Otra cuesta de las comadres

Guillermo Sheridan

En una nueva edición de una pataleta graduada hace tiempo a “uso y costumbre”, la Fundación Juan Rulfo que dirige un arquitecto de nombre Víctor Jiménez ha cancelado “mi participación” (sic) en la Fiesta del Libro y la Rosa de la UNAM. Con mejores modales que sesera, el arquitecto Víctor “ruega” (sic) a los organizadores “suspender la presencia de cualquier material con imágenes y el nombre (sic) de Juan Rulfo que tuviesen previsto desplegar en el recinto, en pequeño, mediano o gran formato” (pequeño, mediano y gran sic).

Como dice en su penosa pregunta el narrador de “Luvina”: “¿En qué país estamos, Agripina?”

Pues en uno en el que una fundación dedicada a promover la obra de Juan Rulfo obstaculiza cada que puede que se hable de la obra de Juan Rulfo, agraviando de paso una de las labores esenciales de la UNAM. En esta ocasión, el argumento es que durante esa Fiesta del Libro se habría de presentar un libro sobre Juan Rulfo de la escritora Cristina Rivera Garza que, a juicio del arquitecto literario Víctor, es “difamatorio”.

¿Por qué? Porque ese libro vuelve a mencionar el muy viejo y ya muy estudiado asunto de los patrocinios que la norteamericana Agencia Central de Inteligencia (la nunca suficientemente azufrosa CIA), hizo llegar a escritores, intelectuales y artistas de Occidente, durante lustros, por medio del Congreso para la Libertad de la Cultura (CCF) y de algunas fundaciones, con objeto de reñirle el “mercado” (autosic) de intelectuales a la URSS y a sus propias agencias de propaganda.

Coincide este, no por habitual menos colorido, zipizape con mi lectura del libro de Patrick Iber, Neither Peace nor Freedom, que publicó en 2015 la Universidad de Harvard, y que estudia (como dice su subtítulo) “La guerra fría cultural en América Latina”. Es muy buen libro, inteligente, sensato y bien investigado, un juicio que me permite mi calidad de aficionado a esas décadas turbulentas, y a mis previas lecturas sobre el CCF; su presencia en revistas importantes, sus intrigas en el PEN Club, su financiamiento de traductores y editoriales y su papel en la organización de muchos congresos de escritores (sobre los que escribí, no hace mucho, una serie de comentarios en la página web de Letras Libres).

Y bueno, pues Juan Rulfo fue uno de los beneficiarios de esas becas --cuando no había de otras-- junto a otros escritores del Centro Mexicano de Escritores que, en esos años, recibía patrocinio de la CIA y del CCF. La única diferencia de Rulfo con sus colegas fue que una de las fundaciones, la Fairfield, le compró una propiedad rural para ver si la paz del campo le ayudaba a retomar la escritura, cosa que no ocurrió. (El mismo Patrick Iber tiene un artículo sobre este episodio particular, localizable en línea.)

Las guerras ya no frías sino frígidas, las que suelen disputar los intelectuales y artistas, abarrotan el anecdotario entre patético e hilarante. Como concluye Iber: el “legado más duradero” de los dineros y los afanes de la CIA, en el ambito cultural mexicano, consistió en los años de salario de Rulfo y los cuentos de Ibargüengoitia, como “Conversaciones con Bloomsbury” (en línea), una impecable crónica de esa laboriosa comedia de equivocaCIAnes.

Claro está: que alguien con la integridad moral de Daniel Cosío Villegas, por ejemplo, trabajase para un organismo financiado por oficinas de inteligencia norteamericanas (el ILARI), no supone ni que se haya “vendido” ni que haya modificado sus ideas. La revista Mundo nuevo (1966-1971) sigue siendo una revista viva y necesaria (por cierto: ya está completa en línea) para entender esos años difíciles más allá de que, como descubrió su azorado director, Emir Rodríguez Monegal, llevaba treinta números pagados con fondos CIAticos o CIAnóticos.

Vargas Llosa (citado por Iber) opinó que las labores culturales de la CIA y su CCF en América Latina terminaron por colapsar como un castillo de naipes. Entre sus ruinas, dice, yacen quienes obraron de buena fe y quienes lo hicieron de mala fe; los que creyeron luchar por la libertad y los que sólo querían cobrar un cheque. La nueva, boba tormenta en el consabido vaso de agua que ha organizado el arquitecto Víctor a nombre del sereno Juan Rulfo no va a cambiar esto.

Decirlo ya me clasifica, de nuevo, como “difamatorio”. Ni modo…

 

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