Mirar para afuera

Sara Sefchovich

Mucho se ha dicho sobre el triunfo de Emmanuel Macron en Francia, el muy joven ex ministro que arrasó con más del 65% de votos en la segunda vuelta electoral y cuyo partido, fundado apenas hace poco más de un año, arrasó en las recientes elecciones legislativas. Y esto ha sido así, porque como dijo el diario The New York Times: “La contienda por la presidencia de Francia trascendió la política nacional. Se trató de la globalización contra la nacionalización y del futuro contra el pasado”.

También se ha hablado sobre el gabinete que formó, con personas de diferentes filiaciones políticas, edades y grados de experiencia, pero todos comprometidos con sacar adelante las propuestas de campaña.

De lo que casi no se ha hablado, y es a lo que me quiero referir hoy, es a su promesa de apenas llegado al Eliseo, reglamentar el papel de la primera dama.

En Francia, como en todo el mundo occidental, las primeras damas, aunque no existen oficialmente, tienen un montón de obligaciones: deben acompañar a su marido en actos protocolarios y ocuparse de acciones a favor de los desprotegidos de la sociedad, todo esto sin lineamientos claros y sin cobrar.

Macron ha prometido terminar con esta “hipocresía”, como bien le ha llamado: “Mi esposa tendrá un papel público, una voz, una mirada. Es la persona con la que vivo y ella tendrá un verdadero papel, un lugar, una existencia no disimulada y deberá ser reconocida por eso”.

En 1999, publiqué la primera edición de mi libro La suerte de la consorte: las esposas de los gobernantes de México, libro que he puesto al día cada vez que tenemos un nuevo presidente.

Desde la primera edición, propuse que era necesario reglamentar los derechos y deberes de la esposa del presidente, para que tanto ella como los funcionarios gubernamentales y los ciudadanos, conociéramos con claridad sus atribuciones y sus limitaciones, así como los recursos de que puede disponer, ya que aún sin existir oficialmente, dispone de oficinas, secretarias, personal de apoyo y de seguridad.

Esto evitaría lo que hemos tenido hasta hoy: que por ejemplo, la esposa de Ávila Camacho regalara casas, máquinas de coser y juguetes, la de Alemán inventara los desayunos escolares, la de López Mateos creara una institución de protección a la infancia, la de Díaz Ordaz creara otra institución idéntica, con los mismos objetivos, solo porque su antecesora le caía mal, las de Echeverría y López Portillo echaran a andar montones de programas y organizaran el voluntariado obligatorio para las esposas de funcionarios y diplomáticos extranjeros acreditados y emprenderan viajes por el territorio nacional y por el mundo para promover lo que les gustaba: aquella las artesanías y bailes populares, ésta la música clásica; la de Fox decidiera abandonar las instituciones ya existentes y creara su propia organización para hacer lo que le viniera en gana sin tener que dar cuentas a nadie ni respecto a los objetivos ni sobre los dineros, o que las de Zedillo y de Peña Nieto no hicieran nada.

Eso para no hablar de las esposas de los gobernadores y presidentes municipales, que gastan recursos en lo que se les ocurre, meten a amigos y parientes en negocios y más de una vez han pretendido (e incluso conseguido), suceder a sus maridos en el cargo.

Y sin embargo, la respuesta a mi propuesta fue siempre el desdén o incluso la burla, pues a pesar de que ante nuestros ojos se derrochaban recursos y se ejercía un brutal tráfico de influencias, a los intelectuales y a los legisladores no les pareció importante actuar.

Así que me encanta que ahora llegue de Francia la afirmación de que es necesario aclarar y establecer el papel de la esposa del presidente. Y me encanta porque ya pasó lo que tenía que pasar: que cuando Macron dijo esto, todo mundo le aplaudió, incluidos los mexicanos. Porque así somos aquí: siempre vemos para afuera.

Escritora e investigadora en la UNAM.
[email protected]
www.sarasefchovich.c om

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