Hacen la sopa y salen las mismas fichas

Alejandro Hope

Claramente el Presidente tiene una aversión a considerar perfiles fuera de su equipo más cercano

Arely Gómez es una magnífica persona. Amable, sensible, bien intencionada. Por ello, me alegra verla dejar la PGR. Era manifiesta su incomodidad en ese cargo. Era notorio el temor que le tenía a la institución que presidía. Presiento que recibió su relevo con un suspiro de alivio.

En el caso Ayotzinapa —por mucho el expediente más importante con el que le tocó lidiar— hizo lo que pudo, pero no pudo mucho. Año y medio después de su llegada a la PGR, el asunto sigue igual de embrollado que al inicio y la confianza en la investigación sigue sumida en las profundidades del averno.

En adición, la PGR sigue siendo la PGR. Arely Gómez pudo hacer poco para transformar el esperpento burocrático que le heredaron. Y carga, además, con una culpa específica: dejó en su puesto durante meses y meses a Tomás Zerón, a pesar de que ese hombre hizo todo lo posible y hasta lo imposible por embarrar la investigación sobre la desaparición de los 43.

¿Qué tal le irá en la Secretaría de la Función Pública (SFP)? Espero que bien, pero dos hechos juegan en su contra. Por una parte, no se le conoce ninguna experiencia en materia de fiscalización del gasto, control interno o combate a la corrupción. Dicho de otro modo, llega a aprender a una dependencia que necesita desde ya operar a toda máquina.

Por otra parte, sus virtudes son exactamente las que no se necesitan en la SFP. Es amable donde se requiere a alguien intratable. Es conciliadora en un puesto que va a exigir inflexibilidad. Si se le comparase con un mineral, el hierro no sería el primero que vendría a la mente.

Sobre Raúl Cervantes, tengo menos que decir. Hasta donde sé, es un espléndido abogado constitucionalista. Hasta donde sé, no tiene ninguna experiencia en materia de Derecho Penal o procuración de justicia. Es decir, como Arely Gómez, llegaría al puesto a aprender.

Y carga además con un pesado fardo: su notoria cercanía con el presidente Enrique Peña Nieto. Ese dato liquidó su nominación a la Suprema Corte y ese dato va a empañar su actual postulación. Es imposible no vislumbrar en el nombramiento un intento del actual grupo gobernante de dejar a un aliado cercano en un puesto de altísima sensibilidad más allá de la duración del sexenio.

Hay que recordar que quienquiera que sea el procurador al momento de la aprobación de la legislación que dé vida a la nueva e independiente Fiscalía General de la República, se convertirá en el titular de ese órgano autónomo por nueve años. No es de extrañar que en Los Pinos quieran ver a Cervantes alineado en esa dirección.

Pero más allá de las lecturas específicas que se puedan hacer de los nombramientos anunciados ayer, estos cambios confirman algo ya sabido: por más que haga la sopa, el presidente Peña Nieto escoge siempre las mismas fichas. Tiene una aversión a considerar perfiles fuera de su equipo más cercano. Por eso los mismos nombres reaparecen una y otra vez y por eso los cambios en el gabinete acaban sirviendo de poco o nada para refrescar el ambiente político.

Así ha sido antes y, me temo, así será ahora.

 

Especialista en temas de seguridad

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