Anteponer los intereses nacionales sobre cualquier otra consideración es la norma de cualquier gobierno. No debería ni siquiera mencionarse, pues todo el mundo da por supuesto que tal cosa debe ocurrir. Afirmar el derecho propio se convierte en un arma política para establecer fronteras con la administración anterior (ellos no lo hicieron) o bien, con los países amigos y socios a los que mandas el ominoso mensaje: primero yo, después yo y al último tú.

No es alentador para México que, tras más de dos décadas de construir seguridad y prosperidad juntos, Estados Unidos se reafirme ahora como una nación soberana en detrimento de los demás y se olvide de que su responsabilidad como potencia es también proveer bienes comunes regionales y globales. Los pasajes menos prometedores del discurso de ayer tienen que ver con aquello del robo de fábricas y la extracción de riqueza de las familias estadounidenses para llevárselas fuera de las fronteras.

Pareció la alocución de un político latinoamericano que anuncia una y otra vez que la enorme riqueza de los propios países es extraída de las venas de la economía americana, para trasladarla a otras partes del mundo. Si no fuera trágico, diría que Trump va a comisionar a alguno de sus escribanos para redactar una especie de “Las venas abiertas de América”.

El discurso es parroquiano y patético. Un país que ha defendido la apertura de mercados para sus corporaciones, hoy tiene un presidente que se refugia en un discurso casi bolivariano de defensa de sus propios recursos para proteger a su pueblo, como si hubiese voraces especuladores mexicanos o de cualquier otro país, saqueando y chupando la sangre del estadounidense decente y patriota. Un victimismo digno de mejor causa.

La falta de compromiso del presidente con sus socios comerciales y principales aliados es particularmente inquietante. Sorprende que en un grupo en el que se concentra tanta riqueza y según Trump, un elevado coeficiente intelectual, se niegue a reconocer algo tan elemental como el que la prosperidad de Estados Unidos depende, en gran medida, de la internacionalización de sus compañías. Estoy seguro de que muy pronto esas corporaciones empezarán a pagar los excesos verbales del inquilino de la Casa Blanca.

Muy pronto esas empresas resentirán el rechazo de millones de consumidores en el mundo, que sentirán que adquirir marcas estadounidenses equivale a apoyar a Trump y su cruzada nacionalista. Y como bien ha dicho Luis Rubio, el costo que la marca Estados Unidos está por sufrir con esta retórica patriota y proteccionista va a ser enorme en los próximos años.

La que hace tiempo se planteaba como la potencia impulsora de la globalización y la nación imprescindible para gobernar un mundo complejo, hoy nos dice que está cansada de ese liderazgo y que lo único que hará será proteger su propia casa en detrimento de quien sea.

Con este discurso presidencial, Estados Unidos anuncia su retiro del liderazgo global tradicional para convertirse en un país casi como cualquier otro, una nación territorialmente definida y con políticas industriales desarrollistas. Es su decisión, pero ¿quién se hace responsable de los bienes comunes globales? ¿China?

Para nosotros el mensaje es claro: el presidente Trump considera que la creación de riqueza en México por parte de las compañías norteamericanas va en detrimento de sus intereses. En otras palabras, la competitividad de América del Norte, en su conjunto, no es una prioridad de esta administración que lo ha dejado muy claro: Estados Unidos primero y claro está, que los demás ocupen sus lugares.

@leonardocurzio

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