“Los animales vienen a enseñarnos una lección. Yo creo que por eso viven menos que nosotros: están contigo hasta que la aprendes y, cuando lo haces, se tienen que ir”.

Itzhel Razo lo dice sentada junto a Chumina, una pitbull que todavía tiene mucho que enseñarnos. Primero sobrevivió a la dura vida de la calle y, años después, a un cáncer que obligó a amputarle la pata delantera izquierda.

Su historia inspiró a Razo y Ángel Luna, integrantes de Jengibre Teatro, a crear Salvaje o la valentía de encontrarse. Mientras hay figuras públicas que han externado su aversión hacia los animales, ellos encontraron en Chumina el sentido de ese vínculo que puede surgir con un perro o cualquier ser vivo.

La pareja adoptó a Chumina cuando tenía dos años. Al cumplir cinco comenzó a cojear y, en apenas una semana, aquella molestia se convirtió en dolor constante.

“Le dio cáncer en el hueso de su hombro. El veterinario nos dijo que el osteosarcoma era agresivo y que probablemente no sobreviviría mas de dos meses, que sólo gastaríamos dinero; pero como es nuestra familia no queríamos negarle la oportunidad”, explica Razo.

Decidieron operarla y le amputaron la pata. Chumina, sin embargo, se adaptó a su nueva condición y casi de inmediato volvió a correr con la misma alegría. De aquello han pasado tres años y hoy, a sus ocho, acompaña a sus dueños a los ensayos, va de un lado a otro buscando cariño y se le ve alegre.

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“Al verla dijimos: esta capacidad de cambiar es algo superpoderoso que necesitamos compartir, mostrar cómo nos tocó y nos transformó como familia, mostrar que el cambio de edad, de físico, de cualquier cosa, no hace que dejemos de ser nosotros”, explica Luna.

Fue entonces cuando ambos comenzaron a pensar cómo llevar esa experiencia al escenario y encontraron en una adolescente la etapa ideal para hablar de cambios que pueden presentarse y transformar todo de un día para otro.

En Salvaje, que se estrena mañana en el Teatro Milán, Roja está por cumplir 12 años y siente que todo a su alrededor comienza a transformarse. Su cuerpo cambia, se acerca otra etapa y aparece el miedo a dejar de ser quien era.

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“En esta etapa se dan de la noche a la mañana, te sale un grano, creces físicamente, etcétera”, señala el director.

Roja descubre entonces un portal que la lleva a un universo mágico, donde Chumina se convierte en su compañera y guía mientras intenta entender quién es ahora que las cosas ya no son como antes.

Cambiar sin dejar de ser

Para contar esta historia, la compañía recurre a títeres articulados de tamaño real, máscaras, danza, actuación y proyecciones multimedia, recursos con los que también busca mantener la atención de las nuevas generaciones.

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“¿Cómo se les puede contar algo a los niños de hoy? Pues que la historia tenga muchos elementos que se mantengan vivos, porque estamos compitiendo con las redes sociales, ésa es la realidad, y nosotros como teatreros queremos que nos pongan atención”, comenta Razo.

A unos pasos de Chumina están las marionetas de Salvaje: Roja y la réplica de la propia perrita. Pero hay una diferencia entre ambas Chuminas. La real tiene tres patas y el títere conserva las cuatro.

Razo explica que decidieron hacerlo así porque querían que la pérdida de la extremidad fuera una metáfora y no sólo la anécdota. A partir de ella hablan del duelo que acompaña a cualquier cambio, porque transformarse, enfatizan, también significa dejar algo atrás.

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“Las infancias tienen la capacidad de resolver problemas complejos, de identidad o existenciales. Por eso creamos este universo donde mostramos lo que pasaría en la cabeza de una adolescente, lo que se imagina y lo que le gustaría ser o expresar”, señala Luna.

El director considera que los adultos no siempre comprenden lo que viven los jóvenes o les dan el espacio para expresarlo, por lo que esperan que la obra ayude también a abrir una conversación.

Y aunque el respeto y cuidado de los animales no es el tema central de Salvaje, la experiencia de Chumina hizo inevitable que esa reflexión encontrara también un lugar en la historia.

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“Vincularse con otra persona o con otro ser vivo es aprender a ver lo invisible del otro, lo que no nos tienen que decir con palabras, y eso nos lo enseñan las mascotas porque no hablan nuestro lenguaje. Nosotros tenemos que aprender a observarlos y a vincularnos con ellos”, comenta Luna.

“Ellos nos dan muchísimo, por eso quienes no hayan experimentado esta conexión van a sensibilizarse con la obra”, agrega.

Chumina, mientras tanto, sigue haciendo lo suyo.

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Tres años después de un diagnóstico que le daba apenas meses de vida, corre, busca caricias y acompaña a la familia que decidió darle una oportunidad y que terminó aprendiendo de ella.

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