Con el triunfo (pendiente de confirmación oficial) de Abelardo de la Espriella en las elecciones presidenciales de Colombia, América Latina suma un gobierno más que gira a la derecha y el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, consigue un nuevo adepto.
Más allá del viraje, lo que los comicios dejan en claro es que la ciudadanía en esta región está furiosa y cansada, y no quiere medias tintas. Es todo o nada. Por eso los centros parecen estar desapareciendo. Y cuando uno de esos extremos defrauda a los ciudadanos, apuestan al otro. Una elección, tras otra, se ha convertido en un voto de castigo (con pocas excepciones, como México).
La derecha regional está aventajando en los últimos años y este 2026 ha ganado en Costa Rica, aventaja en Perú y ahora se impone en Colombia. Su próxima gran prueba es Brasil, el 4 de octubre.
Todos estos países comparten un mismo problema: el avance de la violencia y la inseguridad. Y frente al fracaso de los gobiernos de izquierda, la derecha está imponiendo su propuesta de “mano dura”, de “megacárceles”, de expulsar a los migrantes, a los que están pintando como el enemigo, la amenaza.
La fórmula con la que Trump triunfó en Estados Unidos se repite en América Latina: imponer orden y seguridad a través de la fuerza, rechazo a los extranjeros, defender la economía liberal, defender los mercados nacionales.
Pero Colombia, como antes Perú, también dejan claro que los países están partidos en dos. Los candidatos que están ganando lo hacen con el apoyo de la mitad —o en el caso de Perú, la mitad que votó— de la población. ¿Y la otra mitad?
Aunque algunos de esos candidatos aseguran que gobernarán para todos, sus promesas de campaña apuntan solo a una parte de la población, a esa que les es afín. Y la otra parte queda en el olvido o, peor aún, se convierte en el enemigo interno.
Si los gobiernos de izquierda han fallado en llevar a la ciudadanía la prosperidad y la seguridad que prometieron, los de derecha están fallando en escuchar a quienes no creen que la “mano dura” lo es todo; a quienes advierten que Estados Unidos no es precisamente “el modelo a seguir” y que Trump no es “amigo” ni “aliado confiable” de nadie ni ve por intereses que no sean los suyos. Las protestas que se desataron en contra del triunfo de De la Espriella en ciudades colombianas son una muestra de la volatilidad e inestabilidad no sólo en esa nación, sino a nivel regional.
Si al interior de estos países hay una fractura, ésta se repite de un Estado a otro. Los gobiernos de América Latina han dejado de ser capaces de trabajar con otros que no sean de su mismo perfil ideológico.
A pesar de compartir retos comunes, y enormes, como la migración, el narcotráfico, los rezagos en materia de salud, hoy sólo hay cooperación y diálogo de la derecha con la derecha, de la izquierda con la izquierda.
Aunque estos problemas no son de derecha o de izquierda, y no se pueden enfrentar en solitario, o sólo con “los que piensan como yo”, es la opción que está imperando en América Latina.
El escenario no es positivo. Apunta a enfrentamientos políticos, ideológicos, mientras los pendientes comunes, y cada vez más urgentes, se quedan sin resolver.
Los ciudadanos latinoamericanos parecen estar mostrando su disposición a ceder libertad y derechos, a cambio de seguridad. Es un precio muy caro a pagar. Por ahora, los gobiernos de derecha están logrando contener los llamados de alerta. Cuando venga el despertar, podría ser demasiado tarde.

