Las ficciones del emperador

Javier García-Galiano

Maximiliano de Habsburgo también importa una ficción. Su destino peculiarmente trágico, su carácter ambiguo, entre la inocencia y la ambición, entre las ideas y la fatuidad, entre el enigma y la credulidad, su inquietante consorte desaforada e intrigante, la trama insólita en la que se involucró, la cual no prescindía de la aventura, el exotismo y la conjura, no han dejado de sugerir invenciones varias: marchas fúnebres, como la que le compuso Franz Liszt, cuadros, como los que pintó Édouard Manet de su fusilamiento, novelas, cuentos, poemas, obras de teatro, películas, telenovelas.

Y, sin embargo, algo parece inmanentemente desconocido en él, cuyo nombre no ha pronunciado en más de 20 años su cónyuge, la depuesta emperatriz Carlota, en la escena primera del primer acto de Corona de sombra, de Rodolfo Usigli. En el prólogo a Juárez y Maximiliano, de Franz Werfel, Borges escribió que “su punto de partida es la intuición total de un carácter. (Que la historia confirme esta intuición importa muy poco; lo indispensable es que creamos que cree en ella el autor.) ‘Su carácter fue su destino’, dijo famosamente Gottfried Keller de un personaje de sus cuentos; lo mismo es lícito decir del Maximiliano de Werfel, como de todo irredimible héroe trágico. Maximiliano es un hombre complejo y escrupuloso, a quien han extraviado las circunstancias en un mundo implacable. Antes de combatir está derrotado, porque lo desarman la piedad y la lucidez. Incurre, gradualmente, en la culpa máxima: la de admitir que su enemigo puede tener razón. Dicta decretos filantrópicos; ampara al peón y al indio. Obra de esa manera porque ya entrevé que su causa, intrínsecamente, no es justa. A través de la derrota y de las traiciones (toleradas por él, íntimamente fomentadas por él), Maximiliano se convierte en su propio juez y su propio verdugo”.

Egon Erwin Kisch conoció en Querétaro a Antonio Ramírez, un anciano que recordaba en su farmacia que Maximiliano llegaba solo todos los días, a las ocho de la noche, a lo que actualmente es la Plaza de la Independencia. “Nosotros los niños”, refiere Kisch en Descubrimientos en México que le dijo Ramírez, “lo seguíamos en grupo, pues era el emperador y tenía una larga barba dorada, como no la hay entre nosotros aquí en la región. Caminaba con inquietud por la plaza y en círculos alrededor de arriate. Mantenía las manos entrelazadas en la espalda, moviendo los dedos incesantemente, lo que a nosotros los niños, que íbamos atrás de él, nos parecía en parte curioso, en parte emocionante y misterioso”.

Para Rafael F. Muñoz, Maximiliano resultaba un personaje atractivo para el público. “Maximiliano, Porfirio Díaz y Pancho Villa son”, sostiene en las notas preliminares a la edición de Traición en Querétaro, un libreto cinematográfico que no se ha filmado, “y quizá sigan siendo por mucho tiempo, personajes ‘taquilleros’ en el cine mexicano; y quienes se les opusieron en la vida real, Juárez, Madero y Carranza, no tienen el mismo arrastre en las taquillas; en los teatros, cinematográficamente, no son negocio.

“Maximiliano era un señor rubio, delgado, elegante, que cuando los republicanos lo fusilaban en la pantalla la gente que estaba en el teatro, descendiente en manera de pensar de aquella a quien Max llamaba ‘los mandarines’, se indignaba y nos decía majadería y media. Igual cosa sucedía si tratábamos mal a don Porfirio o a Francisco Villa. Son los favoritos del público”.

Su biografía tampoco carece de dos intentos de fuga de su prisión en el Convento de las Capuchinas. Entre aquellos que pretendieron volverse sus cómplices se hallaba Felix Constantin Alexander Johann Nepomuk, conde von Stein y príncipe Salm Salm, el cual, refiere Egon Caesar Conte Corti, “había abandonado en su juventud el ejército alemán por cuestiones de deudas, se marchó a América y, buscando aventuras de todas clases, ingresó en el ejército de la Unión, participando en la Guerra de Secesión con singular valentía. En sus correrías, este hombre que anhelaba la acción y la aventura y que siempre estaba dispuesto al duelo y a la lucha, conoció a una joven y hermosa artista ecuestre de origen francés cuyo carácter se parecía al de Salm”. Se llamaba Agnes Leclerq Joy, se casó con él en 1862 y también contribuyó a los planes de evasión. En el codicilo del último testamento de Maximiliano de Habsburgo hay una cláusula que consigna: “Quiero que se escriba una relación histórica de los tres años de mi residencia en México, y periodo preparatorio; el que se escribirá con la ayuda de aquellos documentos que están guardados en Inglaterra y Miramar.

“Deseo que el ex ministro D. Fernando Ramírez y el Príncipe Felix Salm Salm tengan la bondad de emprender la obra”.

Felix Salm Salm no pudo cumplir con una de las últimas voluntades del emperador, pero escribió Mis memorias sobre Querétaro y Maximiliano, que se volvió un bestseller cuando se publicó y que la Secretaria de Cultura publicó recientemente con una presentación de Konrad Ratz.

El médico de Maximiliano, Samuel Basch, que acompañó su cuerpo en el Elizabeth, escribió sus Recuerdos de México también por requerimientos del emperador. Puede inferirse que Maximiliano de Habsburgo, que también ensayó la escritura de memorias, poemas y aforismos, deseaba perdurar en la letra impresa, acaso no sólo por razones históricas. Su personaje ha sugerido asimismo leyendas como la que sostiene que no fue fusilado en el Cerro de las Campanas, sino que murió en El Salvador, donde se habría dedicado a las Ciencias Naturales por obra de los masones.

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