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En 1977 me encontraba trabajando en el Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Princeton cuando un buen día sonó el teléfono. Era Robert Pastor, consejero especial de la Casa Blanca, que me invitaba a Washington. Pastor era un amigo, él un científico político, que me había ayudado a vencer dificultades y a obtener una visa para entrar a Estados Unidos, pues durante esos años yo era sospechoso de “actividades antiestadounidenses”. Cómo cambian los tiempos.
La distancia de Princeton a Washington no es mucha, así que fui por tren. Pastor me recibió con afecto y para mi sorpresa, me dijo que el presidente Jimmy Carter estaba planeando una visita a Brasil. De hecho, su esposa Rosalynn ya había hecho un viaje al país.
Interesante, pensé. ¿Pero qué tiene que ver conmigo?
En esa época la dictadura militar que gobernaba Brasil se encontraba en su punto más alto, fuertemente apoyada desde 1964 por los gobiernos estadounidenses. Voces prodemocráticas como la mía habían sido marginadas o empujadas al exilio. Pero ahora, el recién asumido presidente Carter, conocido por sus ideas liberales y su compromiso con los derechos humanos, quería hacer contacto con figuras de Brasil opositoras al régimen.
Pastor y yo discutimos quién podría darle al presidente Carter un panorama de lo que realmente estaba ocurriendo en Brasil. Y de hecho la visita de Carter en marzo de 1978 sería largamente recordada por su encuentro con el cardenal Paulo Evaristo Arns, arzobispo de Sao Paulo, uno de nuestros más firmes defensores de derechos humanos. Carter, que también se reunió con el presidente Ernesto Geisel, recibió algunas críticas por no ser explícito en su condena a los abusos del régimen. Como si fuera posible para un jefe de Estado emitir críticas de manera pública en una visita oficial.
En cualquier caso, el gesto de Carter fue suficientemente audaz que fue recordado por años. Desde entonces el régimen militar dejó de tener el apoyo incondicional de Washington —un hecho que no pasó de largo en los generales ni en la oposición. Gracias al intenso trabajo de activistas comprometidos y a la presión del pueblo brasileño, los militares finalmente cedieron el poder en 1985.
Sin embargo, el viaje tuvo un costo para Carter. Durante la campaña presidencial estadounidense de 1980, aliados a Ronald Reagan acusaron a Carter de llevar las relaciones con Brasil y otros gobiernos autoritarios a un bajo nivel en nombre de los derechos humanos. Carter mantuvo sus principios, como siempre. Perdió la reelección. Aunque se podría decir que la pérdida para Estados Unidos fue nuestro triunfo. El buen trabajo de Carter en la región —y en el mundo— apenas estaba iniciando.
Jimmy Carter volvió a Brasil en 1985, el año en que terminó el gobierno militar, y fue calurosamente recibido por los dos candidatos presidenciales civiles, quienes le agradecieron su papel en la transición. Carter recibió una bienvenida similar en Perú y Argentina, donde se había restaurado nuevamente la democracia. Era claro para todos que Carter había simplemente estado adelante de los tiempos.
No conocí a Carter personalmente hasta una década después, cuando fue presidente. Recuerdo que me trajo una copia de sus memorias Manteniendo la fe. Me agradó inmediatamente. Espero que haya sido mutuo. Después de que dejé la presidencia en 2003, fui invitado por Nelson Mandela a formar parte de Los Ancianos, un grupo de 11 antiguos líderes que incluían a Carter, y allí nuestra amistad comenzó a florecer.
Vale la pena destacar que cuando Carter enfermó recientemente fuera del país, situación que antecedió a la detección de su cáncer, él estaba en Guyana monitoreando una elección. No fue coincidencia. Pocos presidentes estadounidenses, si los hubo, han desplegado un involucramiento tan dedicado con América Latina. Dondequiera que la democracia estuviera en riesgo, estaba Carter, fuera en Venezuela (donde el Centro Carter cerró a principios de agosto, por la falta de libertades) o Zimbabwe, donde contribuyó para la celebración de elecciones libres aunque no podía entrar al país.
De hecho, repetidas veces vi cómo Carter apoyó causas desinteresadamente que aparentemente redefinían las leyes en las que debían comportarse los ex presidentes. Vi de lejos sus acciones en Sudán del Sur, Corea del Norte y Myammar. Con Los Ancianos, fuimos juntos a Israel, a Cisjordania. Visitamos las montañas Atlas en Marruecos y asistimos a la cumbre ambiental “Río más 20” en mi país. Vi cuando Los Ancianos se reunieron en Atlanta el año pasado para celebrar su 90 aniversario, y más recientemente en Londres.
Durante todos estos años vi a Carter valiente, amable, razonable, poseedor de una extraordinaria energía física y, sobre todo, comprometido con los valores fundamentales de la libertad, democracia, derechos humanos y la necesidad de escuchar a aquellos que no tienen una voz fuerte. Al mismo tiempo, es enormemente humano —una figura profundamente religiosa que escribe poesía para expresar su amor, no a Rosalynn y su familia, sino a la gente y sus semejantes.
Estas cualidades nos han inspirado a muchos a ser mejores líderes y mejores personas. Y eso nos mueve ahora para solidarizarnos con Jimmy Carter, mi amigo, un amigo de América Latina y un gran líder moral de nuestro tiempo.
Sociólogo y presidente de Brasil de 1995 a 2002. De Americas Quarterly para Grupo de Diarios América
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