El peso mexicano se ha mantenido por debajo de 18 unidades por dólar durante buena parte de 2026 y los especialistas anticipan que ese nivel podría sostenerse al menos hacia el primer trimestre de 2027. Esa fortaleza ocurre, sin embargo, en un entorno de crecimiento económico débil e intermitente, incertidumbre y volatilidad tanto interna como externa. La pregunta relevante no es si el peso puede mantenerse fuerte, sino qué tan sólidos son los pilares que lo sostienen, que ya no son los mismos de hace años.
El primer pilar es la oferta y demanda de dólares que generan remesas, turismo, comercio exterior e inversión: las remesas sumaron 25 mil 287 millones de dólares entre enero y mayo de 2026 y la inversión extranjera directa alcanzó 23 mil 591 millones en el primer trimestre. Sin embargo, plantearlos como el principal soporte del peso es desproporcionado: la divisa opera más de 120 mil millones de dólares diarios en el mercado spot —la octava más negociada del mundo, según el BIS—, de modo que esos flujos anuales equivalen apenas a unos días de negociación. Es el factor menos determinante para el tipo de cambio en el corto plazo, aunque también el más estable: la IED y las remesas son estructuralmente menos reversibles que el capital de cartera o los derivados que mueven hoy la mayor parte del mercado.
El segundo factor, de mayor peso inmediato, es la creciente transaccionalidad financiera del peso: su condición de activo de referencia para el capital global, más que de moneda ligada al comercio con México. El diferencial de tasas entre Banxico (6.50%) y la Reserva Federal (3.50%-3.75%), de unos 275 puntos base, incentiva el carry trade internacional, pero también expone al peso a salidas rápidas de capital. Así lo ilustra la tenencia de valores gubernamentales en manos de extranjeros, que pasó de más de 35% de la deuda soberana en 2014-2015 a apenas 11.6% en 2026, según Banxico, con salidas de 92 mil millones de pesos en 2025. Sin embargo, esa caída no equivale a una fuga, sino a una reconfiguración hacia instrumentos extrabursátiles —los derivados financieros con no residentes crecieron 470% entre 2024 y 2025—, lo que vuelve estos flujos más líquidos, pero también más especulativos. Esta liquidez no sería posible sin el grado de inversión que México mantiene con las tres calificadoras —estatus que comparte con Chile, Perú y Uruguay, a diferencia de Colombia y Brasil—, respaldado por una deuda pública hoy mayoritariamente interna. La deuda externa pasó de representar la mitad del endeudamiento federal en 2000 a apenas 22% en 2026, mientras que la interna subió de 50% a 78%, según informes de Hacienda, lo que reduce su exposición cambiaria directa.
El tercer factor, en gran medida ajeno a México, es la debilidad del dólar. Responde tanto a un fenómeno estructural —Estados Unidos sostiene déficits comerciales persistentes para proveer al mundo la liquidez que exige su papel como moneda de reserva— como a una estrategia deliberada: la actual administración estadounidense combina aranceles con un dólar más débil para reducir ese déficit, con resultados inconsistentes, pues el propio déficit ha repuntado en meses recientes pese a los aranceles. El índice del dólar cayó de 108.49 puntos en diciembre de 2024 a 101.47 en julio de 2026, un retroceso de 6.5%. En el mismo sentido, el tipo de cambio real del peso descendió de 78.76 a 68.36 entre abril de 2025 y mayo de 2026: una apreciación real que gana poder adquisitivo, pero resta competitividad exportadora. Esta situación favorece a economías con mejor perfil crediticio y mayor liquidez, como México, pero depende de decisiones de política en Washington sobre las que el país no tiene ninguna influencia.
La sostenibilidad de esta fortaleza no depende, entonces, de que continúe el apetito especulativo por el peso —algo que México no controla—, sino de robustecer el pilar que hoy pesa menos: la economía real. El repunte de 1.5% del PIB en el segundo trimestre es alentador, pero insuficiente para hablar de un cambio de tendencia frente a la debilidad reciente. Elevar el crecimiento de forma sostenida y consolidar el nearshoring como inversión productiva y no solo como flujo de cartera, ampliaría ese colchón estructural. En paralelo, sostener y mejorar el grado de inversión soberano —hoy condicionado por la carga que representa Pemex para las finanzas públicas y la calificación crediticia— es la palanca que conecta el atractivo financiero del peso con la inversión productiva de largo plazo, y la que permitiría que su fortaleza deje de depender casi por completo de factores externos y volátiles.
*Presidente de Consultores Internacionales, S.C.

