Aunque todo es locura no deja de haber método en ella.Hamlet, Shakespeare

En la locura fingida por Hamlet hay lógica y razón: venganza, mentiras, complicidades, juego de palabras, psicología total. La obra de William Shakespeare es una tragedia que termina con la muerte de todos, o de casi todos.

Pienso en la dimensión de las mentiras, las complicidades, los juegos de palabras, en los cuadros de locura fingida, cuando veo lo que ocurre en el escenario internacional. A mí, por ejemplo, cada día que pasa me queda más claro que hay un cierto método en el actuar y el decir de Míster Trump: en las contradicciones entre lo que escribe en su cuenta de twitter y lo que declara su vocero; entre los decretos que expide desde la Casa Blanca y lo que sus propios colaboradores (del vicepresidente para abajo) dicen al mundo en torno a lo que piensan hacer. Tengo la impresión de que, si bien todo es confuso, nada es casual. Hay una suerte de intencionalidad que permite a Trump hacer lo que dice, aunque no sin algunos tropiezos, como fue el caso del veto migratorio a los países islámicos, que él consideró altamente peligrosos para la seguridad de su país. En general, está logrando lo que se propone, y por eso no quitará el dedo del renglón. Es un hombre acostumbrado a estar constantemente ante tribunales, a vivir en el extremo del margen legal y traspasarlo si le conviene. Al fin y al cabo, después enmienda, según convenga.

Él no se concibe a sí mismo como político y no va a actuar como tal. Al menos no en los términos convencionales de una democracia. Una vez alcanzado el poder, su narcisismo lo hace ser autócrata, casi por definición. No le interesa gobernar para todos porque le basta con gobernar para los suyos. Los demás no le importan, son perdedores. Gobierna desde la polaridad porque quiere mantener esa polaridad. De hecho, desde ahí, sin concesiones, hace unos días inició su campaña presidencial para dentro de 4 años. La ley lo permite y esa escenografía le resulta familiar, la disfruta. Anímicamente lo reconfortan los aplausos de los suyos, el elogio de sus amigos y colaboradores, y por supuesto, también el beneplácito de quienes le temen. Sentirse temido fortalece su autoestima. ¿Habrá o no método detrás de todo ello? Ahí el dilema.

Su tormentosa relación con la prensa va por la misma línea. Y se va a poner peor, nos ha dicho Steve Bannon, el poderoso asesor que sabe entregarle a su jefe los resultados que a él le gustan. Una figura como él en el reparto, resulta imprescindible. Confirma, en “los hechos”, lo que el jefe piensa, porque cuando no es así, lo que hay entonces son “hechos alternativos”. Nada de qué preocuparse. Los medios que dan “noticias falsas” también son necesarios para que la trama fluya. A las bases sociales de Trump les gusta que este se confronte con los medios, que los llene de agravios, y si esto ocurre en las ruedas de prensa, tanto mejor. Tal es el temperamento que necesita el líder para mantener su vigor y el que sus seguidores requieren para refrendar, sin otro trámite, su filiación y respaldo. Lo vimos claramente en su comparecencia frente al Congreso de los Estados Unidos: ante el civilizado (aunque poco efectivo) silencio de los demócratas, cosechó 70 ovaciones de sus seguidores en 70 minutos de discurso. Por ahora, tal parece que sólo un verdadero sofocón, un revés monumental que afecte sobremanera el patrimonio de sus conciudadanos (porque es lo que más les interesa), o una gran tragedia en carne propia, los podría hacer recapacitar, y quizá no a todos.

Hace un par de semanas, un grupo de 35 psiquiatras y psicólogos reconocidos, desafiando el código de ética de la Asociación Psiquiátrica Americana (APA), decidió hacer pública su opinión: el presidente Trump no está capacitado para el puesto. Son tiempos críticos y no podemos permanecer en silencio frente a la opinión pública, remataron los especialistas. Desde 1964, cuando se cuestionaron públicamente las capacidades del candidato conservador Barry Goldwater, la APA emitió algunos lineamientos (que después incorporó a su código de ética) con la idea de no emitir diagnósticos sobre personas sin antes haberlas examinado directamente, y contar con su debido consentimiento para comentarlo públicamente. Sin embargo, el punto es que el narcisismo, con todo lo que implica, no constituye una categoría diagnóstica como tal. Son rasgos del carácter. Por eso la polémica sigue viva.

En todo caso, el debate sobre su personalidad, su estilo personal de gobernar, habría dicho Daniel Cosío Villegas, es tan irrevocable como el derecho a la libertad de expresión. Ocurre con todas las figuras públicas. Me quedo con el punto de vista de Allen Frances, un psiquiatra a quien conozco y respeto, profesor emérito en la Universidad de Duke, quien, sin conceder que haya una enfermedad mental propiamente dicha, sentenció categórico: el antídoto para los tiempos negros que se avecinan debe ser político, no psicológico. Trump debe ser denunciado por su ignorancia, por su incompetencia, por su impulsividad y por sus tendencias dictatoriales.

A lo anterior, conviene agregar algunos otros elementos del entorno que han salido de manera reciente a la luz pública y que, de ser corroborados, no pueden eludirse del análisis: Trump usa bots para amplificar el impacto de sus tuits; no lee, y los fines de semana se va a jugar golf a su club privado en Florida. Mientras todo esto ocurre, 1984, la novela política de ficción de George Orwell, que causó un gran revuelo cuando se publicó por primera vez hace casi 70 años, en la cual la manipulación de la información se presenta como la clave del totalitarismo y la opresión, reapareció recientemente en el primer lugar de ventas de libros en Amazon. ¿Alguna asociación del inconsciente colectivo o mera coincidencia?

Trump ahora acusa a Obama, su antecesor, de haber intervenido sus teléfonos sin aportar prueba alguna. Hace algunos días el alegato era que había perdido en el voto popular frente a Clinton, porque supuestamente se habrían emitido entre 3 y 5 millones de votos en forma ilegal. No hay evidencia de que eso haya ocurrido. Y precisamente, sobre el valor de la evidencia, los miembros de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia, la sociedad científica más grande del mundo y una de las más prestigiadas, con 168 años de historia, expresaron en voz alta su preocupación por las “imprecisiones” del Presidente Trump en torno a temas tan sensibles y tan bien documentados con evidencias científicas, como son la vacunación infantil y el calentamiento global.

La política disruptiva de Trump tiene objetivos muy claros, entre los que se destacan: incrementar el gasto militar, restringir la inmigración a cualquier costo e impulsar una política económica conservadora que combine el proteccionismo, la reducción de impuestos y estímulos a las empresas que pueden ser atractivos en el corto plazo. Según el experto y premio Nobel Paul Krugman, esta ecuación no funciona. Vamos a ver.

Pienso que el mundo, en poco tiempo, se ha vuelto más difícil de entender. Cuando un líder sobrepasa sus propios límites, cuando persiste en la idea de que sólo él y los suyos son los únicos que tienen la razón, el método ( y supongo que lo hay) pasa a un segundo plano. Las consecuencias, que ya son graves, pueden llegar a ser catastróficas, porque al menos la dimensión de las mentiras y las complicidades en los escenarios teatrales se terminan, mientras que en la vida real persisten, inciden en el ámbito personal y pueden ser letales.

Presidente del Consejo del Aspen Institute en México

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