Oriente en casa

Christopher Domínguez M.

Desde Sor Juana hasta Bolaño, sin nuestra orilla, el español sería sólo una pequeña lengua europea. Lección que allá se les atragantó durante décadas

No hemos tenido en México un académico de la talla de José– Carlos Mainer en España o de Noé Jitrik en la Argentina que idee, dirija y sobre todo, termine, una historia moderna de la literatura mexicana. Menudean los proyectos truncos o las recopilaciones sintéticas y vaporosas. Algunos profesores han hecho buenas ediciones de las obras completas de nuestros clásicos decimonónicos (como María Rosa Palazón o Nicole Girón) pero sobre todo hemos sido “diletantes” formados fuera de las universidades o con sólo un pie en ellas, como lo fue el admirable Boris Rosen, quien recopiló las obras completas del Nigromante, Prieto y Payno, los hacedores, fragmentariamente, de esa labor. He disfrutado de la Historia crítica de la literatura argentina, acaudillada por Jitrik (obra desigual como es el destino de todo empeño colectivo) y de la Historia de la literatura española (Crítica, Barcelona, 2012), de Mainer, a uno de cuyos tomos quisiera referirme, el noveno, escrito por Fernando Cabo Aseguinolaza, quien se ocupa de “el lugar de la literatura española” a lo largo de los siglos. Lugar paradójico, como veremos, gracias a este catedrático de la Universidad de Santiago.

La española, nos dice, fue una de las primeras literaturas en reconocerse como “literatura nacional” gracias al empeño los hermanos Schlegel, quienes lograron hacer de un movimiento internacional de origen alemán y antilustrado, el romanticismo, un estímulo para nacionalizar cada literatura. Su contemporáneo, el suizo Sismondi, publicó en 1813 una historia de las literaturas del sur de Europa y dotó de inmediato, a la española, de un aire oscuro y exótico, motivo por el cual “la españolada” fue una de las alternativas turísticas de los románticos franceses mientras que sus pares británicos preferían Italia aunque fue un bostoniano, George Ticknor, quien en 1849 publicó la primera gran historia de la literatura española.

El lugar primigenio de la literatura española arrastraba el problema de su orientalismo, virtud o mácula según el caso, resultado de los siglos arábigos en la península. Para algunos (y el debate se extendió a la historiografía durante el siglo pasado a través de la célebre batalla entre Castro y Sánchez–Albornoz), sólo lo que hoy llamamos el “multiculturalismo” ibérico pudo hacer nacer a la poesía árabe, madrastra de la española. Para otros, contra
el arabismo se había levantado una recia literatura nacional de apellido y solar castellanos. Como fuese, con casticismo o sin él, el tener al oriente en casa hacía distintas a las letras españolas del común de las europeas y las emparentaba con la rareza, en el otro linde del mapa, de la literatura rusa, nacida de la nada.

Influyentísima, ya se sabe, fue la literatura española de los siglos de Oro, con Cervantes al frente pero a la decadencia de los Austria vino la de su literatura y la globalización dejó de ser española para modernizarse gracias a París y a Edimburgo. El XVIII, bautizado creo que por Ortega y Gasset, como “el menos español de los siglos” fue malo y la primera parte del XIX, peor. Sólo hasta la aparición de La regenta, en 1884, España tuvo un gran libro que poner sobre la mesa en un momento donde Europa la tenía, a ella, como a Italia, por hundida debido al fardo de una lengua muerta. La salvación vino del Extremo Occidente, de América, con ese modernismo entrado a la península por la puerta trasera y con las plumas atribuidas a Darío por Unamuno, este último, según El lugar de la literatura española, junto con Ortega y García Lorca (por razones simbólicas y extraliterarias), una de las pocas figuras realmente universales de las letras peninsulares durante el siglo XX.

Fue América y su literatura apadrinada desde Barcelona con el boom de los años sesenta la que acabó de darle su lugar a la actual literatura española, antes que el oleaje neorromántico de las autonomías nacionalistas, la volviera a poner en jaque. Cabo Aseguinolaza no lo dice así pero de su lectura se desprende una verdad ya conocida pero siempre, a la vez, incómoda y liberadora: desde Sor Juana hasta Bolaño, sin nuestra orilla, el español sería sólo una pequeña lengua europea. Lección que allá se les atragantó durante décadas.

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