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La esclava sexual más antigua de Sullivan (III)

27/10/2016
02:03
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“Ya los clientes me empezaban a preguntar por qué tenía las piernas negras, ya no podía esconder las lesiones de mi cuerpo. También otras mujeres a las que les habían inyectado sustancias en los glúteos y en los senos estaban enfermas: Marcia, Laura, Lucía, Rosa, Rosalinda…”.

En los 16 años que pasó en una banqueta de la calle de Sullivan, Mayra vio pasar tres presidentes. Pasaron también jefes de Gobierno y jefes delegacionales, todos ellos de izquierda. Para las esclavas sexuales de esa calle, sin embargo, nada cambió. Algunas veces, incluso empeoró. En tiempos de Dolores Padierna, “llegaban a Sullivan carretadas de mujeres nuevas”.

Mayra había logrado huir del padrote que la enganchó y solía propinarle golpizas bestiales: Héctor González Rogelio. La Madame de Sullivan, Soledad Ramírez, le había ofrecido protección a cambio de obediencia absoluta. Pero el precio era alto: trabajar todos los días, comer de pie, reprimir las visitas al sanitario para no perder clientes y ser sometida a toda suerte de maltratos: “Eres una india que das asco”.

Israel, el chofer que la había ayudado a huir de González Rogelio, se cansó pronto de ella. Meses después de procrear un hijo —“estuve en Sullivan siete meses, hasta que un hombre pidió que le regresara el dinero porque estaba panzona”—, Israel se fue a buscar trabajo a Estados Unidos.

Los padres de éste le permitieron a Mayra quedarse a vivir en su casa, pero con la condición de que “le siguiera echando ganas al trabajo porque nada era regalado en esta vida”.

Soledad Ramírez obligaba a las mujeres que regenteaba a entregar cien pesos cada semana a la asociación Aproase, que dirigía Alejandra Gil, “porque los operativos estaban muy duros y ella iba a negociar con los funcionarios”. Mayra pagó la cuota durante una década. Gil fijaba con las “representantes” —Cecilia Alarcón, Margarita Lara, María Elena Ruiz Peralta— las sumas que se iban a entregar “para que ya no las molestaran”. Un sobrino de la Madame, Enrique Ramírez, cobraba mientras tanto la cuota regular.

Las “representantes”, cuenta Mayra, sólo aceptaban mujeres que les llevaban los padrotes, porque éstas eran más fáciles de controlar. Oficialmente, sin embargo, todas se hacían pasar como “trabajadoras voluntarias”.

Las manchas negras y rojas de las piernas, la “bola verdosa” que le surgió en un seno, la llevaron un día al hospital. “Me enviaron a Oncología”, recuerda. Fue imposible salvarle el seno. Fue necesaria una mastectomía radical.

“Se estaban acabando mi cuerpo, pero como no tenía para mantener a mi hijo, regresé a trabajar”. Mayra notó que Soledad se había vuelto indiferente: “Ya tenía mujeres nuevas”.

Si se quejaba de sus dolores, la Madame le decía que ella había tenido 17 abortos y nunca se había quejado. Que siguiera trabajando.

Mayra dice que un cliente le dijo cierta noche que nadie tenía por qué adueñarse de lo que Dios le había dado, su vida, su cuerpo, su libertad. Se ofreció a ayudarla. “Decidí confiar en alguien por última vez”, dice.

Comenzó a sacar su ropa poco a poco y una mañana se fue con su hijo. Había intentado que la asociación de Alejandra Gil le pagara el tratamiento médico, pero Gil le respondió que si no tenía recibos no tenía derecho a pedir nada.

“Vivieron de nosotras alegando que teníamos derechos y el único derecho fue el de explotarnos. Todas esas personas me truncaron lo que alguna vez pude ser”, afirma Mayra. La parte final de su testimonio es un gancho al hígado:

“Las autoridades les dieron permiso para que ellas hicieran de nosotras lo que quisieran... Cuánto tiempo pagué mi derecho a seguir en este mundo con tanto ser repudiable que existe en México. Cuántas hemos pasado por lo mismo: mujeres que quizá ya no vivan para contarlo, y otras que sobreviven como yo, siempre luchando por su vida en un hospital”.

A Soledad Ramírez la mató de un tiro en la cabeza uno de sus hijos, para quedarse, según las autoridades, con el negocio. Héctor González Rogelio desapareció: “está libre como el viento”, según Mayra. Alejandra Gil fue condenada a 15 años de cárcel. Y Mayra sigue luchando. Hace unos años se fue de la ciudad que la trituró.

Tuve acceso a su testimonio gracias a la activista contra la trata de personas Rosi Orozco.

Orozco admite que tras varias décadas de omisiones y corrupción sin límite por parte de las autoridades capitalinas, la trata de personas hoy es atacada por primera vez frontalmente. “No queda ni la tercera parte de lo que hubo hace unos años”, dice.

Un punto para el gobierno de Mancera, aunque no se puede olvidar que esa tercera parte, además de brutal, sigue siendo inmensa.

@hdemauleon

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