La cultura de trova y pataleta —no importa si punk o mochilera— suele escenificar al dinero como un dios chafa. Es una queja con abolengo anarquista: al establecer un parámetro inviolable con su valor de cambio, la moneda dibuja la raya entre los que tienen cosas y posibilidades y los que no. El dinero acuñado con un valor estándar es, con la escritura, el invento más influyente de la humanidad: quién sabe cómo seríamos sin la rueda y la pólvora, pero el dinero y la escritura jerarquizan, ordenan, trazan. Acuñar es poner un centro sobre el que ya se puede poner un Estado central: señalar desde dónde y cómo se corta el queso. No estoy diciendo que sea bueno, estoy diciendo que no haberlo, sería lo desconocido.

Y es que el mundo es inimaginable sin el sol caprichoso de la moneda estandarizada, en torno a la cual giran las sociedades desde hace unos 2 mil 400 años —de ahí que nuestro tropo dilecto cuando lo vilipendiamos sea que otros (nunca uno mismo) lo tratan como si fuera un Dios. Hay una forma de la ansiedad, tan frecuente que ya se ha de desplazar por nuestros genes, asociada sólo con el dinero. Nadie es ajeno a ella: a unos nos preocupa que fumamos mucho y a otros la política mundial, a unos el amor y a otros los derechos de algunos grupos sociales, pero a todos nos angustia alcanzar con dignidad al fin de la quincena —nunca está fácil. Y es en ese momento, en el que vemos asustados la pantalla del cajero automático anunciando un saldo de dos cifras y centavos, que bota el sueño de un mundo sin dinero.

Ese mundo existió y tenemos un registro escrito de lo que le pasó a toda una cultura cuando de pronto todo fue intercambiable no entre sí o una diversidad de sistemas de permuta, sino por una moneda sólida, de valor invariable y extendida por todo un imperio. Entre 450 y 330 antes de nuestra era un escritor identificado con el nombre de pluma Qoheleth —el que junta, el que acumula— levantó un poema en la Palestina ocupada por el imperio Persa, centralizado, burocrático y monetarizado. La datación es bastante segura porque el libro contiene muchas palabras que vienen del arameo y ninguna del griego.

El libro de Qoheleth fue escrito en el periodo posterior al exilio babilónico que siguió a la desaparición de la dinastía de David. Un tiempo de relativa estabilidad y abundancia para la nación de Israel, en el que la religión de Estado —ahora le decimos judaísmo— ya estaba totalmente separada del cuerpo de creencias arcaicas del Medio Oriente en que se originó. Ya era una sistema estable, en el que un territorio, una lengua y una mitología estaban sólidamente entrelazadas por una regla y una historia claras: la Torá ya estaba editada más o menos como la conocemos ahora y Yahvé reinaba solo sobre el mundo, sin que quedara memoria de las serpientes marinas y los leviatanes fenicios y babilonios que adornan otros volúmenes del Tanaj —el Viejo Testamento de los cristianos. El libro de Qoheleth fue situado en ambas tradiciones como el penúltimo de los Libros de la Sabiduría —en el volumen cristiano—, o los de La Escritura —en el judío. El nombre de Qoheleth fue interpretado erróneamente en griego como “el que junta a la asamblea”, de ahí que lo conozcamos como Eclesiastés.

“No hay nada nuevo bajo el sol”, dice en sus versos más famosos: “todo es vanidad y perseguir al viento”. El libro es una larga y poderosa meditación —en la línea de Job y Los Proverbios— sobre la oscuridad de la voluntad divina y la necesidad de desarrollar un sentido de la resignación para sobrevivir fiel ante los designios de Dios. El proceso reflexivo del autor es, sin embargo, completamente distinto al de los libros que rodean al Eclesiastés porque lo que hay entre Job y este volumen es, precisamente, la introducción de una divisa estable en Palestina.

En Eclesiastés aparece la idea de acumulación de capital —que puede ser infinita, a diferencia de la acumulación de vacas y burros que distinguía a Abraham como un hombre rico en Egipto—: “Todos los ríos corren al mar”, dice el autor, “pero el mar no se llena”; “el ojo no está satisfecho con lo que ve, ni el oído con lo que escucha”. Son los primeros registros en clave occidental de la ansiedad que producen el dinero y su falta: “No hay licencia para dejar esta batalla”, dice Qoheleth en una sentencia que yo me repito todas las mañanas cuando suena el despertador. Más interesante todavía: aparece también la noción de que el progreso social no está necesariamente atado a la felicidad o la virtud: “Los sueños traen preocupaciones y la voz de los tontos demasiadas palabras”, y que el conocimiento tiene un valor de cambio: “Los vivos saben que van a morir, pero los muertos no saben nada.”

Para Qoheleth la moneda imperial era un invento tan cercano y benéfico que no se le ocurrió maldecirlo, como hacemos nosotros en nuestros domingos tristes. Al contrario, lo utilizó como tropo identificando la estabilidad de su valor con el misterioso contrato que Dios tiene con sus criaturas: pase lo que pase, va a seguir ahí.

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