.— Divorciarse después de los 60 dejó de ser una rareza en y se convirtió en un cambio profundo en la manera de envejecer. Cada vez más hombres y mujeres deciden terminar matrimonios de 20, 30 o 40 años porque ya no aceptan pasar el resto de su vida dentro de una relación insatisfactoria. Viven más, enfrentan una menor crítica social y disponen de mayor autonomía para sostenerse sin pareja. La separación llega acompañada de la división de la vivienda, las pensiones y los ahorros destinados a la , así como el reto de reconstruir una identidad formada durante décadas y resolver quién los acompañará o cuidará cuando pierdan su salud e independencia, cuando se dé el caso.





“El aumento de estos divorcios en EU, pero también en varios países en el mundo, está transformando el concepto de la vejez, la unidad familiar y la responsabilidad de cuidar a millones de personas prácticamente en la tercera edad”, comenta la socióloga Cecilia Castañeda a .

En 1990, 1.79 de cada mil personas casadas de 65 años o más se divorciaron durante el año. La cifra llegó a 4.84 en 2010 y a 5.60 en 2019. El aumento superó 200%. La tendencia continuó entre quienes tenían de 65 a 74 años y también entre los mayores de 75. En 2019, casi una de cada 10 personas que se divorciaron en EU tenía por lo menos 65 años. Fue el único grupo de edad cuya tasa de divorcio siguió creciendo durante la última década examinada por las sociólogas Susan Brown e I-Fen Lin, de la Universidad Estatal de Bowling Green, con datos nacionales de registros vitales y de la Encuesta sobre la Comunidad Estadounidense.

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De acuerdo con la Universidad Estatal de Bowling Green en 1990, 5.2% de los estadounidenses de 65 años o más estaban divorciados; en 2022 la proporción llegó a 15.2%. En más de tres décadas, el divorcio casi triplicó su presencia entre los adultos mayores y dejó de ser una ruptura excepcional al final de la vida. Hoy, alrededor de una de cada 10 personas que se divorcia en EU ya cumplió 65 años. A esta edad, una persona puede esperar vivir cerca de dos décadas adicionales. “Ya no se trata de soportar unos cuantos años más una situación donde una de las partes o los dos están insatisfechos; se trata de decidir cómo vivir un periodo que puede representar una cuarta parte de la vida adulta en la actualidad”, explica Castañeda.

La socióloga Susan Brown dice que “si tienes 65 años, puedes esperar razonablemente vivir otros 20; 20 años es mucho tiempo para pasarlos con alguien que ya no te interesa”. La longevidad no provoca por sí sola la separación, sino que aumenta el tiempo disponible para reconocer que la relación terminó y de ahí actuar y construir.

Los hijos adultos y los nietos mayores suelen ocuparse de las tareas de la casa, las citas médicas y el ingreso a centros de atención prolongada. Foto: CORTESÍA JACKSON NATIONAL LIFE

La generación nacida entre 1946 y 1964 llegó a la vejez con una historia matrimonial distinta; muchos se casaron jóvenes, se divorciaron y formaron una segunda unión. Las segundas uniones presentan mayor inestabilidad porque reúnen hijos de relaciones anteriores, obligaciones económicas separadas, patrimonios ya divididos y vínculos familiares más complejos. Brown explica que “esta generación vivió de joven la revolución del divorcio de los 70 y muchos volvieron a casarse; las segundas uniones terminan más que las primeras”. Esa experiencia también redujo la condena social; quienes ya atravesaron un divorcio conocen el procedimiento, han visto a otros reconstruir sus vidas y aceptan con mayor facilidad que el matrimonio puede terminar.

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Durante décadas, el trabajo, la crianza de los hijos y las obligaciones domésticas llenan el día a día y reducen la convivencia real. La ausencia de los hijos y la jubilación eliminan parte de esa actividad, aumentan las horas compartidas y hacen visible lo que la rutina permitía aplazar; la falta de conversación, los proyectos incompatibles y los años de distancia quedan expuestos. Brown y Lin advierten que las investigaciones no han demostrado que la ausencia de los hijos cause por sí misma el divorcio, pero es uno de los factores que crea una oportunidad de evaluación. “La ruptura llega cuando la pareja o una de las dos partes comprueba que ya no comparten intereses, intimidad ni una idea común sobre la vida diaria”, dice Castañeda.

La autonomía económica de las mujeres convirtió una decisión antes imposible en una opción concreta y directa. La terapeuta de parejas y sexualidad Kate Engler señala que “en el último medio siglo, las mujeres obtuvieron mayor independencia económica y conservaron carreras propias; eso les abrió más opciones, incluida la decisión de divorciarse”. Esa independencia permite terminar relaciones marcadas por infidelidad, adicciones, abuso emocional, violencia física o dinero oculto. Los sicoterapeutas Carol Hughes y Bruce Fredenburg también registran matrimonios donde ambos reconocen que dejaron de escucharse y acompañarse. El divorcio crece porque más personas pueden ejecutarlo y porque menos personas aceptan que la edad las obligue a permanecer en una relación indiferente o, incluso, destructiva.

“Es cierto que romper una relación después de varias décadas altera la identidad; comenzando por el apellido y siguiendo con la casa, los amigos, las rutinas y los recuerdos que van unidos a la otra persona”, subraya Castañeda. Quien no eligió la separación puede experimentar rechazo, humillación y una pérdida brusca de control; quien la pidió también puede sentir culpa, miedo y duelo, junto con una especie de alivio. La sicóloga clínica Stacey Pinatelli escribe que un matrimonio “después de décadas juntos, puede sentirse como perder no sólo a una pareja, sino también una historia y una identidad compartidas”. La depresión puede aparecer mediante insomnio, fatiga, cambios de apetito y dificultad para concentrarse. La soledad aumenta cuando los amigos comunes se alejan, la movilidad ya es limitada o cuando una de las partes dependía del cónyuge para mantener su vida social.

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El tiempo para recuperar las pérdidas materiales es corto: “Una persona de 30 años puede trabajar varias décadas más, pero una de 68 es muy probable que ya haya dejado el empleo y volver a trabajar sería sumamente difícil”, comenta Castañeda. Las mujeres que interrumpieron su carrera para criar hijos llegan con menores ingresos propios; los hombres que delegaron la administración doméstica pueden descubrir que no saben cuánto cuesta vivir solos. Aunque una independencia económica hace posible el divorcio, no garantiza seguridad tras firmarlo.

La familia de origen y la familia política como suegros, cuñados, sobrinos y parientes adquiridos durante el matrimonio también pierden su estructura habitual. La separación legal termina el matrimonio y deja abiertas decenas de relaciones que ninguna sentencia puede distribuir. Algunas familias logran establecer límites.

Los hijos, aunque sean adultos, pueden sentir que su infancia fue una mentira, culpa por condenar al padre o a la madre que inició la ruptura o convertirse en mensajeros entre dos personas que ya no quieren hablarse. Hughes y Fredenburg advierten que “los padres divorciados pueden tener hijos adultos, nietos y bisnietos; las repercusiones de la ruptura alcanzan hasta tres o cuatro generaciones”. En los conflictos más graves, un hijo corta la comunicación con uno de los padres y le impide ver a los nietos. La reconciliación puede tardar años y suele exigir disculpas, límites y terapia familiar.

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Cuando la salud empieza a deteriorarse, la separación adquiere una consecuencia: desaparece el cuidador conyugal previsto. Los hijos adultos suelen ocuparse de las tareas de la casa, las citas médicas y el ingreso a centros de atención prolongada. Los nietos mayores también pueden quedar incorporados a esa responsabilidad.

Cuatro jubilados entrevistados por The Wall Street Journal mostraron el alcance económico y social de estas rupturas. Mark Sutton tenía alrededor de 62 años cuando dividió su pensión y una cuenta de retiro privado; también aplazó su jubilación hasta los 70.

En Miami-Dade, la investigadora Josefina Oramas estudió las experiencias de 12 hombres y mujeres hispanos divorciados en la vejez. Los participantes describieron la separación como una decisión difícil y como la mejor salida de una relación disfuncional. La investigación señala que los adultos hispanos mayores han quedado poco representados en los estudios sobre divorcio.

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Rubén López, jubilado del Servicio Postal de EU, tenía 68 años cuando terminó su matrimonio; su esposa tenía 62. Una infidelidad y las acusaciones entre ambos dañaron la relación con el hijo de López, quien dejó de hablarle y le negó contacto con su nieto. “Pensaba que estaba casado con mi mejor amiga, mi compañera para toda la vida. Nunca creí que esto pudiera sucedernos a nosotros”, dijo. Se mudó de California a Idaho y comenzó a reconstruir su vida mediante la música y las amistades.

Fuera de Estados Unidos, el divorcio después de los 60 años también está alterando la vida familiar en varios países, como ejemplo están Japón, Corea del Sur y Francia, países donde el aumento es suficientemente amplio para considerarlo un cambio social. Los tres países confirman que la mayor longevidad, la autonomía económica femenina y la pérdida del rechazo social están llevando a miles de personas a terminar matrimonios que antes habrían mantenido hasta la muerte.

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