Carta a Macario Schettino

Sara Sefchovich

Macario Schettino es un economista que cree que si queremos mantenernos unidos como mexicanos, tenemos que construir una nueva narrativa, porque la que tenemos ahora ya no convence a nadie y “eso está provocando el derrumbe del Estado”. Propone entonces que revisemos nuestra manera de ver el pasado, con menos malos y buenos, más equilibrio entre lo indígena y lo colonial, entre lo conservador y lo liberal, entre el porfiriato y la Revolución, y abandonar el nacionalismo revolucionario para tomar en su lugar el liberalismo neoclásico, a fin de fundamentar valores que nos permitan la cooperación, sin la cual la sociedad no puede seguir existiendo. Y concluye: “Si queremos seguir juntos, inventemos una razón para ello”.

Conmueve la prédica de Schettino, parecida a la de Macron en Francia, pero en un país como el nuestro, nomás no tiene asidero. Es tal su deseo de encontrarle una salida al horror que vivimos que, primero, da por hecho que queremos “seguir juntos”, y eso no entiendo de dónde lo saca. Y segundo, piensa que la manera de lograrlo es repetir lo que funcionó en otras épocas, cuando las narrativas y mitos nacionales sirvieron como cemento social, solamente ajustando sus contenidos.

¿De verdad cree Schettino que es la narrativa equivocada la que está destruyendo a este país?

Porque lo que yo veo es que a este país lo destruyen la corrupción y la delincuencia, de la que participan directamente millones de mexicanos y de la que se benefician muchos millones más.

En una entrevista reciente en el diario español El País, un huachicolero lo dice así: era policía, ganaba muy poco, mi familia era pobre y yo quería tener dinero. Así que le entré al negocio. Empecé avisando a los ladrones de combustible que venía la policía, terminé siendo uno de ellos.

Sin darle demasiadas vueltas afirma que lo hacen “al amparo de las comunidades protectoras”, porque, como he dicho mil veces, las familias, los vecinos, los amigos los respaldan, apoyan, protegen.

Y, ¿cómo no? Antes no tenían nada, ahora tienen todo lo que siempre desearon, lo que ven en los medios que tienen los ricos: casa, autos, viajes a la playa, “una vida muy bonita”, dice.

Y, ¿cómo no?, pues se benefician todos: desde el dueño de una alquiladora de mesas y sillas para fiestas, que asegura en una entrevista en la televisión que su negocio ha prosperado mucho porque ahora hay dinero y se organizan muchas fiestas en su pueblo, hasta los trabajadores de Pemex que, si le creemos al secretario Meade, están en el negocio. Y por supuesto, los policías y autoridades que, si le creemos a Leo Zuckermann, se benefician de las actividades ilegales porque extorsionan a quienes las llevan a cabo. Por eso existen no solo huachicoleros sino taxis pirata, puestos callejeros, construcciones sin autorización.

Y ni qué decir de tantos empresarios de esos cuyas asociaciones y cámaras dan discursos contra la corrupción, pero que según el SAT, por lo menos hay 70 mil empresas que compran combustible robado.

O sea: todos en el negocio.

¿Y la ley? Bueno sí, la ley.

Dice el huachicolero: cuando los medios le meten ruido al asunto, van policías y hasta el Ejército y vigilan mucho un lugar. Pero es cosa de esperar, al rato se retiran y todo vuelve a ser como antes.

¿Denunciar?

Leonardo Núñez González, académico que se dedica a buscar el dinero que “desaparece”, explica: las denuncias van a parar a la PGR y allí se convierten en letra muerta. Desde 1999 hasta hoy se han hecho 740, de las cuales se han resuelto 30. El 4% en casi dos décadas. Y recuerda: de Javier Duarte se hicieron las denuncias desde 2013, y ¿qué pasó? Nada.

Entre burocracias y complicidades te veas.

En conclusión, querido Macario, no es un problema de narrativa. México no tendrá remedio mientras tantos se beneficien de la delincuencia y la corrupción.

Y los que no… pues aquí seguiremos, imaginando soluciones.

 

Escritora e investigadora en la UNAM.
[email protected]
www.sarasefchovich.c om

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