En política, perder una posición nunca debería significar perder las convicciones.

Y ganar una decisión interna tampoco debería significar que todas las preguntas quedan automáticamente contestadas.

Lo ocurrido durante los recientes procesos para definir las coordinaciones estatales de nuestro movimiento merece una reflexión serena. No desde el enojo, mucho menos desde la ruptura, sino desde algo que durante décadas reclamamos a quienes ejercían el poder: transparencia.

Participé en el proceso de Zacatecas con reglas que aceptamos previamente y con la convicción de que la decisión tendría que descansar en la voluntad de la gente.

El resultado fue anunciado.

Lo respeto.

Pero respetarlo no me obliga a renunciar a mi derecho de analizarlo.

Porque existe una diferencia enorme entre reconocer una decisión institucional y aceptar que cualquier procedimiento, por el simple hecho de provenir de nuestro propio movimiento, quede exento de cuestionamientos

Morena nació precisamente porque millones de mexicanos dejaron de aceptar esa lógica.

Durante muchos años denunciamos encuestas inexplicables, decisiones cupulares, candidatos surgidos de acuerdos que la militancia conocía cuando prácticamente todo estaba resuelto y procedimientos diseñados para otorgar legitimidad a determinaciones previamente construidas.

Sería paradójico combatir durante décadas aquellas prácticas para algún día terminar justificándolas.

No afirmo que eso haya ocurrido.

Pero tampoco podemos permitir que la duda se convierta en pecado.

En Zacatecas hubo cuestionamientos técnicos sobre las mediciones. Incluso públicamente se reconoció la posibilidad de revisar el procedimiento y, de ser necesario, realizar nuevamente ejercicios que permitieran otorgarle mayor certeza.

Eso demuestra algo importante: las preguntas no eran producto exclusivamente del desencanto de quien esperaba otro resultado.

Había elementos que merecían ser revisados.

Personalmente expresé algo que sigo considerando válido: cuando varios participantes aparecen dentro de márgenes estadísticos estrechos, la política debe actuar con enorme prudencia.

En esos casos, la diferencia entre construir unidad y producir una fractura puede estar simplemente en explicar.

Mostrar.

Transparentar.

Convencer.

Porque una encuesta partidista no puede convertirse en un acto de fe.

Cuando un movimiento pide confianza a sus militantes tiene también la responsabilidad de ofrecer certeza.

Pero hay otra reflexión, quizá todavía más profunda.

Morena está entrando en una nueva etapa.

Todo movimiento que llega al poder enfrenta inevitablemente una transformación interna. Llegan nuevos cuadros, aparecen nuevos intereses, surgen grupos que anteriormente no estaban y comienzan a disputarse espacios quienes construyeron el movimiento y quienes llegaron cuando éste ya gobernaba.

Eso no necesariamente es malo.

Los movimientos necesitan renovarse.

El problema comienza cuando renovar significa olvidar.

Muchos compañeros recorrimos el país junto a Andrés Manuel López Obrador cuando hacerlo no significaba obtener una candidatura.

No había presupuestos.

No había gobiernos.

No había estructuras.

Mucho menos había garantías de triunfo.

Había solamente una causa.

Éramos una izquierda que parecía condenada durante años a caminar contra corriente.

Fuimos a ejidos, plazas públicas, universidades, barrios y comunidades donde algunas veces nos esperaban cientos de personas y otras apenas unas cuantas.

Así se construyó este movimiento.

No estoy diciendo que esa historia nos otorgue derechos hereditarios.

Sería exactamente lo contrario de aquello por lo que luchamos.

Pero sí creo que nos concede el derecho —y quizá también la obligación— de advertir cuando percibimos señales que pudieran alejarnos de los principios originales.

Porque las organizaciones rara vez pierden su identidad de un día para otro.

La pierden poco a poco.

Primero se deja pasar una decisión inexplicable.

Después se normaliza otra.

Luego aparece la justificación: “es necesario para mantener la unidad”.

Y algún día descubrimos que comenzamos a parecernos demasiado a aquello que prometimos cambiar.

No quiero eso para Morena.

Tampoco quiero que las legítimas diferencias internas se conviertan en una guerra entre generaciones, corrientes o grupos.

Sería absurdo dividirnos entre quienes estuvieron cerca del presidente López Obrador, quienes acompañan a la presidenta Claudia Sheinbaum o quienes hoy representan nuevas expresiones dentro del movimiento.

La transformación no debería tener propietarios.

Pero tampoco amnesia.

El liderazgo de Andrés Manuel marcó una época y dejó principios que deberían trascender cualquier coyuntura: primero los pobres, no mentir, no robar, no traicionar al pueblo y entender que el poder solamente tiene sentido cuando se pone al servicio de los demás.

Esos principios deben ser nuestro parámetro.

No los nombres.

No las fotografías.

No las cercanías personales.

Los principios.

Por eso esta reflexión tampoco pretende señalar vencedores ni vencidos.

En política, quien convierte cada proceso interno en una batalla donde alguien debe quedar políticamente eliminado termina debilitando a su propia organización.

Hoy alguien puede encabezar una coordinación.

Mañana otra persona ocupará una responsabilidad diferente.

Los cargos son pasajeros.

La historia suele ser bastante menos complaciente.

Por mi parte, seguiré recorriendo Zacatecas.

Seguiré hablando con campesinos, trabajadores, universitarios, pequeños empresarios, mujeres, jóvenes y habitantes de comunidades que durante décadas han esperado que la política los mire.

No necesito una constancia para hacerlo.

Lo hacía antes de que Morena gobernara México y lo seguiré haciendo independientemente de las responsabilidades que me correspondan.

Quizá ésta sea precisamente la enseñanza que dejan estos procesos.

La política no puede reducirse a aparecer arriba o abajo en una encuesta.

Mucho menos a obtener una candidatura.

La política, cuando verdaderamente tiene sentido, consiste en permanecer cuando ya no existe nada que repartir.

También debemos cuidar algo fundamental.

Que nunca pueda instalarse entre nuestra militancia la percepción de que primero se decide y posteriormente se consulta.

Porque aun cuando esa percepción fuera equivocada, dejarla crecer sería extraordinariamente dañino.

La confianza política tarda años en construirse y puede desaparecer en cuestión de semanas.

Por eso las preguntas deben contestarse.

Los números deben explicarse.

Los métodos deben transparentarse.

Y las decisiones deben convencer incluso a quienes no resultamos favorecidos.

No por nosotros.

Por el movimiento.

He aprendido durante muchos años de vida pública que hay derrotas que terminan convirtiéndose en victorias y aparentes victorias que, con el tiempo, revelan costos enormes.

Por eso no considero este episodio desde la lógica personal de haber ganado o perdido.

Prefiero observarlo desde una pregunta mucho más importante:

¿Estamos construyendo el partido democrático que imaginamos cuando todavía no teníamos el poder?

Cada militante tendrá su respuesta.

La mía es sencilla.

Todavía estamos a tiempo.

Y precisamente porque sigo creyendo en este proyecto, seguiré diciendo lo que considero necesario decir.

Con respeto.

Sin estridencias.

Pero también sin silencio.

Porque dentro de un movimiento democrático la lealtad nunca debería medirse por nuestra capacidad de callar.

A veces la forma más profunda de lealtad consiste precisamente en advertir.

Los hombres pasan.

Las posiciones pasan.

Los gobiernos pasan.

Las causas permanecen.

Y yo sigo del lado de las causas.

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