Querido Rafa: ya no estás ni estarás nunca jamás. Te hemos perdido para siempre. Solo nos queda el silencio infinito. Tuyo, muy tuyo, queda el recuerdo, la inteligencia de tus conversaciones saturadas de argumentos contundentes, tu sapiencia, tu generosidad ante la ignorancia ajena, tu simpatía, tu risa pronta y cálida, tu inagotable curiosidad relativa a todos los temas, tu pasión por la cultura universal, tu placer por el cine y la música y el teatro y la pintura y la danza y la literatura y la poesía y la filosofía y la política y la historia. Dejas en mí un profundo y doloroso vacío muy difícil de llenar. ¿Tiempo…? No, ya no hay tiempo para encontrar a otro amigo de tus tamaños y de tu exquisita sensibilidad por el arte y el saber. Muchas personas con convicciones religiosas bien podrían alegar aquello de “nos veremos en el más allá.” No, Rafa, no hay más allá. Jamás nos volveremos a ver ni a hablar ni a intercambiar interpretaciones, conocimientos ni conclusiones. Nos enfrentamos a la nada, la nada que tantas veces discutimos y analizamos con solemnidad y sin ella, entre ironías, burlas y sarcasmos. Me queda la resignación inútil y patética, la tristeza sombría, el desasosiego por el querido amigo muerto que siempre estuvo, contestó, repuso, exigió, reclamó, asistió, criticó, rió, festejó, orientó, contó y hasta iluminó con un punto de vista novedoso y sorprendente.
Ya no estás, Rafa, hermano, ya no estás ni estarás, pero escucho tu risa, tu pasión al hablar, tu emoción al descubrir un nuevo director de orquesta, un arpegio jamás escuchado, la frase de un dramaturgo rescatada por ti en un libreto extraviado, la lágrima sutilmente escurrida en una escultura de mármol tallada por un orfebre del renacimiento italiano. Ahí quedan nuestros jueves de cine de arte en tu biblioteca rematados con fogosas discusiones remojadas con vino toscano que jamás probaste, pero que tampoco necesitabas para alegrar tus días o el momento. Bastante tenías con tus arrebatos filosóficos y políticos como para requerir un estimulante. Imposible olvidar la pasta fría servida por Marianita como la que comían en tus años de embajador en Italia. Te hervía la sangre ante la injusticia, un tema que nos abrazó y nos dominó entre las diversas coyunturas que nos unían. ¡Ay, Marianita, ya no está Rafa, ya no…!
Jamás te podré decir “¿te acuerdas?” porque en la nada no hay nada, tampoco hay recuerdos, pero recuerdo cuando me invitaste a presentar tu novela El Último Brindis de don Porfirio y me negué alegando mi desprecio respecto al tirano. ¿Tu respuesta? Bien: necesito opositores para crecer y entender y evolucionar. ¡Qué aburrida sería la vida si solo existiera un color…! Asistí, por supuesto, a la presentación porque nunca conocí a nadie que te dijera, no, Rafa, no… Jaaa ¿Tú sí…? No ha nacido ni obviamente nacerá, no, todo se acabó…
Hoy descansas en paz, querido Rafa, hermano: yo me quedo con tus inquietudes, con tus millones de dudas, con la búsqueda de explicaciones, con las preguntas sin respuesta: ¿Qué diría Rafa, qué contestaría, qué opinaría…? Ya te fuiste a la paz eterna y a mí me dejas solo, en la zozobra, sin saber cómo resolver todo aquello que tu solucionabas con un simple guiño. Ya no estás Rafa, hermano, ni estarás… Siempre te voy a extrañar. Hasta nunca…
@fmartinmoreno
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