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Premios MTV 2016: el horror

Nada mejor para calibrar la encrucijada en que se encuentra actualmente la industria disquera (tal vez en el peor momento de su historia), que los recientes Premios MTV a “Lo mejor” (¡peor!) del negocio de la música, que ha olvidado hasta la decencia en aras de una maquinaria de hacer dinero con el plástico que queda.
30/12/2016
02:25
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Nada mejor para calibrar la encrucijada en que se encuentra actualmente la industria disquera (tal vez en el peor momento de su historia), que los recientes Premios MTV a “Lo mejor” (¡peor!) del negocio de la música, que ha olvidado hasta la decencia en aras de una maquinaria de hacer dinero con el plástico que queda.

La premiación confirma que tiempos pasados fueron, si no mejores, sí por lo menos decorosos, de buen gusto y sentido común musical en comparación a la actual basura que se consume, mayoritariamente, en digital.

El enfoque que le han dado ahora los nuevos “ejecutivos” disqueros (vamos, los contadores que manejan como productos a los artistas, ya tan dejados de sí mismos) no es otro que el del dinero, por sobre cualquier calidad musical, que no vaya más allá de una moda.

En lo que queda de las disqueras hay muy pocos que conocen de un negocio que antes vendía emociones (ahí están los muertos “vivos” como Bowie, Leonard Cohen, Lake…) y que ahora vende espejitos, que fabrica mitos de un día y en donde los héroes del rock han muerto.

Beyonce, Ariana Grande, Justin Bieber, Sia, Kanye West, Drake, Selena Gomez y otros que en un rato no van a ser recordados ni por su familia, dominan por el momento el panorama de la peor música que se ha hecho en años para el consumo de una generación casi perdida de descargadores digitales que compran canciones desechables, que no saben de música y aparte ni les interesa.

Todo lo que se ve en MTV son bailecitos y coreografías porque “sus canciones” sin eso no son nada; y si Selena Gomez y Demi Lovato, las fugitivas de Disney, no enseñan los calzones en sus videos, no venden y si a Rihanna no le atizan santas madrizas, tampoco.

Lejos han quedado los sistemas de sonido estero y alta fidelidad y hasta los microcomponentes.

Se sigue reverenciando la compresión del MP3 por sobre, ya no digamos el vinilo (en su más acaba acepción de los 180 gramos) o los discos compactos, y la música se oye ahora en los smartphones y se ve en YouTube.

Qué sofisticadas pantallas de TV de 4K y barras de sonido, ni que nada para ver lo increíble.

Lo de moda, lo de novedad es el teléfono en el que, paradójicamente, ya se habla muy poco entre tantos y tantos mensajitos.

Por eso, ante tanta basura como los premios MTV o programas para la Generación Glee aplica eso que canta Javier Gurruchaga de la Orquesta Mondragón: “¡Me quiero morir!”…

Por fortuna quedan los soportes físicos: los discos de cajita de plástico con sus booklets que, a su vez en un determinado momento, rescataron el concepto de los viejos y ahora muy renovados Long-Plays de vinilo, que nunca se fueron.

Queda pues toda una nostalgia reciclada en CD con muchos bonus extras que enriquecen el álbum original.

Por fortuna muchos alternativos clandestinos que ven en eso un filón inacabable no sólo de música sino de negocio.

Así, mientras las discográficas establecidas fingen demencia con el producto físico y las bondades ilimitadas del catálogo en sus infinitas combinaciones de canciones y estilos, los verdaderos conocedores, ganan lo suficiente aunque sea al margen de la ley para atender a melómano conocedor, que vomita con Beyonces, Kanye West, Chris Brown, Rhiannas, Selenas Gomez y hasta ex gordas como Adele. Así las cosas, ¿qué tal? Directo al desfiladero.

 

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