La recaudación tributaria ha sido durante los últimos años la fortaleza de las finanzas públicas mexicanas, sostenida por una fiscalización rigurosa y el cumplimiento creciente de los contribuyentes. El modelo permitió alcanzar récords en recaudación. Sin embargo, el primer semestre de 2026 ha revelado las primeras grietas estructurales de ese modelo: el Impuesto sobre la Renta registra su peor caída en 17 años, la inversión pública productiva se contrae a niveles alarmantes y los recursos recaudados no están generando retorno económico.
Según datos de Hacienda, la recaudación del ISR sumó 1.572 billones de pesos entre enero y junio de 2026, una contracción real de 6.2% respecto al mismo período del año anterior. Se trata de la mayor caída para un primer semestre desde la crisis de 2009. En la práctica, la contracción no proviene de un menor esfuerzo recaudatorio del SAT, sino de factores económicos reales: la caída del personal ocupado en el sector manufacturero redujo la masa salarial sujeta a retenciones, las menores utilidades corporativas mermaron los pagos provisionales de personas morales y el agotamiento del margen de fiscalización extraordinaria a grandes contribuyentes limitó los cobros por auditoría.
No es casualidad que el desplome del ISR coincida con una economía que envía señales contradictorias. En el primer trimestre de 2026, el PIB se contrajo 0.6% trimestral y creció apenas 0.4% anual, arrastrado por la debilidad manufacturera y la parálisis de la construcción. La estimación oportuna del segundo trimestre muestra un rebote de 1.5% trimestral y 2.1% anual, impulsado por el efecto temporal del Mundial de Fútbol y de las exportaciones. Sin embargo, los sectores más débiles, los manufactureros (equipo de transporte, autopartes, electrónica) son los que concentran empleo formal con salarios superiores a la media nacional, lo que explica estructuralmente la caída del ISR de los asalariados. El problema se agrava cuando ese empleo migra hacia la informalidad, un sector que no contribuye al ISR y que representa aproximadamente 55% de la población ocupada.
En contraste, el IVA creció 10.6 % real en el mismo período, lo que revela que el problema no es generalizado, sino focalizado en las actividades productivas generadoras de ingreso gravable. Los ingresos tributarios totales sumaron 2.96 billones de pesos, un avance marginal de 0.4% real, sostenido por el dinamismo del IVA, el IEPS (+5.7%) y los impuestos a la importación (+6.4%); este total representa un avance de 50.8% respecto al programa anual de 5.84 billones de pesos. En suma, el sistema tributario no está colapsando, pero su pilar más importante (el ISR, que aporta aproximadamente 53% del total) se debilita porque la economía que lo alimenta se contrae.
La recaudación por fiscalización tampoco logra compensar la caída. Según datos del SAT, el primer trimestre de 2026 registró ingresos por vigilancia de obligaciones de 81,575 millones de pesos, un avance frente a los 66,037 millones del mismo período de 2025. Sin embargo, el segundo trimestre marcó un desplome a 62,264 millones, una contracción real cercana a 28% respecto a los 86,907 millones de abril-junio de 2025. En la práctica, el impulso inicial se diluyó conforme avanzó el año, lo que sugiere que el margen de cobro por actos de fiscalización (particularmente la vigilancia profunda a grandes contribuyentes) se está agotando.
Desde el lado del gasto, los datos son menos alentadores. Se advierte una señal de alarma que se está volviendo estructural en lo relativo a la inversión física del sector público. Según el informe de Finanzas Públicas de la SHCP, la inversión física total sumó 382,699 millones de pesos en el primer semestre, una caída real de 7.9%. Pero el dato verdaderamente preocupante es la inversión física directa, que se desplomó 26.6% real hasta apenas 174,429 millones. Pemex redujo su inversión 27.3% y la CFE 12.2%. Mientras tanto, el gasto en servicios personales creció 8.9%, las pensiones 2.7% y los subsidios y transferencias 12.2%. El Estado gasta más en operar y subsidiar, pero invierte cada vez menos en construir capacidad productiva.
El panorama completo revela un modelo fiscal que se agota por ambos extremos: por el lado del ingreso, el ISR cae y la fiscalización pierde tracción; por el lado del gasto, los recursos se destinan a sostener la operación y la continuidad del régimen, no a transformar la economía. Cuando ambas tendencias convergen, el resultado no es una crisis inmediata, sino un deterioro silencioso de la capacidad del país para generar crecimiento sostenido.
El tema central no es que México necesite una reforma fiscal sino una reforma hacendaria integral que atienda simultáneamente el ingreso y el destino del gasto. Un ISR que cae 6.2% porque la economía formal se contrae, una fiscalización que pierde tracción tras años de cobros extraordinarios y una inversión pública que se desploma, no son problemas que se resuelvan ajustando tasas impositivas. Se necesita ampliar la base gravable reduciendo la informalidad que hoy absorbe a 55% de la población ocupada, fortalecer el federalismo fiscal para que estados y municipios recauden eficazmente y redirigir el gasto hacia inversión productiva que genere retorno. Una reforma que solo toque los impuestos sin reorganizar la hacienda pública no resolverá el problema de fondo: México recauda para consumir, no para crecer.
*Presidente de Consultores Internacionales, S.C.
Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.

